Las armas
Aurora no sabía si era lunes o jueves, pero había empezado a marcar los días que estaba pasando alejada de sus hermanos en las humildes paredes de barro.
Llevaba ya cuarenta palitos, más de un mes, en el campo con los maquis, aunque parecía que hubiesen pasado dos años.
Cada noche se dormía entre sollozos y se repetía que jamás perdonaría a su padre.
Todos los días eran iguales. Por las mañanas, caminaba hasta un pozo que estaba a un par de kilómetros para recoger agua.
A mediodía ayudaba a preparar la comida y por la noche se reunían todos alrededor de la hoguera a beber vino y comer algún trozo de pan.
Pastora se encargaba de racionar los alimentos cocinando solo una comida caliente al día.
Aquel día que marcaba su cuadragésima jornada con los maquis, Aurora pelaba zanahorias para el guisado que servirían por la noche mientras fuera Pastora cortaba leña con un hacha; era fuerte y fornida como los hombres.
Los primeros días, la convivencia con Pastora había sido algo incómoda, aunque siempre correcta.
Era una persona ruda y cerrada en sí misma, que apreciaba la soledad de la vida en la montaña y, sobre todo, el silencio.
Lo que la gente desconocía era que Pastora, además de luchar contra el régimen, también luchaba contra sus propios fantasmas.
Por ello se aferraba al silencio, porque no había espacio para más voces a su alrededor.
Fue al tercer día, mientras estaban afanadas cocinando, cuando rompió el silencio al que se habían acostumbrado. Parecía que le hubiese picado la curiosidad.
—Entonces, niña, parece que te quedas conmigo una temporada. ¿Qué le has hecho a tu padre para enfadarle así?
Aurora se quedó callada, dubitativa. No podía contarle a Pastora la razón por la que su padre la había mandado al Maestrazgo, saltarían las alarmas entre los demás maquis si supiesen que tenía una relación amorosa con un guardia civil.
Sin embargo, estaba superada por las emociones de los últimos días, por dejar a Francisco y separarse de sus hermanos, sobre todo de Enrique, que la necesitaba tanto.
Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, primero silenciosas, con un nudo en la garganta, hasta que ya no pudo disimularlas y se convirtieron en un llanto desconsolado infundido por la culpa.
—Enamorarme de la persona incorrecta, supongo —balbuceó.
Pastora se le acercó y le rozó el brazo intentando reconfortarla. No era el tipo de persona que daba abrazos, pero era evidente que entendía qué significaba el amor no correspondido, aunque jamás lo hubiese mentado.
—¿Por eso lloras por las noches?
Aurora asintió mientras en sus ojos un torrente de agua salada amenazaba con brotar.
—No quiero estar aquí. Quiero volver.
—Lo entiendo. Entiendo lo que estás pasando... Yo también me enamoré una vez.
—¿Y tu padre tampoco lo aprobó?
—No, nunca lo supo... Nadie lo supo porque cuando eres como yo... Cuando eres como yo, es imposible.
—Pero ahora estoy tan lejos... Ni siquiera sé cuánto tiempo pasaré aquí. Se olvidará de mí...
—Eso son bobadas. Cuando el amor es bueno, cuando es de verdad, eso no importa. La distancia, el tiempo, el género... no importan. O, al menos, no deberían importar.
—Pero me duele tanto... Siento esta opresión en el pecho, y es tan fuerte.
—Yo lo superé y tú también lo harás. Niña, llora con todas tus fuerzas porque esta será la última vez que lo hagas.
Aquí no se llora, recuerda que estamos luchando en otra guerra.
Una guerra desconocida para el resto de España y del mundo.
Una guerra secreta de la que depende la libertad de la nación.
Las palabras de Pastora enfatizaban la enorme importancia del lugar en el que se encontraban y de lo que estaban haciendo.
El peligro en el que se hallaba por apoyar a los maquis.
Admiraba el compromiso de aquella mujer y deseaba compartir su fervor.
Tal vez si luchar hubiese sido su elección se sentiría diferente.
Pero su padre había elegido por ella, y ella no quería estar ahí, ella solo quería volver a casa con sus hermanos.
Por eso, a pesar de que la compañía de Pastora no le molestaba, escaparse de su cárcel sin rejas era una tentación que empezaba a convertirse en un plan.
Solo necesitaba tener agallas para entrar en acción.
En la soledad de las montañas y el campamento, el único pasatiempo que le aliviaba era charlar con Juan y Pedro, los hermanos franceses que se hacían llamar así, aunque sus nombres reales eran Jean y Pierre.
Al principio le habían caído mal y deseaba evitarlos como la peste.
A su juicio, era por culpa de ellos por lo que estaba en un campamento de los maquis, lejos de su familia.
Sin embargo, se habían ido ganando su confianza.
Eran los más jóvenes y, al tener una edad similar a la de Aurora, se sentían responsables de su bienestar.
Al quinto día de estar en el campamento maqui se le acercaron durante el hastío del mediodía. Las horas pasaban muy lentas en el monte.
—Hemos decidido que te vamos a dar una clase de balística —dijo Pedro.
—Esto no es la floristería y debes estar preparada. ¡Síguenos! —continuó Juan.
Cargaban dos de las cajas que había traído en la furgoneta su padre.
La llevaron a un claro en el bosque montañoso, colocaron una manta vieja sobre la tierra y empezaron a sacar armas de diferentes largos y diversos tipos de munición.
Había sacos en el suelo y algunos de los árboles que cercaban la llanura sin flora tenían dianas pintadas.
—Si alguna vez te pedimos que nos pases un arma u otra, tienes que saber diferenciarlas —empezó Juan. Cogió dos armas largas que a simple vista parecían iguales y se las enseñó a Aurora—. ¿Cómo diferenciar una escopeta de un rifle?
—La principal diferencia es que una escopeta tiene dos tubos y utiliza cartuchos de perdigones —contestó Pedro mientras le cogía a su hermano una de las dos armas—. Además, al disparar alcanza como máximo veinte metros.
Entonces la cargó y con un estruendo le dio a un árbol que estaba a corta distancia de ellos. Varios pájaros echaron a volar.
—Sin embargo, el rifle, en este caso un fusil de cerrojo, utiliza este tipo de munición.
Es un cartucho de bala llamado peine —continuó Juan enseñándole un bloque de cinco balas sujetas por una pieza de metal—.
Con una de estas balas ya haces un daño importante.
Además, con un rifle puedes alcanzar hasta quinientos metros, es decir, medio kilómetro... Aunque es cuestión de tener puntería.
Juan se agachó y colocó el arma entre dos sacos. Entonces metió una bala, subió el cerrojo metálico, lo echó hacia atrás, hacia delante, bajó el cerrojo y disparó. Alcanzó el centro de la diana en un árbol al otro lado del claro. Aurora los miró impresionada.
—¿Quieres probar? —le preguntó Juan.
A ella nunca le habían gustado las armas; de hecho, le daba respeto que su padre siempre llevara una pistola encima.
Sin embargo, si este era su cometido y tenía que luchar junto a los maquis, tendría que aprender a defenderse.
Tragó saliva, asintió y se agachó a su lado.
Él le cogió las manos y se las puso sobre el fusil.
Entonces metió una bala mientras le movía el cerrojo.
—Arriba, atrás, adelante y abajo. Ahora aprieta el gatillo.
Ella apretó el gatillo y la culata del rifle se movió con fuerza hacia atrás golpeándola en el hombro. Saltó atemorizada soltando el arma.
—Creo que el rifle es demasiado para ella —dijo Pedro—. ¿Tal vez una STAR?
Le entregó una pistola. Pesaba mucho menos que el fusil de cerrojo.
—Sí, mejor. Levántate y sujétala con las dos manos. Los brazos y la barbilla en alto —le indicó Juan.
Ella siguió sus instrucciones y se fijó en el árbol en el que debía acertar. Estaría a unos cinco metros. Entonces apretó el gatillo y se volvió a escuchar un estruendo. Le había dado en la parte baja del tronco.
—No está nada mal —dijo Juan.
—Ahora otro tipo de armas que seguramente no necesites utilizar, pero te puede ser útil saber qué son.
Esto es una granada; es decir, una bomba —explicó Pedro señalando uno de los diferentes tipos de armamento expuestos sobre la manta—.
Esto se llama naranjero o subfusil semiautomático: dispara en ráfagas.
—Ese no te lo van a dejar usar ni de casualidad, solo tenemos dos que le robamos a la Guardia Civil y siempre nos pegamos por cogerlo.
Entonces, en el otro lado del claro, apareció Pastora disgustada. Andaba con paso rápido y decidido. Sus labios estaban fruncidos y tensaba la mandíbula.
—¿Qué han sido esos disparos? —les preguntó a los hermanos.
—Solo le estamos enseñando a empuñar un arma —contestó Pedro.
—¡No estamos para malgastar! Además, nos pueden descubrir si oyen los tiros. El principal cometido de Aurora es ayudarme a abastecer el campamento, y como duerme en la caseta conmigo siempre estará protegida. ¡No necesita todo esto!
Pedro y Juan asintieron, se disculparon y no volvieron a darle lecciones de tiro a Aurora.
Sin embargo, a partir de ese momento se forjó una amistad inquebrantable entre los tres.
Los hermanos siempre se ofrecían voluntarios a acompañarla cuando por la mañana tenía que ir a coger agua, y poco a poco Aurora fue descubriendo el pasado y las motivaciones de los dos chicos.
Al igual que ella, habían heredado la causa revolucionaria, ya que también había sido su propio padre, el amigo de Pablo, quien les había inculcado que debían luchar contra el fascismo.
Cuando fusilaron a su padre por sus ideales, decidieron que se echarían al monte para honrar su memoria y protegerse de los asesinos que gobernaban.
—¿Cómo es posible que siendo francés no tengas acento? —Aquella mañana, en su cuadragésimo día con los maquis, le había tocado a Juan acompañarla al pozo a por agua.
—Buena pregunta. Vengo de Francia, pero mis padres eran españoles: siempre hablábamos español en casa.