Las flores del ayer La maldición
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La maldición

Era San Valentín y llevaban tres meses de noviazgo.

Habían acordado hacerse un regalo especial, ya que para Navidades no se habían regalado nada.

Después de todo, en la época navideña la relación aún era algo incipiente, y simplemente habían pasado una tarde en la feria de Navidad de los jardines del río Turia, donde habían subido al tren de la bruja y comido algodón de azúcar.

Pero durante las últimas semanas, Tina notaba que su noviazgo se había formalizado.

Para empezar, Adrián se había unido a su grupo de amigos en Nochevieja y por primera vez Lucía no había hecho un mohín al verle.

La fiesta se había celebrado en el Ágora, el nuevo edificio del complejo del arquitecto Santiago Calatrava dedicado a exhibiciones y eventos.

Él llevaba traje con corbata y no desentonaba con el vestido rojo de cóctel de ella.

Tal vez Adrián no era tan diferente como en un inicio había pensado, quizá podría formar parte de su mundo.

Incluso se llevaba bastante bien con Guille y Nico gracias a sus conocimientos deportivos.

—¿También te gustan las motos y los coches? —le preguntó Guille.

—¡Claro! Si hasta llevo moto, aunque me estoy planteando venderla y comprarme un coche —contestó Adrián.

—¡Pues este verano tenemos planazo! En agosto se celebra el Gran Premio de Europa y tenemos el circuito de la Fórmula 1 aquí en Valencia. Seguro que entre mi padre y el de Nico conseguimos suficientes entradas para todos.

—¡Sin problema! Ya lo hicimos el año pasado en la America’s Cup, con gastos a cuenta de la Generalitat —apuntilló Nico.

Adrián estaba fascinado con sus nuevas amistades, que incluso le habían invitado a ver el fútbol desde el palco vip del Mestalla.

Ella estaba encantada de que congeniara con sus amigos y ya no saliera con el Guanto o su pandilla del barrio.

Aunque en ocasiones se preguntaba qué círculo se consideraría peor compañía.

Tina también se había atrevido a comentarle a Marga, de pasada, que tenía novio. Su reacción fue tal y como esperaba, su madre puso los ojos en blanco y farfulló una advertencia:

—Recuerda que tu prioridad son tus estudios y entrar en la Universidad de Columbia. ¡No dejes que estas chorradas te descarrilen! Tu foco debe estar en Nueva York.

A los pocos días del comentario, su madre se presentó en su dormitorio y le dio una charla sobre el consentimiento y las consecuencias del sexo.

Le dijo que las personas seguras de sí mismas escuchan y respetan las necesidades de su pareja, y que presionar no es romántico ni apasionado, sino aterrador y peligroso.

—Solamente porque tus amigas lo estén haciendo no significa que tú debas seguir al resto. En cada momento, con cada paso, te debes preguntar: ¿estoy preparada? ¿Quiero hacerlo? ¿Siento deseo por esta persona? Luego están las consecuencias irreparables que pueden tener las relaciones sexuales...

Tina contestó a todo con un «Sí, mamá», «Ya lo sé, mamá», «Tranquila, mamá» deseando que se marchara cuanto antes y terminar aquella conversación incómoda.

—Por cierto, quiero que me lo presentes.

A Tina le sorprendió la petición pero accedió sin problema.

Fue un encuentro breve: una tarde antes de ir al cine, Adrián subió a su casa y saludó.

Marga al principio le preguntó acerca de sus estudios, pero se mostró amable y le pidió su número de teléfono por si ocurriera alguna emergencia.

Lo que Tina no sabía era que le estaba organizando una fiesta sorpresa de cumpleaños y le había pedido a Adrián ser su cómplice.

A finales de enero, el fin de semana de antes de su cumpleaños, Adrián le dijo que se arreglara para salir a tomar algo.

Al entrar al local, las luces estaban apagadas y la recibieron con un fuerte «SORPRESA».

Aquella había sido una noche muy especial: todas las personas que le importaban —su madre, su tío y Alejandro, su madrina Eva, sus amigos de clase y Adrián— en la misma sala celebrando su mayoría de edad.

Mientras recordaba los tres meses de relación, Tina esperaba a que Adrián la recogiera en su portal.

Finalmente apareció, llevaba unos chinos beige, una camiseta blanca y unas zapatillas de El Ganso que se había comprado con ella en Navidades.

Su estilo también había cambiado o, como le gustaba decir a ella, había mejorado desde que se conocían.

Sin embargo, aquella noche de celebración se había puesto una bomber beisbolera que ella no reconocía.

—¿Y esa cazadora? ¿Es nueva? —le preguntó nada más verlo.

—Sí, es de Abercrombie.

—¡Pero si ni siquiera tienen tienda en España!

—Me la ha traído un amigo de mi padre de London —dijo él de broma y haciendo hincapié en la palabra en inglés. Ella se rio.

—¿Tú sabes que los londinenses lo pronuncian «Landan», con A?

—¡Qué pava eres!

Pasearon hasta el restaurante italiano en el barrio de Ruzafa donde Adrián había reservado.

Se sentaron en una mesa a la intemperie caldeada por estufas de gas; el pequeño fuego crepitante, junto con las velas de decoración, creaban un ambiente románticamente bohemio.

Del interior provenía la melodía de un piano desafinado y un aroma a boloñesa.

A Tina le recordó a la película de Disney La dama y el vagabundo , cuando los dos perros de clases dispares tienen su primera cita en un restaurante italiano bajo las estrellas.

Mientras esperaban a que llegara la comida, decidieron intercambiarse los regalos. Tina le entregó un pequeño paquete cuadrado. Era un marco con una foto de los dos que se habían hecho con su cámara digital tras su primera cita en el parque de Cabecera, y que ella había mandado imprimir.

—Así, la puedes poner en tu mesita de noche y seré lo primero que veas cada mañana al despertarte.

—¿Porque despertarme contigo en la cama no es una opción?

—Aún no...

Ella no estaba preparada para dar ese paso, sentía angustia.

Después de todo, él solo era el segundo chico que había besado, aunque el primero del que se había enamorado.

Cuando en alguna ocasión se había dejado llevar por el deseo, le asaltaba la imagen de su madre con sus advertencias y prejuicios enturbiando el momento.

Lo habían hablado y él estaba dispuesto a esperar a los tiempos de ella.

Adrián dejó un pequeño estuche de color crema sobre la mesa: era su regalo de San Valentín.

—¿Y esto? ¿No será un anillo de compromiso? —bromeó ella.

—De momento aún no, pero algún día tal vez.

Comedida, abrió la pequeña caja de Pandora.

Dentro había un abalorio en forma de corazón que decía «Siempre juntos».

Se quitó la pulsera con las bolitas que coleccionaba y se puso la que le acababa de regalar; él le ayudó a cerrar la muesca y sus manos se entrelazaron.

Les sirvieron el vino blanco, frío y dulce, y brindaron por su primer San Valentín juntos.

—El primero de muchos —susurró él.

A continuación llegaron los platos principales: espaguetis a la carbonara para él y tortellini al tartufo para ella. Estaban deleitándose con la comida cuando, abruptamente, unas manos huesudas posaron un ramo de rosas mustias sobre el mantel, interrumpiendo así el embelesamiento de la velada.

—Cómpreme una rosa, se lo pido... Una rosa para la señorita.

Una mujer desaliñada les intentaba vender flores.

Iba vestida con harapos: llevaba una falda larga, botas sucias y estaba envuelta en un poncho de lana gris con agujeros.

Sus ojos eran sombríos y sus arrugas parecían surcos de suciedad que le afeaban el rostro.

Para rematar, tenía un lunar sobre la aguileña nariz.

Todo en conjunto se asemejaba a la caricatura de la bruja de Blancanieves . Las películas de Disney les perseguían.

—No, gracias —contestó Adrián tratando de mostrarse cortés.

—Venga, va, es la rosa del amor... Hoy es San Valentín.

—Ya le he dicho que no, gracias.

—Por favor, cómprame una rosa, que necesito el dinero.

Adrián se quedó parado, frustrado e incómodo por la situación, ya le había dicho que no dos veces. Tina lo notó.

—Si necesita dinero, díganos dónde se hospeda y mañana nos podemos acercar con ropa o comida —intervino Tina.

La mujer se giró ofendida y la miró de arriba abajo. Había herido su orgullo.

—¿Tú quién te crees, niñata? ¿Piensas que eres mejor que yo? Cuidadito, que yo soy gitana y tengo poderes, ¡eh!

Adrián no pudo reprimir una carcajada, mientras que Tina se quedó en blanco por la contestación.

—¿Te hace gracia? Pues ahí os quedáis. Os voy a echar un mal de ojo. Ríete tú... Que las maldiciones gitanas no son poca cosa... Que sepáis que este amor, este romance que tenéis, va a fracasar, pues germina en el odio de las generaciones pasadas. No volveréis a celebrar un San Valentín juntos.

Recogió las rosas que había colocado sobre la mesa y se marchó con la cabeza alta. A Tina le dio un escalofrío; se quedó pálida. ¡Qué tipo de maldición más extraña!

—No te creas nada de eso. Son todo tonterías.

—Ya lo sé..., pero me da mala espina. ¿Por qué habrá dicho eso?

—Déjalo, ¿qué quieres de postre?

Tina miró la carta pensativa. Se iba a decantar por el tiramisú, pero entonces le sonó el móvil. Era Lucía. ¿Qué tenía que hablar a esas horas que no pudiera esperar al día siguiente en el colegio? ¿Y por qué no podía mandarle un mensaje de texto? Contestó extrañada.

—¿Sí? ¿Qué pasa, Lulú?

—Pasa que tu amiguito nos ha metido en un buen lío —dijo Lucía tajante.

—¿Te refieres a Adrián? ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

Desde el otro lado de la mesa, él la miraba extrañado, intentando averiguar de qué trataba la llamada.

—Acaba de llegar mi madre a casa, la policía se ha presentado en el teatro. ¿Recuerdas que una de las pelucas en Halloween se perdió?

—Sí, la mía. Dije que la pagaría.

—Pues ha aparecido con la etiqueta del teatro en un piso franco del barrio de La Coma. Están investigando nuestra conexión con una red de drogas.

—Mierda...

El corazón le dio un vuelco. ¿Cómo le iba a contar esto a su madre?