El campamento
Tras seis horas de viaje, el motor de la vieja furgoneta finalmente tuvo un descanso. Llevaban ya un rato conduciendo por un camino rocoso con curvas que finalmente desembocó en una pequeña gruta. Ahí, Pablo aparcó el vehículo.
Al salir, a Aurora le dio un escalofrío: el sol iluminaba el paisaje árido, pero el tiempo se sentía helado como si el viento intentara filtrarse por sus ropas y penetrarle los pulmones.
Un muchacho con tez morena y mandíbula ruda les esperaba junto a un carro y un burro.
Le había crecido la barba, pero ella lo reconoció al instante.
—¡Hombre, Juanito! ¿Cómo estás? —le saludó Pablo—. ¿Conoces a mi hija Aurora?
—No oficialmente, aunque nos hemos cruzado antes —dijo él estrechándole la mano, y ella respondió al saludo.
Era el francés que se había presentado junto a su hermano en el puesto de flores.
El catalizador de los acontecimientos de las últimas semanas.
Ella le devolvió el saludo cordialmente, aunque en su fuero interno deseaba que nunca se hubiese cruzado en sus vidas.
Aborrecía la red de secretos en la que la había metido su padre, pero en parte también culpaba al muchacho: si no hubiese visitado la floristería, ahora ella no se encontraría en un lugar recóndito y lejos de sus hermanos.
Primero, traspasaron las cajas al carro.
A continuación, cogieron varios matojos y ramas para cubrir la furgoneta y que pasara desapercibida desde la carretera.
Aurora observaba la habilidad con la que se desenvolvía su padre: era un maestro.
Pablo se subió al burro detrás de Juan, y Aurora, al carro.
Los caminos se volvieron cada vez más estrechos y escarpados.
Aurora iba agarrándose como podía al borde del carro para no perder el equilibrio entre los baches y socavones.
Finalmente, prácticamente en el borde de la montaña, a escasos metros de un precipicio, vio una casa.
En realidad, apenas era una casa, más bien era una caseta.
Parecían simplemente cuatro paredes de barro y un techo de tejas y cañizo, lo suficiente para dar cobijo.
A la entrada, una figura robusta con falda larga les esperaba.
En la distancia, debido a su vestimenta, le pareció una mujer; sin embargo, conforme se acercaban, la figura iba volviéndose cada vez más masculina.
Tenía los hombros corpulentos, brazos fuertes y el pecho plano.
Su cuello era ancho, con una nuez marcada y cara cuadrada.
Los ojos marrones, pequeños y almendrados, y el cabello oscuro y recogido hacia atrás.
Pablo bajó del burro, le dio la mano y un abrazo, como se suele hacer entre hombres.
—Pastora, esta es mi hija Aurora. Viene a ayudarte una temporada. Aurora, Pastora es tu nueva jefa, harás lo que ella te diga.
—A descargar, entonces —contestó secamente la señora corpulenta.
Aurora se la quedó mirando de reojo, intentando averiguar si era hombre o mujer. Su voz era ronca y sus rasgos eran masculinos, pero llevaba falda y tenía una frondosa cabellera, así que debía de ser una mujer fornida. Igual solo era un poco ruda por vivir en el campo.
A disgusto, se volvió hacia el carro, donde Juan ya había comenzado a bajar los arcones para almacenarlos en la caseta.
Al entrar se dio cuenta de que más bien se trataba de un habitáculo.
El suelo era de tierra sin ni siquiera baldosas; en el centro había un fogón con piedras alrededor y una gran cazuela encima.
Al fondo, vio varios cajones de paja apilados que habían sido usados a modo de colchón.
¿Ahí iban a dormir? Este era un refugio para ganado, no para personas.
Su cara debió de reflejar sus pensamientos sin que se diese cuenta y la carcajada de Juan la sacó de sus reflexiones.
—Ay, ay, ay... ¿Qué hace una chica de ciudad como tú en un sitio como este?
—Perdona, pero no es la primera vez que muevo cajas de un lugar a otro.
—¿Estás segura? Esto no son flores.
Aunque Aurora no apreció el tono de guasa, en eso tenía razón.
Las cajas pesaban mucho más que los pedidos de la floristería.
Su padre no había mentido del todo a la Guardia Civil, en algunas sí que llevaban naranjas, arroz y demás enseres de comida, pero en la otra mitad llevaban armas, pistolas y balas. Esas eran las que más pesaban.
—Esas cajas dejadlas en el carro —intervino su padre, que se había quedado hablando con Pastora—. Juan, llévalas directamente arriba, al campamento.
Aurora resopló. Tenían que deshacer la mitad de lo que habían hecho. Al terminar de volver a cargar las cajas con las armas, Pablo se subió al carro. Aurora fue a subirse también, pero su padre la paró:
—Tú te quedas aquí con Pastora. Ayúdala con la comida para abastecer el campamento y con cualquier otra labor que te mande hacer.
Aurora se quedó paralizada. No conocía a Pastora y le imponía mucho no saber si era un hombre o una mujer. Parecía absurdo, pero le hacía sentir un poco incómoda; después de todo, nunca había conocido a alguien así. Se quedó en el umbral de la puerta viendo cómo el carro desaparecía montaña arriba.
Al entrar en la caseta, Pastora había empezado a abrir algunas de las cajas.
—A ver, coloquemos las naranjas allá —indicó señalando la pared más alejada de la puerta—. ¡Madre mía! Arroz, queso y membrillo. ¡Menudo festín van a celebrar los muchachos esta noche!
Su tono de voz, aunque grave, era amable.
Mandó a Aurora a coger leña para encender el fogón y se pusieron a pelar patatas en silencio.
La joven no sabía de qué hablar, qué decirle.
El espacio de cocina era rudimentario, pero cumplía su función.
Pasaron el rato en silencio, entre los sonidos metálicos de las cacerolas contra los utensilios y el aroma del guiso que estaban preparando.
—¿Ya está la cena lista?
Juan, desde el umbral de la caseta, interrumpió la serenidad a la que ambas se habían amoldado. Esta vez iba solo, con el burro y el carro detrás, no había señal de que Pablo estuviese con él. La tarde había caído y empezaba a anochecer.
—Cinco minutos. Id preparando los cacharros y la bebida —dijo Pastora.
Cargaron dos barriles de vino, cuencos de latón y la enorme cacerola.
Pastora se quedó en la caseta, pero Aurora subió al carro.
No pidió permiso, necesitaba ver a su padre antes de que volviera a Valencia.
El burro alzó el paso montaña arriba siguiendo el estrecho camino.
Tardaron pocos minutos en encontrarse con una danza de sombras y luces.
Había una hoguera y las siluetas parecían bailar entre las telas de las carpas bajo las estrellas.
El campamento estaba formado por varias tiendas de distintos tamaños; habría unos quince hombres en total sentados alrededor del fuego.
Aurora reconoció al jovenzuelo que había ido a la parada de flores con Juan y se sentó a su lado.
—¿Te acuerdas de mí? Me llamo Pedro.
Él le sonrió dándole la mano, tendría seguramente la misma edad que Aurora.
Ella le devolvió el saludo buscando a su padre entre los rostros en penumbra.
Había una mezcla heterogénea de hombres.
Por un lado, estaban los de mediana edad, con surcos en sus semblantes y baja forma física y, por otro lado, jóvenes que no sobrepasaban la treintena y parecían fuertes, pero tenían unas sombras en los ojos que reflejaban un dolor y una experiencia casi propia de ancianos.
Los hermanos franceses correspondían a la segunda categoría.
Al final, encontró a Pablo; estaba al otro lado del círculo y de la hoguera, más alejado de Aurora que los demás, junto a un hombre de mediana edad y de complexión parecida a la de él.
Aurora buscó su atención, pero su padre la ignoró.
Comieron, bebieron y cantaron La Internacional .
Al terminar de cenar, Pablo se puso en pie, se notaba que había bebido de más.
—Camaradas, ¡qué bien se está aquí, coño! Me encanta venir a este lugar.
Todos aplaudieron y vitorearon. Pablo continuó:
—Traigo noticias. Como sabéis, esta vez he venido con un buen cargamento.
De comida, de vino... ¡y de armas! Pero creo que debéis saber de dónde proceden, ya que esta vez no nos las manda el PCE ni Moscú.
Los del Partido Comunista oficial han decidido desentenderse.
Ya no quieren que continuemos nuestra lucha.
Me dijeron que dejáramos el monte y nos fuéramos a casa.
Pero yo digo: ¡una mierda! ¡Esto tiene que continuar!
Todos volvieron a gritar con gran clamor.
—Donde sea que se estén escondiendo los jefes del partido, ya sea México, Francia o Moscú, parece que están muy cómodos en el exilio y les importa un comino lo que pase en España.
Pero nosotros no podemos permitir que estos fachas sigan gobernando.
Estamos presenciando todos los días la opresión del régimen franquista.
Por nuestros hijos, por nuestras familias, por una España libre y mejor, nuestra lucha debe continuar.
Tendremos que cambiar la forma de recoger fondos, pero yo digo que no nos pararán.
Así que todos juntos: ¡por la revolución!
—¡Por la revolución! —repitieron los demás al unísono.
—¡Por la libertad!
—¡Por la libertad!
Los hombres aullaron como lobos a la luz de la luna mientras Aurora, atónita, le daba un trago al vino para entrar en calor.
Tras el festejo alrededor de la hoguera, su padre la acompañó de vuelta a la caseta.
Pastora se había quedado allí durante la cena y, cuando llegaron, estaba moviendo los cajones de paja, cubriéndolos con telas y colocando las mantas y almohadas para que hicieran la función de camas.
Pablo se ayudaba de una rama para mantener el equilibrio embriagado por el alcohol.
—Adiós, hija, yo mañana me marcharé de madrugada.
—¡Pero yo me vuelvo a Valencia contigo! ¡No me puedes dejar aquí!
—Esto ya lo hemos hablado, Aurora, tú te quedas aquí ayudando a Pastora y a la causa.
Pastora estaba en silencio, pero atenta a la conversación.
—Por favor, papá, ¡no lo hagas! —le imploró.
—Está decidido, Aurora, es mejor así: ayuda y recapacita. No me lo pongas más difícil.
—¡Si me apartas de mis hermanos, no te volveré a hablar!
Se sentía traicionada por su padre, suponía que así era como ella le había hecho sentir por enamorarse de Francisco, pero no era lo mismo, ya que ella no había elegido hacerle daño, y él sí.
Pablo no se dignó a contestarle: cerró la portezuela de madera dejándola desamparada en la oscuridad de aquella caseta rural.
Aurora rompió a llorar y se juró que jamás le perdonaría.