Las flores del ayer El pulso
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El pulso

Habían pasado dos semanas desde aquella fatídica mañana de San Juan y Marga seguía abatida.

Después de la confesión a su madre en el baño, Aurora había llamado enfurecida por teléfono a Rocío.

Le dijo que su marido era un cerdo que no la quería, que había agredido a su hermana pequeña y que no lo quería volver a ver en su casa.

Marga se encerró en su habitación, pero era difícil no escuchar los gritos y así fue como se enteró el abuelo Pablo.

Encontró a Aurora en la salita con los ojos enrojecidos, tenía el teléfono en una mano y un cigarrillo que le había quitado en la otra.

Era la primera vez que la veía fumar. Sabía que algo muy grave había ocurrido y fue hilando los fragmentos de reproches que lanzaba al otro lado del auricular.

—Que se metió en su habitación, Rocío... En la cama de tu hermana... Lo he tenido en casa como un hijo... La ha desgraciado... Mi pobre pequeña... Me la ha desgraciado... Que ha sangrado, Rocío... Es un cabrón, hija mía...

Al oír la palabra sangre , Pablo corrió a la habitación de Marga, que seguía llorando.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Qué te han hecho?

Le acarició la cara, enrojecida por el llanto, buscando qué mal le habían hecho. Pero el mal de Marga no se apreciaba a simple vista: habitaba en sus entrañas y le enfermaba el alma. Marga se fundió en un abrazo con su abuelo mientras volvía a sollozar y balbuceó las palabras:

—Me ha tocado, abuelo... Me ha tocado...

Pablo sintió cómo se le paraba el corazón por su nieta.

Como a Aurora, le cegaba la cólera. De su boca salieron todos los tacos y blasfemias existentes en la lengua española y con toda su ansia le dio un puñetazo a la puerta.

Se marchó hacia el vestíbulo y empezó a buscar las llaves de su furgoneta mientras continuaba maldiciendo.

Entonces reparó en una fotografía enmarcada de la boda de Rocío y Germán que había sobre el aparador y la lanzó al suelo.

El cristal se rompió en mil pedazos, y el gato Filomeno maulló de pavor.

A Marga le daba miedo lo que pudiese hacer su abuelo, pero fue Aurora quien se percató y le advirtió.

—Papá, cuidado con lo que haces. Recuerda que en esta casa no caben más cadáveres... Ya tenemos suficientes.

Sin decir palabra, Pablo se dirigió a su furgoneta y se marchó. No volvió hasta el día siguiente. Ni Aurora ni Marga le preguntaron dónde había estado.

Desde aquel negro día habían pasado casi dos semanas y la vida de Marga se había parado.

Tanto Julio como Eva la habían ido a buscar y la habían llamado por teléfono, pero Marga no había salido de casa.

Era la primera vez que le ocultaba algo a su mejor amiga, a quien le había dicho que estaba enferma con gripe y tomando antibióticos.

Para evitarlos a ambos, Marga le había pedido a su madre si podía volver al piso de Valencia, pero Aurora se había negado.

Germán le había arrancado su virginidad estrujándola como una flor que nunca vuelve a tener la misma forma.

Esa flor jamás sería la misma, pero Aurora no iba a consentir que la dejaran marchitar.

—Hija, vas a tener que vivir con esto, pero no debes dejar que te marque. Intenta olvidar que pasó, vive como si nunca hubiese ocurrido. No puedes evitar a tus amigos para siempre. Debes salir, entretenerte. Te sentirás mejor.

Tanto Aurora como el abuelo Pablo habían acordado que era mejor no denunciar a Germán por la agresión.

Ni el sistema ni la sociedad estaban preparados para amparar y apoyar a las víctimas.

La policía la cuestionaría hasta tal punto que Marga dudaría acerca de los acontecimientos de esa maldita madrugada.

Sus dudas aumentarían así la culpa que ya sentía por lo que había sufrido.

Hablaron sobre el tipo de preguntas que le harían a Marga si denunciaran: ¿el agresor dormía en casa?

¿Era un miembro de la familia? ¿Cómo es posible que nadie escuchase nada?

¿Estaba consciente? ¿Por qué no lo paró?

¿Por qué no gritó? Vivían en un mundo donde el sistema, que debería proteger y socorrer, interrogaba y ponía en tela de juicio a la víctima en vez de al agresor, amplificando un trauma inimaginable para cualquier hombre.

En cuanto a la sociedad, la mitad se apenaría de Marga y viviría toda su vida señalada como la pobre chica que fue violada, impidiéndole florecer como mujer adulta y profesional, robándole cualquier identidad más allá de la agresión.

La otra mitad jamás la creería. La tacharían de dramática, de chica fácil que se había arrepentido, de fresca que había encandilado a su cuñado...

Marga tenía toda la vida por delante y un futuro prometedor en el mundo de la medicina.

Por desgracia, hacer público lo sucedido solo acarrearía consecuencias para ella mientras Germán se iría de rositas.

Como el rocío que cae de los tallos sin aviso, se presentó su hermana aquel día, a pesar de que llevaban casi dos semanas sin saber de ella. Fue el abuelo Pablo quien abrió la puerta. La miró con desdén de arriba abajo.

—Vengo a ver a mi madre —fue el saludo de Rocío.

—¡Aurora! Es para ti —gritó el abuelo desde la entrada—. Yo me largo a que me dé el aire. Mi opinión de todo esto ya se la dejé clara a tu marido.

—Pasa, hija, pasa —dijo Aurora desde dentro.

Al reconocer la voz de su hermana, Marga decidió quedarse en su habitación, escudada en la canción de los Rolling Stones que sonaba en su tocadiscos. Con la cabeza alta, Rocío se dirigió a la salita y rechazó el café que le ofreció su madre.

—Bueno, pues yo sí que voy a hacerme uno —contestó Aurora. Mientras preparaba la cafetera, estaba nerviosa y su pie iba dando golpecitos. Rebuscó un cigarrillo entre los enseres que el abuelo Pablo dejaba en la entrada. Lo encendió e inhaló fuertemente.

—Mamá, no hace falta que te demores tanto, ni que te hagas un café. De hecho, lo que vengo a decirte es bastante corto —dijo Rocío.

En ese momento, como los pulmones de Aurora, la cafetera exhaló el vapor indicando que el café estaba listo.

—Ya está. Dame dos minutos.

Humeante, lo vertió y derramó un pequeño chorro de leche en el líquido negro dibujando una estrella que aclaraba su color. Regresó al salón con la taza en la mano y reparó en que Rocío seguía de pie. Tragó saliva antes de dirigirse a su hija:

—Siéntate. Yo sí que quiero hablar contigo largo y tendido.

Marga bajó el volumen de la música para poder escuchar la conversación desde su dormitorio. Con el morro torcido, Rocío obedeció sentándose en la butaca más alejada de su madre y más cercana a la puerta.

—Tienes que dejar a tu marido —soltó corta y clara Aurora.

—¿Qué estás diciendo?

—Eres mi hija y aquí siempre tendrás un techo y comida.

Germán no es un buen hombre y me preocupa que estés a su lado.

Debes separarte por tu bien y volver a casa.

Ya verás como ahora con la democracia en un par de años instauran el divorcio y ¡aquí no ha pasado nada!

Podrás volverte a casar y tener hijos con otro. Aún eres muy joven.

—¡Yo no me quiero casar con otro! ¡Son todo mentiras! Se lo inventó Marga, que está enamorada de Germán. Me ha contado cómo le buscaba en la fiesta de San Juan, cómo le intentó besar, y eso fue lo único que consiguió. Él nunca se propasó, es como una hermana, me lo ha jurado.

—¡Estás cegada! Estás enamorada de un monstruo y tienes que verlo. Mi papel es ser madre de las dos, y tengo que velar por el bienestar de ambas.

—Yo estoy bien con mi vida, conozco a Germán y es un buen hombre.

—Tu marido es un agresor y un cerdo, como su padre —sentenció Aurora.

Marga casi se cayó de la cama. Don Armando, el padre de Germán, nunca le había dado buena espina. No quería perderse las palabras de su madre, así que se levantó y apagó el tocadiscos.

—¿A qué viene eso? Armando y la familia de Germán siempre han sido buenos con nosotros. Sobre todo, cuando papá murió y nos quedamos sin nada —dijo Rocío.

—A tu padre lo mató Armando. Murió por el estrés que le causó.

Descubrió que en los negocios que tenían juntos estaba intentando evadir impuestos.

Si su socio caía, él iba detrás. Se debió de dar cuenta al revisar el último trimestre, y de la tensión y el agotamiento, apenas aguantó una semana.

Lo recordarás, aunque solo tenías diez años...

La mañana de Reyes que le dio el infarto mientras tú y tus hermanos abríais los regalos bajo el árbol.

Su madre hizo un paréntesis y Marga acercó la oreja a la puerta de su dormitorio.

Para Aurora, la mañana en la que murió su marido era el recuerdo más doloroso de su vida.

Marga también tenía grabada la imagen de su padre arrodillado en el suelo de la salita, mientras ella y sus hermanos, aún pequeños, la miraban buscando respuestas con una mezcla de ilusión por los regalos y confusión.

Sabía que para su madre había sido duro afrontar la crianza de sus hijos ella sola... Una mujer en la España franquista. Pero no se imaginaba hasta qué punto. Entonces, Aurora hizo una confesión que no le había contado a nadie:

—Al morir papá, tu suegro se aprovechó de mí.

Aquí yo hice el papel de la viuda estúpida sin darme cuenta mientras él posaba su mano en mi rodilla.

Nos quedamos en la ruina por su culpa, me hizo malvender la mitad de la empresa porque sabía que teníamos necesidad.

¡Incluso quería comprarme el chalé! Menos mal que por ahí no pasé.

Esta casa, estas tierras significan mucho. Lo son todo.

Tenía lágrimas en los ojos, pero no provocaron ningún efecto en Rocío, quien alzó la vista recordando su cometido, la razón por la que había ido a ver a su madre.

—El pasado nada tiene que ver conmigo. Además, esa es tu versión. Yo he venido a verte para pedirte mi parte de la herencia de papá. Como ya te comenté, necesitamos el dinero para comprarnos una casa.

—Ya te dije que no tenemos ese dinero. ¡Te acabo de contar que, por culpa del socio de tu padre, Armando, tu suegro, nos quedamos arruinados!

—Bueno, tenemos dos casas, la de Valencia y esta. No todo el mundo necesita una casa de veraneo.

—Después de lo que te he contado... ¿Lo dices en serio? Te has criado en esta casa, jugado junto a tus hermanos en estas tierras... Mi sueño es que en un futuro aquí también puedan jugar tus hijos, mis nietos, y juntarse todos los primos cuando yo sea una anciana.

—Tal y como estáis tratando a mi marido y a su familia, mis hijos nunca pisarán esta casa.

—Por favor, Rocío, recapacita. —Su madre estaba llorando.

—Te lo juro, después de esto jamás conocerás a mis hijos. Olvídate de tener nietos. Me avergüenza pertenecer a esta familia.

—¡Pero qué dices!

—Es verdad. ¿Podría tener una familia peor?

Tengo una hermana que es una buscona y una mentirosa.

Tengo un hermano que apunta maneras de maricón perdido, ¡lleva meses en la mili y ni eso lo endereza!

Tengo un abuelo exconvicto y violento que le ha dado una paliza a mi marido sin razón, y una madre...

una madre que siempre ha tenido favoritos...

Admítelo, mi hermana siempre fue tu «flor favorita».

—Deja a tu hermana en paz. Suficiente ha sufrido porque tú has metido en casa a un desalmado.

—Ya está decidido. Quiero mi parte de la herencia, tengo derecho a la legítima. Si no me la das por las buenas, lo haré por la vía legal.

Rocío alzó la mirada, desafiante. Estaba retando a su madre a un pulso, lo sabía y se pavoneaba de ello. Lo que no sabía era que, independientemente de quién ganase esta batalla, las dos habían perdido la guerra.

Cuando se oyó la puerta anunciando que Rocío se había ido, Marga por fin salió de su dormitorio, donde se había intentado refugiar sin éxito de la reyerta familiar.

Su madre seguía plantada en la salita. Estaba temblando, con la respiración entrecortada por el llanto.

A Marga se le rompió el corazón al verla así; le dio un abrazo y Aurora gritó de dolor como si la hubieran apuñalado.