La bofetada
Era una mañana de lunes cualquiera. La radio estaba encendida con las noticias, como le gustaba a su hermana.
Había visto fugazmente a Francisco la mañana del sábado, cuando él se había pasado por el Mercado de las Flores con una docena de buñuelos de calabaza.
En público y en su puesto de trabajo, habían estado mucho más comedidos y se habían despedido con un simple gesto de la mano, pero Aurora anhelaba sus besos.
Aurora estaba en la cocina terminando de hacer el desayuno a sus hermanos: calentó un cazo de leche para la malta y partió el último buñuelo en dos mitades, solo para los dos pequeños. Ella tendría que aguantar sin comer hasta el almuerzo, solo la malta con leche.
—Enrique, ¿ya estás vestido? —gritó desde la cocina.
Al momento apareció el pequeño sujetando los zapatos.
Nunca distinguía el derecho del izquierdo y prefería que se los pusiera su hermana.
Se sentó en su silla de desayuno mientras Aurora se agachaba a ponérselos.
El niño había crecido y los zapatos le estaban pequeños, pero tendrían que aguantar hasta mayo.
Entonces los convertiría en sandalias para que le durasen un par de meses más.
—¿Os acompaño a la escuela? —preguntó Aurora a sus hermanos.
—No hace falta. Yo puedo llevar a Enrique antes de ir a clase —contestó Antonia.
—De acuerdo, así termino de recoger.
Agarraron sus carteras y se oyó un portazo.
Por fin, había silencio. Aurora se sentó en la mesa de la cocina frente al tazón de malta.
Era el mejor momento del día: paz. Entonces oyó la voz de su padre en la salita.
Ni siquiera sabía que se hallaba aún en casa, normalmente tenía que estar en el puerto entre las seis y las siete.
Aunque muchas noches dormía dos pisos más arriba y era difícil para Aurora seguirle la pista. En cualquier caso, Pablo la llamó:
—Aurora Patricia Villa Santos, venga usted inmediatamente aquí y cierre la puerta.
Aquel «usted» más el nombre completo no era buena señal. ¡Nunca utilizaba su segundo nombre! ¿Qué habría hecho ahora? Se dirigió a la salita con un nudo en el estómago.
—Siéntate.
Aurora obedeció.
—¿Qué pasa, padre? ¿Va todo bien?
Pablo tenía los labios fruncidos y la mirada fija a través de la puerta acristalada que daba a la terraza.
Aurora supuso que observaba a las palomas.
Estaba sopesando cómo afrontar la conversación.
Se quedaron en silencio varios segundos, a ella le pareció una eternidad y estaba convencida de que era la calma antes de la tormenta.
—¿Me puedes explicar quién es un tal Francisco Acosta Bañón?
Aurora sintió como si una losa se le cayese encima.
Era la primera vez que escuchaba los apellidos de Francisco, pero no había duda por la ira de su padre de que se trataba de él.
¿Habría ido Francisco a hablar con Pablo o se habría enterado por otras vías?
Él no había mencionado nada cuando lo vio.
También sabía que a su padre no le iba a hacer ninguna gracia.
Tendría que haberlo llevado en secreto; la gente en el barrio hablaba, y además la había visto el hombre de la boina y la pañoleta gris.
Se arrepintió por no haber tomado las riendas de la situación.
Si hubiera preparado a su padre, o se lo hubiera contado delante de Marcela, que era la única que conseguía amansarle...
Pero ahora era demasiado tarde. El corazón se le aceleró.
Aurora tragó saliva antes de contestar la verdad.
—Es un chico que me corteja, padre.
—¿Un chico que te corteja? —Aunque lo formuló como pregunta, el tono de Pablo era firme y acusatorio.
Aurora asintió, se sonrojó abochornada, como si el simple acto de atraer atención masculina fuera su culpa y estuviese mal. Cierto era que el sentimiento era recíproco, pero de momento decidió obviarlo.
—¿Y a ti te gusta este chico que te corteja?
Ella encogió los hombros, siguió callada: era una pregunta trampa.
—¿Y tú sabes a qué se dedica este chico? —La voz de Pablo se alzaba cada vez más.
Aurora titubeó, respiró hondo antes de contestar.
—Es guardia civil.
—¡Encima lo sabías! —Pablo golpeó la pared.
Aurora siguió en silencio, lágrimas de miedo le corrían por las mejillas mientras veía la cólera crecer en su padre, desfigurándole el rostro y convirtiéndole en un ser irreconocible. La ira le enloquecía la mirada, cegándolo. Jamás le había visto tan enfurecido.
—¡Cómo has podido ser tan estúpida! ¡Mi hija besándose con un guardia civil! ¿Qué tipo de fresca eres?
Atolondrado, se acercó a Aurora y le alzó la mano.
Ella intentó protegerse en vano y él le giró la cara.
Nunca le había pegado. Le dio otro manotazo y Aurora cayó de rodillas al suelo.
Los sollozos no la dejaban respirar. Ya no sabía si lloraba por vergüenza, por miedo o porque se sentía traicionada.
Aquella sombra, aquel maldito hombre espiándola detrás del matorral.
Seguro que había sido el gordinflón de la boina y la pañoleta gris quien se lo había contado a su padre, después de todo eran camaradas.
—Haz las maletas, porque mañana te vienes conmigo. Te vas a enterar de lo que es tener ideales y de lo que fue la guerra. A ver si así se te quitan las ganas de coquetear con el enemigo.
Su padre le dio menos de veinticuatro horas para preparar la maleta, poner la casa al día y despedirse de sus hermanos. No sabía cuánto tiempo estaría fuera ni adónde la llevaba. Antonia se quedaba a cargo de la casa y de su hermano pequeño.
—Pero ¿cómo lo voy a hacer todo yo sola? —había preguntado Antonia entre susurros aquella noche.
—Pues igual que lo he hecho yo todos estos años. De todas formas, es temporal. —Aurora titubeó—. Bueno, eso espero...
—¿Y padre va a volver a casa?
—No sé qué planes tiene. En principio supongo que sí.
—Pero ¿qué vamos a hacer Enrique y yo solos? ¿Y si alguien aporrea la puerta otra vez?
—Eso no va a pasar... Padre habló con ese hombre que era amigo suyo, y además está Marcela. Si alguna vez tienes miedo o algún problema, llámala. Ella sabrá qué hacer.
Aurora intentaba dar solución a todos los peros de su hermana, proyectando una entereza que no poseía. Por dentro era un mar de preocupación, dudas e incertidumbre, pero debía ser fuerte para Antonia.
Eran las seis de la mañana cuando recogieron sus cosas para marcharse.
Enrique aún estaba dormido y Aurora no quiso despertarlo, se sentó en el lecho de su cama y le acarició el cabello.
Era demasiado pequeño para comprender por qué se marchaban; además, si se ponía a llorar, haría la despedida más difícil. Le dio un beso en la frente.
—Cuídate mucho, pequeño —susurró Aurora mientras le arropaba.
Había abrazado con fuerza a su hermana, quien los había acompañado hasta la puerta en una desolación turbada.
Aurora no solo estaba enfadada con su padre, estaba dolida.
Entendía que se sintiera traicionado, que quisiera darle un escarmiento, pero separarla de sus hermanos era castigar a toda la familia.
Llevaban casi dos horas en la camioneta, ambos en silencio.
Pablo conducía por la carretera, mientras Aurora miraba por la ventanilla pensando en la fugacidad de los recientes acontecimientos.
No podía parar de darle vueltas a todo lo ocurrido...
¿Qué pensaría Francisco cuando supiera que se había marchado?
No se había podido despedir de él. ¿Seguiría interesado en ella cuando volviese?
Miraba la carretera intentando fijarse en las señales para adivinar adónde la llevaba.
Acababan de dejar atrás Castellón y había carteles anunciando que pronto pasarían por Benicasim.
Estaba convencida de que se trataba de la carretera entre Valencia y Barcelona, aunque parecían dirigirse al interior.
Entonces avistó a dos hombres de uniforme color caqui, tricornio y capa en el borde de la carretera.
A Aurora le dio un giro el estómago. Había visto las cajas de madera en la parte de atrás de la furgoneta y, aunque no supiera qué había dentro, se imaginaba que no eran banderas falangistas o cualquier otra cosa a favor del régimen.
Estaba bastante segura de que lo que fuere que llevaban era de dudosa legalidad.
—Vaya, la Guardia Civil —anunció Pablo.
Entonces una de las dos figuras empezó a hacerles señas, indicando que se detuviesen en la calzada. Cuando pararon, uno de los dos se acercó y su padre bajó la ventanilla. Aurora sentía cómo la adrenalina le subía por el pecho, pero bajó la cabeza para disimular.
—¿Identificación? —preguntó una voz metálica.
Ella la reconoció enseguida. Había oído aquella voz antes, el día de los enamorados, en la parada de flores.
Subió la mirada y, efectivamente, era un hombre calvo con bigote canoso: el capitán para el que trabajaba Francisco.
El mismo que disfrutaba obligando a los detenidos a quedarse en ropa interior antes de torturarlos.
—¿Del vehículo? —preguntó su padre mientras abría la guantera y sacaba unos papeles. Se los entregó al uniformado.
—¿Adónde se dirigen?
—A Aragón, a visitar a la familia.
—Necesitaré que bajen del vehículo y abran la parte de atrás. Tengo que ver qué llevan.
—Por supuesto, les llevamos naranjas, limones, arroz y cosas de la huerta que no se encuentran por allí.
—Y ¿esta chiquilla es su hija?
Acababa de reparar en ella. Sus ojos grises le lanzaron una mirada lasciva, tal y como había hecho con Marcela en el Mercado de las Flores.
—Efectivamente. ¿Su nombre? —contestó Pablo mientras se erguía para salir del vehículo. Había notado la mirada viciosa del capitán. A desgana, el guardia civil le enseñó su identificación.
—Soy el capitán don Manuel Torres Gil, y este es mi compañero... —Entonces se acercó el segundo guardia civil con la intención de ayudar en la pesquisa.
—¿Aurora?
A ella le dio un brinco el corazón. La mirada del capitán se quedó helada al reconocer a la muchacha, y se volvió hacia Pablo, a quien escudriñó con interés.
Pablo miró al joven moreno de uniforme y pelo engominado y a su hija, que se había sonrojado por completo.
—Así que tú eres Francisco —sentenció Pablo.
—Sí, de hecho, me hubiera gustado hablar con usted... No sabía que se fueran de Valencia.
—Es temporal, mi cuñado ha enfermado y mi hermana necesita ayuda y apoyo —mintió Pablo. Aurora se quedó callada y bajó la mirada—. De hecho, igual cuando lleguemos es demasiado tarde para despedirnos de él, ¿realmente es necesario todo esto?
—Vaya, lo siento... ¿Tal vez no hace falta que inspeccionemos la parte de atrás? —le preguntó Francisco a su superior.
El capitán Torres hizo un mohín, seguía observando a Pablo fascinado. Al final, asintió aprobando la petición de Francisco. El joven se volvió hacia ellos contento de poder ayudar.
—Buen viaje, y espero verlos cuando regresen.
Francisco sonrió a Aurora a modo de despedida, a ella se le rompió el corazón al entender que él se lo había creído todo. Rehuyó su mirada, no quería que reparara en las lágrimas de sus ojos.
—Ya veremos —se despidió Pablo.
Arrancó la camioneta y vio por el retrovisor cómo el capitán Torres se quedaba a un lado de la calzada, imponente con su bigote canoso y el ceño fruncido, hasta que desaparecieron en el horizonte.
De vuelta en la carretera, volvió a reinar el silencio entre padre e hija. Hasta que Pablo decidió romperlo:
—Así que ese muchacho es tu pretendiente —dijo con retintín.
Aurora asintió, solo hablar de él con su padre le daba escalofríos al recordar los golpes del día anterior.
—Podrías haberme delatado. Haberle dicho a tu amado que te llevo de rehén. Pero no lo has hecho —continuó Pablo.
Ella tragó saliva.
—Padre, ¿por qué les has dicho que vamos a Aragón? ¿Es cierto?
—Sí, en parte sí. Vamos al Maestrazgo.
—¿Es ahí donde fuiste después de estar en Francia?
—Sí. Cuando ganaron los militares, hui al sur de Francia, donde me uní a los maquis franceses para luchar contra los nazis.
Pronto nos dimos cuenta de que el sistema que teníamos en la campiña francesa lo podíamos trasladar a España para seguir luchando contra el régimen en secreto, en las zonas rurales y recónditas.
—Entonces, ¿tú instauraste el maquis en España?
—No, yo no, el partido. Unos cuantos creamos una red de maquis en la zona interior de Aragón, las hay en otras partes de España, como Asturias o el País Vasco. Intentamos mantenernos en contacto, todas dependen del partido, o al menos dependían, pero yo me encargo de abastecer a los maños.
Pablo hizo una pausa, ya le había contado a su hija todo su pasado. Había confiado en ella más de lo que hizo con su esposa.
—Hija, no quiero que estemos peleados. Parece buen muchacho y educado... Pero has de tener en cuenta que la institución para la que trabaja representa los ideales más tradicionales del régimen: son asesinos.
—Pero ¿no se puede ser buena persona y ser guardia civil? Francisco nunca ha matado a nadie, me lo juró. En cambio, tú...
Aurora no terminó la frase, pero no hacía falta: su padre le había contado lo que ocurrió en Marruecos y estaba segura de que probablemente habría matado a alguno más.
Pablo se quedó callado recordando la primera vez que apretó el gatillo de una escopeta y acabó con una vida.
Siempre le acechaba la culpa al recordarlo. Carraspeó.
—Sí, sí que he matado...
La segunda vez que mató a un hombre fue durante la Guerra Civil, y la tercera vez, y la cuarta.
No se arrepentía porque luchaban para el enemigo, aunque a veces sí que pensaba que eran hijos y hermanos de alguien que sufriría con su pérdida.
La quinta vida que se llevó por delante fue la de un nazi a las afueras de Niza; de esta casi se enorgullecía, sobre todo después de lo que se había descubierto acerca de los campos de concentración contra los judíos.
En cierta forma, se había manchado las manos de sangre para ayudar a instaurar la paz. Su hija mayor debía entender eso.
—Pero también he matado para sobrevivir y defender la libertad.
Aurora se quedó en silencio pensando en la política.
¿Qué significaba ser de izquierdas o de derechas?
¿Acaso un lado era bueno y el otro malo?
¿Se podía ser una persona ruin defendiendo la libertad y la igualdad?
¿O, por el contrario, como Francisco, se podía tener buen corazón y representar a un régimen fascista?