Las flores del ayer La caja roja
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La caja roja

La familia de Tina tenía como objetivo poner en alquiler el piso en el que había vivido su abuela.

Para ello, desde su fallecimiento, habían ido vaciando paulatinamente la vivienda de sus enseres personales.

Se habían propuesto tenerlo listo para después de Navidad y así coincidir con el usual boom inmobiliario de año nuevo; sin embargo, llevaban un ritmo muy lento y se les antojaba imposible cumplir su objetivo.

A pesar de que Aurora había pasado las últimas semanas de vida en casa de Marga, solo se había llevado la ropa, además de algunos complementos y productos de belleza esenciales, en un bolso de mano.

Por tanto, la totalidad de sus pertenencias estaban en ese piso de tres dormitorios en el barrio de Abastos de Valencia.

El mismo piso que la había visto nacer, casarse y formar una familia.

Para ser exactos, sus objetos personales estaban esparcidos en diferentes rincones, arcones, cajones y demás muebles.

La cantidad de recuerdos y bienes materiales acumulados a lo largo de una vida casi octogenaria era apabullante y para sus seres queridos suponía un recordatorio de su vida y su pérdida.

Les estaba llevando más de lo previsto vaciar el antiguo hogar porque las memorias les abrumaban a todos cuando entraban por la puerta, así que, cuando lo hacían, dedicaban poco tiempo a despejar el piso y enseguida se excusaban con otros quehaceres sin importancia.

Además, habían establecido un sistema para reubicar las pertenencias de la fallecida matriarca.

Consistía en organizar el contenido de los muebles y los armarios en tres montones: uno para tirar, otro para dar y otro para guardar.

Como les costaba cuadrar horarios, los hermanos también habían acordado que se esperarían a que el otro diese el visto bueno a la clasificación de los montones antes de ejecutar su cometido, lo cual alargaba enormemente el tiempo dedicado a la tarea de arreglar la casa.

Esa mañana de lluvia la madre de Tina le había encomendado la tarea de continuar vaciando el aparador del salón.

Nada más abrir la puerta, le invadió el olor a pérdida, y la nostalgia se apoderó de sus lágrimas.

La casa de su abuela tenía un olor particular y su cerebro no procesaba el choque de encontrarla vacía a pesar del aroma de su presencia.

Era un olor difícil de describir, pero imposible de olvidar: una mezcla de aroma a antiguo, el paso del tiempo perceptible en cada rincón, y a hortensias, su fragancia favorita.

Cuando era pequeña, ese olor solía estar matizado por un bizcocho o un asado horneándose en la cocina, pero aquella mañana gris no se atisbaba una pizca del calor de antaño.

Era un piso antiguo con techos altos, ostentosas molduras y paredes de gotelé.

Las puertas y ventanales eran grandes y blancos, y solía entrar una luz embriagadora para ser un primer piso; sin embargo, aquel día parecía sombrío y húmedo como si su existencia careciese de significado.

La acumulación de polvo era especialmente notoria en los coloridos suelos de mosaico.

Tina recordó cuando de niña solía jugar a que solo podía pisar los azulejos amarillos, teniendo que dar saltos y hacer piruetas para ir de una estancia a otra, provocando aspavientos en los mayores.

Antes de empezar con su tarea, se dio un paseo por la casa: necesitaba comprobar que todo seguía igual y que, en efecto, estaba sola.

El piso se veía desangelado, le faltaba alma.

Su madre había quitado todos los cuadros de las paredes y había tres enormes montones en el salón.

Un bodegón, unos cisnes en un lago y un paisaje de una ciudad que parecía francesa eran algunas de las pinturas que habían llenado las paredes de alegría y vida en el pasado, pero ahora eran trastos de los que tenían que deshacerse.

Todas las habitaciones estaban medio desmanteladas.

El dormitorio de su tío era el único sitio que estaba completamente vacío, a excepción de un colchón desnudo y el armario empotrado.

En la habitación de su madre, donde solía dormir Tina cuando se quedaba con su abuela de pequeña, había libros, plastilinas y juguetes esparcidos con cierta organización desordenada por el suelo, la litera y el escritorio.

Igualmente, en la cocina reinaba el caos mientras vajillas, cristalerías y diferentes aparatos electrónicos se amontonaban sobre la encimera de mármol esperando una decisión.

A simple vista, el dormitorio de Aurora parecía inmune al pequeño escrutinio familiar.

Los portarretratos, el crucifijo y las lamparitas de noche seguían en su sitio, el tocador estaba lleno de polvo pero inamovible, incluso la cama continuaba intacta, sin apenas una arruga sobre la colcha y los almohadones en color ocre.

Pero al abrir el armario, Tina encontró bolsas de ropa organizadas por su madre con pósits para regalar a conocidas y donar a caridad.

Exceptuando un par de abrigos, bolsos y alguna bufanda, el estilo de su abuela era el típico de una señora mayor, y por tanto Marga había decidido que sus vestidos y trajes los aprovecharían más las mujeres de su edad.

Volvió al salón comedor para emprender la faena encargada.

Desde allí, se accedía a una pequeña terraza donde el mobiliario de forja se había oxidado y las plantas estaban marchitas.

Había una jaula de pájaros que ocupaba casi media terraza, pero que Tina siempre había recordado vacía.

Su abuela le había contado que su padre, el bisabuelo de Tina, había sido muy aficionado a la colombicultura y había llegado a tener más de cien palomas, pero habían ido muriendo en las últimas décadas.

Ahora la antigua jaula se erguía como una alegoría de la vivienda, donde las memorias estaban encarceladas y sus almas, muertas.

Tina se acercó al aparador para vaciarlo.

Era un mueble clásico con tablero de mármol y cuerpo de madera maciza.

Las pequeñas portezuelas de roble tenían grabados que mostraban escenas de la Albufera: unas aves, unas barracas y vegetación eran las imágenes talladas que decoraban la gran consola.

Había sido un regalo de bodas, y Tina imaginó que habría supuesto un despilfarro para principios de los años cincuenta.

Al abrirlas se encontró con un sinfín de cajas y bolsas para ordenar: había un pequeño botiquín de medicinas, una caja de zapatos llena de casetes, otra de películas antiguas en formato vídeo...

Sin embargo, le llamó la atención una caja roja metálica con motivos chinescos en negro y verde que parecía medio escondida al fondo.

Era más pesada de lo que aparentaba y, al darle la vuelta, descubrió que era de publicidad de ColaCao.

Vaya, ¡aquello sí que era vintage, y cómo había cambiado la publicidad en el último medio siglo!

Destapó la caja con curiosidad: era una cápsula de recuerdos.

Había pequeños detalles y numerosas fotos familiares que había guardado su abuela durante su vida.

Por un momento, Tina dudó de si debía invadir la privacidad de Aurora hurgando en el pasado, pero se convenció de que, en todo caso, conocerlo la uniría más a ella.

Lo primero que halló fue un mapa del relieve de Aragón y Castellón, con señales y cruces, como siguiendo un recorrido al que no encontró ningún sentido.

También se fijó en un clavel de papel hecho con técnicas de papiroflexia y se preguntó quién le habría regalado aquella flor y por qué había guardado un trozo de papel como si fuera un tesoro.

Pero lo que más interesaba a Tina eran las fotografías antiguas.

La primera era de dos jóvenes de su edad con una falla de fondo.

Supuso que la chica era su abuela, tenía la cara redondeada, labios carnosos y ojos grandes.

Al ser en blanco y negro, no se apreciaba el color azul verdoso de sus ojos, pero Tina los conocía bien.

En la fotografía estaba sonriente y el muchacho joven tenía un gesto aparentemente firme, pero la observaba con ternura.

Continuó ojeando las imágenes. Había una foto de su tío vestido de soldado de cuando estaba haciendo el servicio militar obligatorio, otra de su madre adolescente con Eva, su mejor amiga del colegio, y una que parecía más antigua de una señora mayor vestida de negro.

En el dorso de la fotografía decía Felisa y se imaginó que se trataba de su bisabuela.

También había un retrato de una joven vestida de novia mirando a través de una ventana.

Era rubia, con el pelo cardado y un vestido ostentoso con mangas de farol; le recordó al estilo de Diana de Gales cuando se casó.

No reconocía a aquella joven novia, pero continuó pasando las imágenes sin darle importancia.

Después, encontró el retrato de una familia.

Su abuela y su abuelo, entrados en la treintena, posaban con una niña, un niño y un bebé con un olivo de fondo.

Tina escudriñó sus rostros. Tanto los adultos como los niños parecían felices.

Indudablemente, la cara redonda y la sonrisa indicaban que el niño era su tío Florián.

Pero la niña parecía algo mayor que el niño, y eso no tenía ningún sentido porque su madre era menor que su tío.

Entonces, ¿era su madre el bebé? Si estaban posando sus abuelos con sus hijos, ¿quién era esa niña? ¿Alguna vecina?

Quedaba una última fotografía y estaba rajada.

Era la misma novia del retrato anterior, pero en esta ocasión sonreía junto a su abuela, su madre, su tío y su bisabuelo Pablo, del que había escuchado innumerables historias, pero el extremo donde debería haber estado el novio había desaparecido.

¿Quién era esa joven que compartió con ellos el día de su boda?

¿Por qué su abuela había cortado parte del retrato?

Entonces se escuchó un estruendo. Tina se sobresaltó.

Miró por el ventanal y se percató de que el viento había resonado en la antigua jaula de pájaros que seguía vibrando a causa de la inminente tormenta.

Le entró un escalofrío y decidió que era hora de recoger; había quedado con Adrián y no quería llegar tarde.