El beso
Eran las fallas y la fiesta ardía en las calles de Valencia.
Aquella mañana, su padre la había mandado a recoger un paquete.
Por suerte no era en el puerto, había quedado a las diez a los pies del campanario de la iglesia de Santa Catalina.
Como le había indicado Pablo, Aurora debía sacar un abanico blanco; al hacerlo, se le acercó un hombrecillo fumando en pipa y le preguntó la hora.
—Son las diez —contestó Aurora, aunque la situación le parecía estúpida, porque se oía el sonar de las campanas, cualquiera que supiera contar en aquella plaza podría saber la hora.
—Muchas gracias —le respondió dándole un maletín.
Lo aceptó y, apresurada, se marchó de vuelta a casa.
Había quedado con Antonia en que irían a ver la ofrenda de flores a la Virgen de los Desamparados, que se celebraba a mediodía, como era costumbre desde hacía tres años.
De camino a la plaza de la Virgen, pasaron por un horno donde estaban haciendo buñuelos de calabaza en la puerta.
El olor dulce del manjar fallero les invadió los sentidos.
—¿Y si compramos media docena? —preguntó Antonia.
—El dinero que llevo es para hacer la compra mañana —le dijo a su hermana—. ¡Venga! ¡Acelera el paso!
Antonia se había quedado atrás relamiéndose en el aroma de calabaza, pero ella no quería llegar tarde.
Le encantaba la celebración que todos los años invadía las calles de la capital del Turia de música y pólvora.
La fiesta centenaria había reforzado su cariz religioso en los últimos años, y ahora se celebraba San José en la noche de la cremà y se había añadido la ofrenda de flores a la Virgen de los Desamparados.
Para Aurora, esta última se había convertido en la parte más bella de la fiesta, a pesar de que suponía un aumento del volumen de trabajo con los pedidos de flores adicionales.
Aurora esperaba ansiosa al desfile de falleras que hacían la ofrenda.
Se quedaba embelesada viendo los preciosos trajes de seda, las joyas aperladas, las mantillas de encaje, los mantones de manila...
Las jóvenes parecían ninfas con los peinados trenzados recogidos en moños y decorados con peinetas doradas.
Aurora anhelaba poder llevar uno de esos trajes algún día y pertenecer a alguna organización fallera; sin embargo, jamás podría permitirse los cientos de pesetas que costaba toda aquella ostentación.
Mientras se fijaba en las preciosas polcas de perlas de una de las muchachas, le rugió el estómago recordándole que en su casa llevaba dos días comiendo patata hervida.
Se acercaba la hora del almuerzo y, tras la misa de campaña, las dos hermanas caminaban de vuelta hacia el barrio a paso veloz para no llegar tarde a comer, no querían enfadar a su padre.
—¡Qué bonita la misa! Mucho más entretenida que la de la parroquia —dijo Aurora.
—Sí, bueno, yo creo que don Bautista ya está para jubilarse, por eso son tan aburridas las misas de domingo.
—¡Antonia! —le espetó Aurora. Recordaba a las malvadas monjas de la escuela y sabía que en los tiempos que corrían no se podían decir esas cosas. Su hermana puso los ojos en blanco e hizo una mueca de desagrado. Aurora la ignoró—. Por cierto, ¿qué le has pedido a la Virgen de los Desamparados?
Antonia se quedó en silencio y titubeó antes de contestar.
—Que mamá esté bien donde sea que esté —le contestó. Aurora sonrió—. ¿Y tú?
—Algo parecido: que mamá esté orgullosa de nosotras.
Al llegar a casa, Aurora y Antonia se encontraron a su padre y a su hermano en la terraza del piso junto a una pequeña hoguera.
Enrique daba brincos descalzo alrededor del fuego, se había pintado dos rayas en la cara con el hollín e imitaba a un indio americano.
La jaula de palomas estaba arrimada a la pared más lejana, pero las aves estaban claramente alteradas ante el revuelo que habían armado padre e hijo.
—Pero ¿qué está ocurriendo aquí? —preguntó Aurora.
—¡Estamos quemando nuestra propia falla! —gritó el niño, entusiasmado—. ¡Y jugando a indios y vaqueros! Yo soy indio, por eso tengo la cara pintada; papá, vaquero, porque tiene pistola.
—Sin cargar, espero... —Aurora sabía que su padre tenía una pistola escondida en casa, pero normalmente era muy cauto y no alardeaba de ella.
—Además, ¡estoy haciendo una paella! —aclaró Pablo—. ¡Hoy cocino yo!
—¿Una paella? —Aurora no recordaba la última vez que había comido paella.
Cuando su madre vivía, la solían hacer por su aniversario de bodas e incluso algunos domingos.
Pero últimamente comprar los ingredientes en la ciudad, sobre todo la carne, era demasiado costoso y no daba suficiente con la cartilla.
—¿Con pollo y conejo? ¿De dónde hemos sacado ese dinero? Yo había hervido patatas y zanahorias para comer hoy.
—¡Pues nos las comeremos mañana! Hoy es fiesta; no hay más que hablar, se come paella.
Los tres hermanos, Pablo y, por supuesto doña Marcela, que se unió al festín, se deleitaron con aquella paella.
Comieron en la terraza disfrutando del sol de marzo, que no era demasiado bochornoso, pero sí lo bastante agradable.
No sobró ni el socarrat , la parte tostada del arroz que se quedaba en el fondo de la paella y por la que siempre discutían los hermanos.
Por la tarde, era la cremà . Antonia había quedado con sus amigas y le pidió a Aurora que la acompañara al punto de encuentro en el barrio del Carmen, en una calle que hacía esquina con la orilla del río.
La falla estaba plantada junto a un tablao de madera donde había una orquesta tocando pasodobles.
Al llegar, Antonia le aseguró que sus amigas la acompañarían a casa al terminar.
Aurora se despidió de su hermana y se metió entre la muchedumbre, quería acercarse a la escultura y leer la crítica satírica antes de que ardiera en llamas.
Entonces, notó cómo alguien le daba dos golpecitos en el hombro. Se giró y lo reconoció al instante.
—¡Francisco!
—¡Aurora!
—¿Eres de esta falla? —le preguntó ella.
Detrás de él, había un grupo de hombres jóvenes, la mitad iban uniformados y la otra mitad vestidos de falleros. Los estaban mirando, esperando la reacción de ambos.
—¡Qué va! Es la falla de Ignacio, ¿lo recuerdas? Hemos quedado unos cuantos después del trabajo.
Aurora recordaba a Ignacio, el muchacho rubio con quien solía almorzar Francisco; lo había conocido brevemente en uno de sus encuentros fortuitos.
Se fijó en el grupo de hombres jóvenes y lo vio.
Ignacio estaba hablando con una muchacha morena y de pelo rizado, con quien entrelazó los brazos y se lanzó a la pista de baile.
—Así que habéis pasado de velar por la seguridad a velar por las ganas de fiesta de todos los ciudadanos —le dijo a Francisco en tono burlón.
Él se rio y la miró con una chispa en los ojos, señalándole con las cejas en dirección a su compañero y la chica morena. Ella respondió asintiendo con una sonrisa y los siguieron a la pista: ambos querían bailar juntos.
Era la primera vez que Francisco la cogía de la mano, y lo hacía con firmeza, como si no la quisiera dejar escapar.
En la pista, se pusieron cara con cara y él le colocó la mano en la espalda.
Jamás habían estado tan cerca. Aurora, envuelta en su olor de pachuli con un toque a cigarrillos, le miraba intensamente.
Entonces empezó la guitarra con fuerza y sus pies comenzaron a moverse.
—Te he echado de menos —dijo él.
Ella se sonrojó.
—¿Dónde has estado? Ya no te pasas por la parada de flores... Tampoco almuerzas en el bar de la esquina.
—He tenido mucha faena... Hubo una detención masiva hace un par de semanas... Y además estamos intentando tirar de un hilo.
—¿Y no tienes tiempo ni de almorzar?
—Prácticamente no. Las cosas se han complicado bastante. De todas formas, nunca contestaste a mi nota. ¿La recibiste?
—Sí, claro. —La ilusión que había sentido al recibir su poema pidiéndole cortejarla se había embarullado con la llegada de su padre y su petición de ayudarle.
—¿Entonces? ¿Acaso la respuesta es no?
—¡No, para nada! La respuesta es sí. Lo único es que mi padre ha vuelto a casa y... las cosas se han complicado bastante.
—Es cierto, tendría que haberle preguntado a tu padre si está de acuerdo... Entonces, ¿la respuesta es sí?
—Sí —contestó ella sonriente.
Él le dio un giro con energía y la tiró hacia él.
—En ese caso, ¿te puedo dar un beso? —preguntó Francisco con una sonrisa pícara. El ritmo de la música iba cada vez más rápido y los latidos de ella le seguían. Su cara cada vez más cerca de la de ella.
—Sí, pero aquí no —dijo ella veloz, recordando las miradas del barrio y los consecuentes cuchicheos.
—¡Pues vámonos de aquí!
Entonces la fallera mayor encendió la traca que rodeaba la falla, el corto preámbulo de la cremà .
El estruendo y la humareda de pólvora los envolvió.
La gente se alejó de la pista de baile y se acercó a las llamas que prendían sobre el monumento de madera y cartón.
Se quedaron hipnotizados observando cómo las llamas, cada vez más altas, creaban una humareda oscura que se embraveció alzándose imponente.
Sonó el himno de Valencia y la muchedumbre empezó a cantar.
Aurora y Francisco se miraron aguantando la pasión que sentían, el fuego los rodeaba, pero también estaba dentro de ellos.
Las figuras de madera empezaron a caer en pedazos.
Lágrimas silenciosas comenzaron a correrle por el rostro a Aurora.
Después de todo, era triste ver algo tan bello, ver una obra de arte, arder ante tus ojos.
No era la única emocionada, la fallera mayor y otras chicas también lloraban.
Al darse cuenta, Francisco le dio un abrazo por detrás y, por un momento, ella se sintió más segura que nunca.
Al acompañarla a casa, no la soltó de la mano.
Sus dedos entrelazados eran como si hubiesen encontrado su lugar.
Los farolillos en la calle creaban una luz tenue que les señalaba el camino.
Llegaron al portal, y él se inclinó, acercándose a su rostro.
Sus labios, a escasos centímetros, deseaban tocarse.
—Ahora estamos solos —susurró él.
Ella asintió y rompió la corta distancia en un beso.
Sus labios eran firmes, y después, dulces.
Abrió la boca y dejó que él le humedeciera los labios.
Sus lenguas se tocaron y sintió una chispa que recorrió su cuerpo.
Ella no quería que terminase nunca. Finalmente, sus rostros se separaron, pero ella quería más.
Aurora lo buscó de nuevo y se volvieron a besar, esta vez más fuerte, arrollados por la pasión.
Sus lenguas entrelazadas, los brazos de él rodeaban su cintura.
Le sentía fuerte y duro contra ella. Un calor inexplicable le subía por las entrañas.
Él suspiró y, contra su voluntad, la dejó ir.
De repente, escucharon un crujido. A unos diez metros había un matorral y a Aurora le pareció que tras él se escondía una figura con boina.
—¿Quién anda ahí? —espetó Francisco.
La respuesta fue la quietud del silencio. No había nadie y ella pensó que debía de habérselo imaginado. Finalmente, y tras un último beso, se despidieron fundiéndose en un abrazo.
Al subir a su dormitorio, Aurora miró por la ventana y observó en la oscuridad cómo Francisco se marchaba.
Dirigió su atención hacia los matorrales y, de entre las sombras, se alzó un hombre con boina y una pañoleta gris al cuello.
Efectivamente, había estado observándoles mientras se besaban y se despedían.
Intentó fijarse en los rasgos del hombrecillo, lo había visto en alguna parte, pero no recordaba dónde o cuándo.
A pesar de la boina, no parecía el muchacho del puerto; era un hombre de mediana edad, robusto.
Entonces todo le cuadró, lo había visto por la mirilla de su casa: era el camarada de su padre.