Las flores del ayer La culpa
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La culpa

Era la mañana de San Juan. Marga se acababa de meter en la cama, estaba empapada por el sudor y sentía los estragos de haberse sobrepasado con la bebida.

Tenía la garganta seca, el estómago revuelto y la cabeza estaba a punto de estallarle.

Habían sucedido muchas cosas, y aunque no se acordaba exactamente del orden de todo, sí que sabía que había vivido una noche fantástica con Julio.

Recordaba haberle besado en la pinada y cómo las llamas se reflejaban en sus rostros y humedecían sus ojos.

Recordaba cómo sus cuerpos se acercaban invadidos por el fuego que los rodeaba.

Recordaba el cálido olor a leña entremezclado con el olor de las hormonas de él que le hacían querer más tras cada beso, mientras sus entrañas ardían en deseo.

Recordaba haber visto la cara agria de su hermana Rocío, que también había salido, y la desagradable mirada de Germán.

Pero ella recordaba haberlos ignorado y haber continuado bailando con Julio, Eva y el resto de la pandilla.

Recordaba que Julio la había acompañado a casa, donde no se había atrevido a besarla por miedo al abuelo.

Recordaba haberse despedido de él con un dulce abrazo en la puerta.

Recordaba lavarse los dientes, desmaquillarse y ponerse el pijama.

Los primeros rayos del amanecer se filtraban por las rendijas de la persiana.

De repente, oyó cómo se cerraba la puerta del dormitorio, y pensó de nuevo que había bebido demasiado: su cabeza y sus sentidos estaban abstrusos.

Entonces notó un cuerpo reptar junto a ella en la cama.

Por un momento pensó si sería Julio. No, no era posible.

—Mmm... Margarita...

Reconoció la voz ronca y se sobresaltó.

—¿Qué haces aquí? Vuelve a la habitación de mi hermana.

—Pero yo te quiero a ti, a tu hermana la tengo muy vista.

—¡Déjame, Germán! ¡Sal de mi cama!

—Pues anoche bien que me buscabas.

De manera inesperada, Germán le empezó a besar el cuello por detrás, aprisionándola con sus brazos contra su cuerpo.

Ella intentó escapar, pero sus sentidos aún estaban nublados por el alcohol y el calor la asfixiaba.

De repente, sin aviso, sus dedos se deslizaron por el ribete de sus bragas y, sin permiso, los insertó bruscamente por la entrada de su vagina.

Marga se quedó parada, aterrada, sus músculos no respondían, su voz desapareció.

Sintió dolor al notar esos dedos sucios entre sus nalgas, pero peor fue el dolor de su pecho: la humillación por sentirse deshonrada, el pudor y la vergüenza de encontrarse desnuda y desamparada ante aquel canalla.

Escuchó su propia respiración, estaba hiperventilando.

Entonces, las manos de él cogieron las de ella y las dirigieron hasta su pene, moviéndolas de arriba abajo en movimientos acompasados.

Ella era un cuerpo inerte paralizado por el miedo.

Pero su mente sí que funcionaba y era consciente de lo que estaba ocurriendo, sabía que su cuñado no pararía y sobrepasaría cada barrera hasta llegar al coito.

Sacó fuerzas de su fuero interno y por fin encontró su voz:

—Vete, nos van a oír.

Se odió por haber dicho esas palabras, como si ella fuese cómplice, como si consintiera lo que acababa de suceder, como si quisiera que la hubiese tocado de esa manera.

—Me quiero correr dentro de ti.

—¡No! Déjame.

Las manos de él se volvieron de hierro, aprisionando sus caderas.

Tenía que hacer algo, se decía, debía salir de ahí, debía salir de esa situación porque solo iba a ir a más.

Esto no le podía pasar a ella. Mientras ocurrió lo peor, se sintió como si hubiera abandonado su cuerpo, observando la situación desde fuera con una mezcla de pudor y vergüenza.

La tortura terminó con un gemido de él espirando su fuerza y su masculinidad lechosa.

Ella aprovechó para empujarle, haciéndole caer al suelo.

Él se levantó rápidamente, como si se acabara de dar cuenta de lo ocurrido.

—Ni una palabra a nadie —fue su amenaza, cerrando la puerta detrás de sí.

Marga ya no sentía los efectos del alcohol.

Se quedó quieta, bajo las sábanas, usándolas como escudo, intentando procesar lo que había ocurrido.

Era la primera vez que había tenido cualquier tipo de relación sexual.

Era la primera vez que había tocado unos genitales, la primera vez que la habían tocado a ella, la primera vez que había sido penetrada.

Lo que significaba que ya no era virgen , se decía.

Sin embargo, no había pasado como debía ocurrir.

No había sido por amor, no había sido con Julio o con un novio formal que la respetase y la acompañase a casa.

No había sido la primera vez que tenía idealizada.

Aun así, se sentía culpable por lo que había ocurrido. Rompió a llorar, se daba pena.

Pasaba del mediodía y Marga seguía en las penumbras de su habitación.

Había vomitado dos veces. A media mañana, había oído a Rocío y Germán en el recibidor, se volvían a Valencia, tenían planes con unos amigos y, al día siguiente, comida con la familia de él.

Oyó cómo su madre les daba un beso de despedida, pidiéndoles que llamaran por la noche.

Corrió al baño a vomitar por tercera vez. Aurora le habló desde el otro lado de la puerta.

—Pero, bueno, ¿cuánto bebiste anoche, hija? Mira que te tengo dicho que vigiles con el alcohol. No es bueno, y menos para una chica. Una chica no debería beber demasiado.

—Tengo jaqueca, mamá. Déjame en paz, por favor.

Cuando terminó con la última arcada, se sentó en el retrete a orinar.

Había sangre, pero no era la menstruación.

Empezó a hiperventilar al darse cuenta de lo que ocurría, era su himen.

Esto tendría que haber pasado con Julio, con quien salía y era su novio, no con Germán.

Detestaba a su cuñado. Le había quitado una parte de su cuerpo, le había robado su primera vez.

Pero ahora no podía volver atrás. Sentía culpa y humillación, pero sobre todo miedo.

Miedo a que no la creyesen, miedo por lo que él pudiese decir, miedo de que sus allegados pensasen que era culpa suya.

No debería haber bebido tanto alcohol. Ella no quería que pasase, pero no había dicho explícitamente que no.

Había dejado que la abrazara, había dejado que la besara, había dejado que la tocara.

Todo le daba vueltas. Estaba mareada, sobrepasada. Cayó al suelo y empezó a sollozar. Aurora se asustó al oír los lloros y abrió la puerta del baño sin permiso.

—Hija, ¿qué te pasa?

Marga no podía hablar, apenas respirar, sorbía por la nariz haciendo un sonoro ruido. Las lágrimas la cegaban, y con las manos se cubría el rostro por la culpa que sentía.

—Hija, por favor, cuéntamelo, me estás asustando.

—Anoche bebí... y luego llegué a casa... y pasó...

—¿Qué pasó?

Los lloros le impedían hablar, cogió aire para contestar.

—Eso pasó... y ahora he sangrado.

—¿Me estás diciendo que has tenido relaciones sexuales?

Marga asintió con lágrimas en los ojos. Aurora suspiró pensando que Marga era aún muy joven, pero era otra generación y sabía que no esperaría a casarse como ella.

—Pero ¿tú querías?

Marga negó con la cabeza. Sus lloros fueron aún más fuertes, una presión le oprimía en el pecho.

—¡Qué me estás diciendo! Pero ¿esto... ha sido con Julio? ¿Tu novio?

Marga volvió a negar con la cabeza. Aurora sentía cómo se le aceleraba el corazón, sus peores pesadillas se estaban materializando. No era justo el dolor de su hija, ¿quién le había hecho daño?

—¿Quién ha sido, hija? ¿Lo conozco?

—Germán... —dijo con un hilo de voz.

—¡Lo mato! —gritó Aurora montando en cólera.

—Se metió en mi cama mientras dormía... No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde... Si no hubiera bebido... Tendría que haberme dado cuenta... Le hubiera dicho que no con más ahínco... Es culpa mía...

Aurora cayó de rodillas. Su papel como madre era consolar a su hija, y aunque estaba entre sus brazos, no podía. Asumió su dolor y su culpa. El día de la boda había tenido un mal presentimiento, y ahora se había hecho realidad.

—No, hija, no es culpa tuya... Es culpa mía. Yo he permitido que duerma el lobo en casa.