El puerto
Las dos veces anteriores, la había acompañado doña Marcela, ambas con sacos y bolsillos cosidos en sus enaguas para poder transportar debajo de sus faldas la mercancía que esperaban.
—¿Y tú desde cuándo estás metida en esto? —le había preguntado Aurora durante su primer paseo fraudulento.
—Desde antes de que tú nacieras, niña —había sido su respuesta.
—¿Y por qué mi padre nos manda a nosotras si él trabaja por aquí cerca?
—Dime tú, niña. ¿Qué guardia civil sospecharía de una viuda y una jovencita? En este país las mujeres somos un cero a la izquierda.
Sin embargo, en las dos ocasiones anteriores el paseo había sido en vano, ya que no encontraron ningún paquete para esconder en sus apañadas faldas.
Según las instrucciones de recogida, primero, debían llegar al segundo muelle, el más lejano, y después pasar por una apertura que había en una de las paredes, una especie de túnel pero con solo una entrada, sin salida.
Una vez dentro, era necesario abrir la tercera alcantarilla a la derecha, que solía estar escondida bajo un barril de tamaño mediano en apariencia pesado pero en realidad completamente vacío.
Las dos semanas anteriores, en dicha alcantarilla no habían encontrado nada.
—Esto pasa a veces —había anunciado doña Marcela la primera semana, algo decepcionada de que la iniciación de Aurora estuviese siendo tan poco emocionante.
La segunda vez que se encontraron el hueco vacío, doña Marcela suspiró lentamente.
Aurora, que llevaba años trabajando con ella, reconocía este característico sonido y lo había apodado en su fuero interno como «el suspiro de reflexión».
Sabía que durante esos segundos su compañera estaba imaginando todas las posibles razones por las que el paquete no se hallaba en la alcantarilla y calculando las consecuencias que pudiese tener tal incidente.
Esta era la tercera vez que Aurora iba al escondite secreto del puerto de Valencia, pero era la primera ocasión en que lo hacía sola.
Por ello, debía concentrarse para no desorientarse.
Doña Marcela tenía demasiada faena organizando los pedidos de flores para la ofrenda a la Virgen, y había confiado en su discípula para comprobar el enlace del puerto en solitario.
Un poco abrumada por la responsabilidad, Aurora hacía rato que había pasado por el reloj del puerto adentrándose por los recovecos más oscuros a pesar de que era solo mediodía.
Conforme se acercaba al muelle se cruzó con uno de los muchachos con boina que la habían molestado hacía varias semanas, cuando estaba buscando a su padre.
La miró de arriba abajo y le sonrió acordándose de ella.
Aurora esperaba que, como conocía a su padre, ya no se atrevería a molestarla.
Aun así, aceleró el paso, pues pasaba ya de la una y quería volver a casa a tiempo para comer con sus hermanos.
Como la semana anterior, tuvo que empujar un barril para poder acceder a la apertura de la alcantarilla.
Al abrirla se la volvió a encontrar vacía.
Aurora pensó que al menos era más fácil para ella, así no tenía que cargar con ningún paquete de vuelta a casa.
Empujó la trampilla de la alcantarilla para cerrarla y al levantarse escuchó una voz.
—¿Estás bien? —reconoció la voz, áspera de fumar: era el chico de la boina. A Aurora se le aceleró el corazón; estaba muy oscuro, pero consiguió atisbar al muchacho, que estaba de plantón en la entrada del túnel.
—Sí, estoy bien. Se me ha caído un pendiente y pensé que igual estaba en la alcantarilla.
—¿Necesitas ayuda para buscarlo?
—No, todo está bien. ¡No ha habido suerte! Lo he perdido.
Aurora se irguió por completo y se dirigió a la salida, justo donde estaba el muchacho de la boina.
—Dile a tu padre que nadie ha dejado ahí ningún paquete en el último mes.
—No sé de qué me estás hablando.
A Aurora aquel chico que la había mareado sin razón le había caído mal desde el primer momento en que se lo cruzó. Sospechaba que no era de fiar.
—Mira, sé que no empezamos con buen pie, pero no te voy a molestar... Respeto lo que hace tu padre, aunque no quiero tener nada que ver con eso. Dile que he oído que quieren cortar este enlace.
—Le daré el mensaje, pero no tengo ni idea de lo que me hablas. Ahora ¿me vas a dejar pasar o me vas a cortar el paso como cuando nos conocimos?
El chico se apartó levantando las manos en señal de que iba de buena fe. Aurora lo dejó atrás y marchó con paso firme hacia su casa. Al llegar, su padre y sus hermanos ya habían comido.
—¿Dónde has estado? —le preguntó su hermana Antonia al entrar, cotilla como siempre.
—Haciendo unos recados para la floristería.
—¿A estas horas?
—¡Estamos en fallas! Miles de flores se ofrecerán a la Virgen mañana, ¿lo recuerdas?
Esta excusa pareció suficiente para saciar la curiosidad de Antonia; aunque en parte era verdad: aquel año la parada de doña Marcela se había encargado de las flores de tres comisiones falleras.
En la cocina le esperaban dos trozos de patata hervida y un pedazo de pan oscuro, seguramente de la cartilla de la semana pasada.
Su padre pasó por la puerta de la cocina y enseguida alzó una ceja.
—¿Y bien? —Sus ansias eran perceptibles en sus ojos, azules como el mar.
—Nada. Otra vez vacía, como la semana pasada y la anterior.
—Esto ya no es normal...
—Me encontré con uno de los muchachos que conoces y me dio un mensaje.
Aurora le contó su desafortunado encuentro con el chico de la boina al que detestaba.
—Ese chaval es un pipiolo, no creo yo que sepa nada. El partido tiene que continuar luchando, y para eso necesitamos los paquetes que mandan desde fuera. No sé qué está ocurriendo... Pero yo lo solucionaré.
Pablo resopló y se fue a la terraza a pasar el rato con sus palomas, como hacía siempre cuando estaba malhumorado. Aurora se sentía exhausta después de la caminata al puerto y solo quería echarse a hacer la siesta, así que se excusó y se fue directa al dormitorio.