La primera cita
Había quedado con Adrián para devolverle el móvil. Pero Tina intuía que el encuentro sería algo más que un simple trueque, o al menos, aunque no se lo podía confesar a sus amigos, es lo que esperaba.
Se había cambiado el uniforme del colegio y se había puesto unos vaqueros pitillo ajustados, una camiseta escotada y un chaleco de pelo sintético.
Quería ir arreglada pero casual, dulce pero provocativa.
En cuanto a los complementos, se había decantado por unas perlas sencillas, un reloj de muñeca y su pulsera de Pandora que la acompañaba a todas partes.
Se maquilló intentando resaltar sus mejores rasgos: colorete y bronceador para los pómulos, sombras en tonos dorados y raya delineada para definir sus ojos azul pardo, y finalmente un gloss discreto para los labios.
Cuando llegó a las escaleras del puente del Mar, el puente peatonal más antiguo de la capital del Turia, él la estaba esperando.
Parecía que también hubiese intentado arreglarse, al menos a su manera.
Llevaba el pelo engominado hacia un lado y unas Converse blancas que parecían nuevas.
Se había quitado el pendiente de brillante hortera que lucía cuando lo conoció y vestía vaqueros azules y camiseta blanca.
Llevaba su usual cazadora negra de cuero y su perfume a endorfina que a ella la volvía loca.
—¡Vaya ojazos! —le dijo él sonriendo nada más verla.
Ella le devolvió la sonrisa pensando que en realidad él no se quedaba atrás, ya que sus ojos grandes y azules con destellos verdes también eran muy bonitos; no era la primera vez que se fijaba en ellos.
Además, tenía una sonrisa preciosa, dientes rectos con unos colmillos afilados que le daban un toque pícaro y burlón.
—Un frappuccino para la señorita —dijo Adrián tendiéndole uno de los dos batidos que llevaba en la mano.
Hacía bastante sol y la temperatura era agradable para ser una tarde de otoño, así que decidieron bajar a los jardines del río y andar en dirección al parque de Cabecera.
—Gracias —dijo ella dándole un sorbo: café con caramelo, su combinación favorita.
—Es que antes de verte he hecho un cursillo sobre cómo ser un príncipe azul, para así poder estar a la altura de una niña pija como tú —contestó con guasa.
Ella se rio.
—Pues de momento apruebas.
—¿Solo me das un aprobado? ¿Qué haría uno de los chicos pijos de tu colegio si te fueras de cita con él?
—Pues seguramente me hubiera venido a recoger con un ramo de flores, pero los frappuccinos de Starbucks no están nada mal.
Entonces Adrián se acercó a un arbusto, arrancó tres violetas silvestres y las ató con un nudo en el tallo. Tina se volvió a reír y se lo agradeció sonriente.
—No hacía falta. Por cierto, aquí tienes tu móvil, lo prometido es deuda.
—Vaya, gracias. Conseguirlo de vuelta solo me ha costado una semana de incomunicación, una pelea con mi amigo y dos frappuccinos de Starbucks —contestó en tono burlón.
—¿Te has peleado con tu amigo? ¿El tal Guanto? —preguntó sorprendida.
—Bueno, le molestó que le pidiera lo que faltaba de cocaína. No le gusta que me meta en sus asuntos...
Tina pensó que menuda pieza debía de ser el tal Guanto.
No solo estaba metido en trapicheos de drogas, sino que, además, había intentado engañar a sus amigos y aprovecharse de ellos.
Iba a decir todo lo que pensaba de él, pero decidió callarse porque no quería que Adrián se molestase, después de todo eran amigos.
Además, no sabía si él también podría estar involucrado en sus asuntos turbios.
Aun así, no pudo evitar levantar las cejas y hacer una mueca contenida con los labios; una expresión de desavenencia que él leyó en su rostro al instante.
—Sé lo que estás pensando. Primero quiero aclarar que yo no soy como él.
No paso droga, ni estoy metido en asuntos de trapicheos.
En realidad, el Guanto y yo tampoco somos tan amigos.
Nos conocimos por el barrio y de vez en cuando salimos de fiesta juntos.
Lo cierto es que mi vida es mucho más aburrida: tengo veinte años y estudio un ciclo superior en Mecánica.
—Encantada, Adrián, yo tengo diecisiete años y estudio segundo de bachiller. Creo que la mía es más aburrida aún.
Ella le tendió la mano, como si se acabaran de conocer.
No quería que hubiera mal rollo entre ellos, quería quitarle hierro a la conversación y simplemente tontear.
Sin embargo, él parecía hablar en serio, quería que ella le respetara y le viera como un igual, alguien merecedor de su tiempo y de su atención.
Aun así, le hizo gracia su gesto burlón y le estrechó la mano, entrelazó sus dedos con los de ella y ya no se la soltó. Continuaron andando cogidos de la mano.
—De aburrida nada. Por lo que he visto eres una chantajista profesional.
—Profesional aún no, de momento solo soy amateur. —Los dos se rieron.
—¿Es eso todo lo que me vas a contar de ti? —le preguntó Adrián.
—¿Qué más quieres saber?
—No sé... Por ejemplo, ¿cómo financia los botellones, cigarrillos y juergas una niña pija como tú? ¿A base de chantajes emocionales?
—Pues la verdad es que yo no soy como el resto de mis amigos, ellos tienen fondos infinitos para caprichos y salidas... Mi madre no quiere que me quede atrás y me financia casitodo lo que le pido, aunque a veces no sé si vale la pena.
—Qué suerte tus amigos, ¿no? ¡Ya me gustaría a mí! —Él se mordió el labio inferior, antes de continuar con tono burlón—: Así que resulta que eres una niña de mamá y no una niña de papá , como yo creía.
Ella se rio: sus salidas eran muy ingeniosas. Aunque estaba muy lejos de la verdad.
—¡Para nada! Mi madre y yo discutimos mogollón. O sea, es mi madre y la quiero un montón, pero tiene un carácter difícil. Antes todo era más sencillo, mi yaya la hacía entrar en razón, pero ahora... —Tina se paró un momento y tragó saliva—. Mi abuela murió de cáncer el verano pasado.
Ambos se quedaron en silencio. Adrián permaneció callado sin saber qué decir.
—Vaya, lo siento —musitó finalmente.
—La echo mucho de menos. Todos los días pienso en ella.
Es como si me faltara una parte de mí, una parte de quien soy.
Mi madre siempre ha trabajado muchas horas, de pequeña había veces que apenas la veía, pero mi yaya siempre estaba ahí.
Ella siempre me apoyaba. A veces me cuesta creer que ya no esté.
Tina le acababa de confesar sus más íntimos pesares.
Odiaba mostrarse vulnerable y se arrepintió de haberse abierto así de rápido con Adrián.
A pesar de que solo lo conocía desde hacía poco más de una semana, con él se sentía cómoda.
Sentía que podía ser ella misma sin necesidad de aparentar ser otra persona, como sí que le sucedía con el resto de sus amigos.
Con él todo parecía más simple, como si fueran familia.
Pensó en su abuela y se preguntó qué pensaría ella si la viera en ese momento: cogida de la mano de un chico al que apenas conocía, pero con quien sentía una conexión tan fuerte.
Nunca había experimentado una atracción igual, ¿era eso amor?
—Bueno, al menos piensa que disfrutaste de ella durante diecisiete años. Yo ni siquiera conocí a mis abuelos maternos, fallecieron antes de que yo naciera... Y los de mi padre se fueron a una residencia antes de que yo empezara el colegio.
Las palabras de Adrián hicieron recíproco el intercambio de vulnerabilidades. Ella le acarició el dorso de la mano, que hasta entonces la cogía con fuerza.
—En cuanto a lo de tu madre, los viejos son así. Yo a mi padre a veces no lo aguanto, no soporto cómo le habla a mi madre. En parte, me hice amigo del Guanto porque le rechinan los dientes cada vez que lo ve. Es lo que él considera «una mala compañía».
—Entonces, ¿solo andas con él por fastidiar a tu padre?
—Algo así... —confesó él.
Habían llegado al lago del parque de Cabecera, desde allí se podía contemplar un paisaje de contrastes.
Los árboles, las flores, el césped y demás naturaleza del parque chocaban con la jungla urbana de asfaltos, puentes y carreteras.
Seguían de la mano. A Tina su mera presencia le acaloraba cada centímetro de la piel.
—Vaya... Yo creía que eras un chico malote, y resulta que solo eres un rebelde.
Ella sabía que lo estaba provocando. Adrián la acercó a su cuerpo y la envolvió entre sus brazos. Entonces, él bajó la cabeza, le apartó el pelo de la cara y la besó apasionadamente.