Las flores del ayer La semilla
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La semilla

El viento soplaba desde el interior chocando con violencia contra el mar.

Las olas rompían con efervescencia al llegar a la orilla, mientras que en el horizonte se alzaban como montañas con cimas nevadas.

No se atisbaba ningún ave, aún era invierno y no se esperaba su migración a la zona de la Albufera hasta el mes siguiente.

A pesar de llevar botas y un abrigo de paño que había heredado de su madre, la humedad parecía filtrarse por su piel, sus músculos y sus órganos hasta penetrarle los huesos.

Aurora paseaba junto a su padre por la playa de la Malvarrosa.

La arena se desplegaba como un pequeño desierto y en ocasiones se levantaba en remolinos por la ventisca y le golpeaba las mejillas.

Su padre le había pedido que le acompañara durante su hora del almuerzo y doña Marcela no le había puesto ninguna pega por ausentarse de la parada de las flores durante la jornada laboral.

Pablo parecía dubitativo, mientras que Aurora sospechaba que esta inesperada cita fuera el anuncio de su marcha permanente: el preludio de sus mayores temores.

—Hija, tengo algo que contarte.

El tono serio del patriarca parecía confirmar sus suposiciones. Aurora estaba callada, quería escuchar a su padre antes de recriminarle nada. Aunque en su mente ya había empezado a cavilar excusas y argumentos para convencerle de que debía quedarse con su familia.

—Tú sabes que perdimos la guerra, pero lo que no sabes es hasta qué punto...

Aurora no esperaba que este fuese el tema que iban a tratar, pero se mantuvo callada. Pablo tragó saliva antes de continuar.

—En realidad, supongo que te imaginarás cuál ha sido mi situación en los últimos años, pero tienes derecho a saberlo de primera mano... Para mí todo empezó mucho antes de la Guerra Civil, mucho antes de la República...

»Todo empezó en 1924, tenía apenas tu edad cuando me alisté para luchar en la guerra de Marruecos, la guerra del Rif.

Iba convencido de que defendía el gran Reino de España, lo que quedaba del imperio donde no se ponía el sol, con el rey Alfonso XIII al frente y con Miguel Primo de Rivera como presidente.

España ya había perdido Cuba y las colonias americanas, así que Marruecos era la única reminiscencia que quedaba de aquella época dorada.

En la academia el ambiente era increíble, íbamos todos a una, todos contra el enemigo: Abd el-Krim y los moros rifeños.

»Al llegar a Tetuán me abofeteó un calor seco, sofocante, y un olor particular, una mezcla de especias y sudor.

Los dos primeros días allí fueron inolvidables; es una ciudad vibrante, y al ser militares y españoles todas las puertas se nos abrían.

Fumábamos las mejores cachimbas y disfrutábamos de una fiesta interminable, pero al llegar al campamento de la base militar la historia cambió por completo.

Estaba situado en una zona montañosa y desértica, no había ninguna conexión con el resto del mundo.

Abastecerse era difícil, el pozo más cercano se encontraba a unos quinientos metros y muchas veces el agua estaba contaminada.

En la base militar nos pasábamos el día al sol esperando a que ocurriese algo, pero en el campo de batalla íbamos a por todo.

La orden era siempre la misma: disparar a matar. Eran moros, eran bárbaros.

»En España la prensa daba una versión distorsionada y prometedora, pero en el frente era difícil saber si íbamos ganando o perdiendo.

Allí era fácil desorientarse, el desierto cambia cada día, cada noche y aunque tuviéramos mejores armas no habíamos crecido en aquella tierra.

No la conocíamos como nuestro enemigo...

Ellos se camuflaban entre las dunas y emergían como las víboras de las arenas, atacando cuando menos lo esperábamos.

»Una noche, después de un par de semanas allí, estábamos atrincherados en el desierto con la orden de disparar si avistábamos movimiento.

La única luz era la luna y las estrellas, y además había una brisa arenosa.

Divisé una figura en la penumbra y apreté el gatillo.

Di en el blanco y acabé con la vida de un ser humano.

Era la primera vez que mataba a alguien.

»Se trataba de un chiquillo de doce años que acababa de salir de las letrinas.

¿Acaso hay algo más humano que hacer de vientre?

Tan pronto como su cuerpo se desplomó sin vida, se oyó un alboroto entre las tiendas de campaña.

Salió una señora de mediana edad gritando, era la madre del muchacho. Pero las balas de España continuaron.

»La capturamos a ella y a algunos más. Al ver el sufrimiento en su cara, casi deformada por el dolor, entendí que los rifeños contra los que luchábamos, los moros a los que llamábamos bárbaros y a los que intentábamos subyugar, no eran menos que nosotros.

No eran animales salvajes, eran personas.

Igual que tú y que yo. Todos los seres humanos somos iguales sin importar el color de piel, la religión, el género, la orientación sexual...

Todos tenemos la capacidad de amar y sufrir, y eso es lo que nos iguala.

»Resultó ser un sobrino de Abd el-Krim. Al regresar a España me dieron una medalla; yo me leí el Manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels y me apunté al partido.

Hubo una pausa en el discurso de Pablo que se prolongó en silencio.

Aurora, que había escuchado con atención, intentaba procesarlo todo.

En su mundo solo había una guerra: la Guerra Civil.

Sin embargo, era interesante que fuera otra guerra la que plantó la semilla de la rebeldía, haciendo germinar el sentimiento revolucionario y el inconformismo en su padre y posiblemente en muchos otros.

—¿Y qué pasó después? —preguntó Aurora, y Pablo continuó su relato.

—España era una puta fiesta. Yo pertenecía al Partido Comunista, a la federación de Valencia, donde luchábamos por los derechos de los trabajadores y la igualdad.

Había mítines semanales, conferencias, talleres y las mejores fiestas clandestinas: España estaba en ebullición.

Emergieron nuevos movimientos anarquistas, feministas, nacionalistas...

, y así llegó la República. Fue casi una utopía.

¡Estuvimos tan cerca de conseguir un sistema como el de la URSS!

Incluso las mujeres podían votar y hacer lo que les viniera en gana, como llevar pantalones y empuñar escopetas igual que los hombres...

En resumen, un país en el que todos éramos iguales, sin meapilas, fachas o monarcas que nos dijeran cómo hacer las cosas.

En fin, al sublevarse los militares, el Gobierno se trasladó aquí, a Valencia.

Esto era el puro epicentro, pero después de todo estábamos en guerra, con vecinos enemistados, amigos luchando unos contra otros y hermanos matándose.

No sé cuánto recordarás de la guerra, ¿qué edad tenías cuando terminó?

—Ocho. Era muy pequeña...

Aurora había escuchado historias sobre el frente, aunque era como leerse la última página de un libro cuando aún vas por la mitad: se trataba de la crónica de una muerte anunciada con un desenlace mundialmente conocido.

—Hacia el final de la guerra estábamos desorganizados, los anarquistas y los independentistas nos dieron por culo, y pasó lo inevitable: ganaron los militares.

Era demasiado peligroso quedarse en España.

Yo hui al sur de Francia, donde me acogieron los maquis franceses que luchaban contra otro tipo de fascismo: el nazi.

—Padre, ¿por qué me cuentas todo esto?

—He estado pensando y he hablado con Marcela.

Creemos que tienes derecho a saber... Después de todo, es verdad que sin ser nuestra intención te hemos ido involucrando al darme recado sobre los maquis franceses que escondimos, mandar ese paquete a Asturias o al conocer el pseudónimo de Marcela.

Por eso, ahora que ya eres una jovencita, tengo una propuesta para ti.

—¿Qué tipo de propuesta?

—Quiero que me ayudes, a mí y al partido, a luchar en silencio contra el fascismo de España. Si ganamos, ganará la igualdad, ganará la libertad.

—Pero ¿cómo voy a ayudar yo?

—Hay medio centenar de hombres escondidos en el campo aragonés que dependen de mí.

Hasta la fecha hemos recibido cargamentos de armas de Rusia para ayudarnos en la lucha.

El problema es que los envíos son cada vez menores y más separados entre sí.

Pero tengo un plan para dar un buen golpe y que podamos luchar desde el interior.

—Entonces, ¿quieres que luche? ¿Quieres que empuñe un arma?

—No, hija, no. Tú lucharás en el sentido figurado de la palabra. Tu papel sería sobre todo llevar paquetes de un lado a otro, dar avisos y recados. En realidad, lo que has estado haciendo hasta ahora, pero enterada de lo que ocurre.

Aurora se quedó callada, dubitativa. Recordó las palabras de su madre avisándola de que era más seguro no saber. Pero ahora ya era tarde, su insistencia la había llevado a conocer por completo lo que sucedía. Era lo que anhelaba, pero no deseaba la responsabilidad atada a la verdad.

—¿Qué me dices? ¿Te apuntas?

Admiraba el trabajo clandestino de su padre, pero no estaba segura de que fuese la solución al problema político de España.

Ella era de otra generación, solo recordaba vivir entre bombas o entre susurros.

Además, al contrario que su padre, pensaba que los dos lados podían llegar a entenderse.

Creía en la bondad del ser humano y pensaba que con el diálogo podría haber una reconciliación para así curar y cerrar la herida.

Pablo esperaba su respuesta y ella contestó asintiendo con solemnidad. ¿Estaba convencida? No. Pero confiaba en su padre y, por ende, en sus ideales; después de todo, si por algo hay que luchar, es por la familia.