Las flores del ayer El horóscopo
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El horóscopo

El sol casi estival les acariciaba las mejillas ruborizándolas sin permiso. Marga y Eva se bronceaban la piel al borde de la piscina mientras leían en voz alta la última edición de la revista Super Pop .

—A ver, a ver... «Horóscopo quincenal de Capricornio». ¡Esa eres tú, Marga! —dijo Eva.

—No sé si me lo creo. Pero tengo curiosidad, ¿qué dice?

—«Capricornio, los acontecimientos de los próximos días marcarán un antes y un después en tu vida. La energía de la noche de San Juan te hará brillar, y tu propia esencia atraerá a nuevas personas y conexiones amorosas». Ay, ay, ay... ¡Eso va por Julio!

—¡Qué tonta eres! —contestó Marga con una sonrisa ilusionada.

—¡Dice que cambiará tu vida! Es decir, os casaréis y tendréis hijos. Perdona, sigo leyendo: «Pero cuidado con quién dejas que se te acerque, la persona incorrecta podría oscurecer tu aura y tu futuro».

—Pues eso no parece tan bueno...

—Bueno, es el horóscopo, tiene que ser ambiguo. Yo creo que los astros están a favor de tu noviazgo con Julio.

—Si tú lo dices...

Entonces sonó el timbre. Marga oyó cómo Aurora la llamaba mientras se acercaba a la puerta principal. Desde el jardín, reconoció una voz masculina y se levantó del borde de la piscina para acudir al reclamo de su madre.

—Hablando del rey de Roma... —dijo Eva guiñándole un ojo.

Como esperaba, en el umbral de la puerta se encontraba Julio, pero iba acompañado por un hombre que no conocía.

Tenía una cabellera gruesa y una barba frondosa, ambas llenas de canas, pero que antaño habían sido azabache.

Su mandíbula ruda y su nariz aguileña sentenciaban su parentesco.

Por edad, imaginó que debía de ser su padre.

Cuando llegó, su madre ya estaba atendiendo a la visita inesperada y hablaba dirigiéndose a Julio, a quien conocía de vista.

—Tú debes de ser amigo de Marga —saludó Aurora.

—Sí, lo soy. Quería disculparme por el malentendido del otro día.

—¿Qué sucedió? —preguntó Aurora confundida. Ni el abuelo Pablo ni Marga le habían comentado nada del encontronazo.

—El abuelo de Marga se molestó porque no la acompañé hasta la puerta, sino que la dejé con la bici al final de la calle. —Julio balbuceaba nervioso.

—Vaya, no me habían comentado nada.

—Solo quiero aclarar que fue un simple despiste... No lo pensé. También quería preguntarle a Marga si va a ir a la fiesta de San Juan de esta noche. Le juro que esta vez la acompañaré hasta la puerta y velaré por su bienestar. Vengo con mi padre para que vea que voy en serio.

Mientras tanto, Marga estaba callada junto a su madre, abochornada por la situación, que a la vez la deleitaba. Parecía que Julio quisiera formalizar el noviazgo, pero ella no hablaba de chicos o de relaciones amorosas con su madre, lo cual hacía que el momento fuera algo incómodo.

—Iba a ir a la fiesta de San Juan con Eva, pero podemos acudir todos juntos, claro —contestó.

—Vaya, parece que la caballerosidad no ha muerto, gracias por preocuparte por Marga. Te agradezco que la acompañes hasta casa después de salir —fue la respuesta de Aurora. Entonces, por primera vez levantó la mirada hacia el señor que acompañaba al joven—: ¿Yo a usted le conozco?

—¿Aurora? —contestó el hombre con voz ronca.

Marga notó cómo a su madre le temblaban las piernas.

—¿Juan? ¡Madre mía, cuánto tiempo! ¿Este es tu hijo?

—Sí, me casé y me fui a vivir a Zaragoza. Este verano hemos alquilado el chalé de al lado de mi cuñado, aquí, en La Cañada. Además, Julio está estudiando en la Universidad de Valencia. ¡El primero de la familia en ir a la universidad!

—Vaya, qué bien. Marga también ha entrado en la universidad. Va a estudiar Medicina.

—Qué casualidad que Marga sea tu hija —contestó Juan—. Desde luego, tiene tu mirada.

—Cierto. ¡Qué pequeño es el mundo! —suspiró Aurora, titubeando—. Julio, por mi parte no hay problema con que salgáis esta noche de fiesta, siempre y cuando tengáis cuidado.

—Muchas gracias, le doy mi palabra —dijo Julio. Entonces se dirigió a Marga—: ¿Te recojo a las ocho?

Ella asintió con una sonrisa. Aurora le dijo al padre:

—Bueno, me alegro mucho de verte, Juan.

—Igualmente. Por favor, dale recuerdos a tu padre.

—Lo haré. Hoy está en un campeonato de colombicultura. Pero ¿por qué no vienes a visitarnos algún día? Estoy segura de que le gustará verte.

Juan aceptó cordialmente mientras Julio y Marga se intercambiaban miradas, atónitos. Cuando sus sombras se alejaron, Aurora se dirigió a su hija:

—Nena, entonces, ¿este Julio es tu novio?

—Pues me parece que sí —le contestó pensativa.

Aurora se quedó con la mirada perdida hasta que las dos figuras se desvanecieron al final de calle. Una leve sonrisa se escondía en la comisura de sus labios.

—Por cierto, ¿de qué conoces a su padre? ¡Te has puesto nerviosa!

—¡Qué dices! Déjalo, nena, que es una larga historia.