Las flores del ayer El regreso
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El regreso

Eran las seis de la mañana y el arrullo de las palomas la despertó.

Estaba en el bendito limbo entre sueños y realidades cuando un fuerte estruendo la sobresaltó.

Provenía del recibidor, era la puerta. Aunque Marcela le había dicho que no se preocupara por la visita del camarada que había llamado a su puerta pocos días antes, aún sentía escalofríos recordando la brutalidad con la que aquel hombre casi había derribado la puerta.

Así que, sin más dilación, saltó de la cama y agarró el palo de una escoba.

Cuidadosamente, salió al pasillo, dispuesta a enfrentarse a quien se había atrevido a allanar su casa.

Entonces lo vio. Su padre acababa de llegar.

Aurora corrió a su encuentro. Los últimos quince días habían sido un purgatorio, sin saber nada.

No sabía dónde estaba, no sabía si volvería, no sabía qué era de él.

A pesar de la presencia de Marcela, lo que más le había preocupado era la suerte que podrían correr ella y sus hermanos si su padre no regresaba.

Todo ello acentuado por un aura de peligro que había invadido sus pensamientos desde aquella inesperada visita.

—Niña, prepara un chocolate a la taza, traigo buñuelos.

Aurora obedeció, fijándose en el barro que manchaba las botas de su padre.

Al poco rato se despertaron sus hermanos y todos se sentaron a desayunar.

Su padre había vuelto y eso era todo lo que importaba.

Enrique le enseñó orgulloso la moneda francesa que se había encontrado, mientras que Antonia relató la visita del matón de una forma exageradamente dramática:

—Papá, toda la puerta e incluso el suelo temblaban, ¡te juro que no la derrumbó porque Aurora y yo la sostuvimos con todas nuestras fuerzas! Te buscaba a ti, dijo que era «camarada del partido».

—Se debió de equivocar de Pablo, y vosotras hicisteis lo correcto no dejando entrar a ningún extraño en casa.

—Hubiera estado bien saber adónde habías ido... —comentó Aurora por lo bajini.

Su padre carraspeó incómodo y se dirigió a la terraza a dar de comer a las palomas, dando así por finalizado el desayuno en familia; los demás empezaron a arreglarse para la jornada de colegio y trabajo.

Aurora tenía pensado comprar el pan en el horno de al lado del cuartel como pretexto para cruzarse con su nuevo pretendiente.

Aún no había tenido ocasión de responder a la nota de Francisco y no aguantaba la espera hasta volverle a ver y decirle que sí, que aceptaba ser cortejada por él.

No estaba segura de si en realidad debería hacer partícipe a su padre de esa decisión; pero como había regresado a casa aquella misma mañana, prefería ir a su antojo.

Sin embargo, su plan de ver a su nuevo amor se vio frustrado por Marcela, quien la mandó a Correos a entregar un paquete engorrosamente pesado con destino a Asturias.

—Señorita, no lleva remitente —le dijo el funcionario al otro lado del mostrador.

—Vaya, un momento —se disculpó Aurora.

A continuación, le dio al trabajador de Correos el nombre de doña Marcela y su dirección completa.

Se la sabía de memoria porque era igual que la suya: solo tenía que cambiar el número de puerta; Marcela vivía en el tercero derecha y ella en el primero izquierda.

Al volver a la parada le comentó a Marcela que había enmendado su error, pero ella reaccionó blasfemando.

—¡Puñetas! —suspiró su patrona llevándose las manos a la cabeza. Aurora se quedó parada y callada, no era común que le hablara en ese tono. Tras unos instantes, y al verla asustada, la tranquilizó con voz rendida—: Da igual, ahora ya está. Seguramente no importe.

Aquella noche doña Marcela cenó con Aurora y su familia. Era algo bastante común, dado que tan solo tenía que bajar dos pisos; además, aquella ocasión había traído esgarraet , el plato favorito de su padre.

—Tengo el bacalao macerando desde esta mañana, ¡está jugosísimo, tal y como te gusta! —había dicho Marcela al entrar.

—Me gusta jugoso, sí —contestó él guiñándole un ojo.

A Aurora le caía bien Marcela, pero no entendía la estrecha amistad que la unía a su padre.

Había oído los cuchicheos del barrio, incluso una chica de la parroquia, la impertinente de Conchita, había tenido la osadía de preguntarle si su padre y doña Marcela vivían en pecado.

Aurora se negaba a aceptar que entre ellos hubiera algo más que una amistad, una camaradería especial e incomprensible para los demás, odiaba pensar que alguien pudiese reemplazar a su madre.

Lo cierto era que Marcela jamás lo hubiese intentado.

A pesar de ser mujer y estar en la treintena, no mostraba la dulzura ni el instinto maternal de Felisa, y tampoco aspiraba a casarse o tener una familia.

Aurora acompañó a su hermano a la cama. Mientras esperaba a que el pequeño se durmiera, le llegaban ráfagas de la agitada conversación que estaban teniendo su padre y Marcela, fuertemente macerada por las dos copas de mistela que se habían tomado.

—Solo tiene diecisiete años —decía su padre.

—A su edad yo estaba yendo a reuniones socialistas, apoyando al Frente Popular, luchando por la libertad e igualdad de las mujeres.

Durante la guerra, mientras Pepe y tú combatíais en el frente, yo defendía los ideales del PCE desde la Asociación de Mujeres Antifascistas.

Mientras nos escondíamos como ratas en el refugio, nosotras mantuvimos viva la esperanza.

Era yo quien editaba y publicaba Mujeres Libres clandestinamente.

—Lo sé, pero ahora es diferente, es más peligroso. Los cabecillas del PCE ni siquiera están en el país. ¡Es un desastre! Allí vamos todos con armas, durmiendo en campamentos, cuevas o graneros. No es lugar para Aurora.

—No te digo que te la lleves al monte. Pero le vendría bien comprometerse con la causa y comprender sus razones.

Tiene que ayudarnos aquí, en la ciudad, pero con conciencia de lo que está haciendo; si no, cometeremos errores.

Por ejemplo, hoy le he pedido que me llevara un paquete a Correos y ha dado mi dirección.

—¡Pues no deberías habérselo dado! —gritó Pablo dando un golpe en la mesa—. Vivir aquí, en la ciudad, supone estar muy atento, saber bien lo que se hace, tener astucia. Es demasiado peligroso, no quiero a Aurora metida. ¡No vuelvas a pedirle nada!

—¿Acaso no quieres que ayude porque es mujer, porque es demasiado joven o porque es tu hija?

—¿Qué tiene eso que ver? —La voz de su padre sonaba cada vez más alta.

—¡Necesitamos ayuda, Pablo! Tú lo sabes mejor que nadie, ella sería muy buena tapadera, es joven y pasaría desapercibida. —Hizo una pausa, temiendo el anuncio que iba a dar, pero al final se decidió—: Además, para el PCE ya está metida.

—¿Qué quieres decir? —El tono de Pablo denotaba una mezcla de sospecha y acusación.

—Conocía mi pseudónimo. Vinieron a buscarte y me preguntaron por ella. Tuve que decir que nos estaba ayudando, que era leal al partido y antifascista. Si no, nos hubieran tachado de irresponsables o, peor aún, ¡de topos!

—¡No tenías ningún derecho! ¡Es mi hija! Yo decidiré si introducirla y cuándo.

Aurora escuchó cómo su padre volvía a golpear la mesa. Hubo un silencio, Marcela tenía más noticias y sabía que a su interlocutor no le iban a agradar.

—Por cierto, dejaron un mensaje: quieren hablar contigo.

—¿Conmigo? ¿De qué?

—No lo sé, tendrás que preguntarles a ellos...

—Pues que me busquen.

Un portazo fue la respuesta de Pablo. No dio ninguna excusa, pero imaginaba adónde iba: se marchaba al bar a ahogar sus preocupaciones con whisky y nublar su ansiedad en caliqueños.

Enrique ya se había dormido, así que Aurora cruzó el pasillo en dirección a su habitación.

Al pasar por la puerta del comedor se encontró a Marcela de espaldas observando desolada la copa vacía de mistela.

Era como una rosa del desierto, que consigue florecer gracias a su tronco grueso y fuerte a pesar de enfrentarse a los elementos más áridos.

A Aurora le dieron ganas de abrazarla, pero decidió no perturbar su soledad.