El negocio
Adrián le había mandado un SMS. Había cumplido con su parte del trato, ahora Tina tendría que cumplir con la suya.
—¿Qué haces? —le preguntó su madre cuando la vio rebuscar entre las llaves del mueble del recibidor.
—Estoy esperando una carta de la Universidad de Columbia y busco la llave del buzón.
—Está en el cajón.
Cuando abrió el buzón, vio un pequeño paquete envuelto en un papel marrón.
Dentro había dos bolsitas transparentes de cocaína y una nota que decía: «Vale por un móvil y un beso».
Tina sonrió, Adrián sería un macarra, pero era ingenioso.
Se imaginó cómo sería besarle. Esnifar su olor a testosterona y que le metiera la lengua en la boca.
Seguro que era de los que besaban con fuerza, como si fuera la última vez.
Entonces, notó cómo sus entrañas se humedecían.
Metió el paquete en el bolso y se dirigió a casa de Lucía, donde había quedado para estudiar con sus amigos.
Por un microsegundo se le pasó por la cabeza que era la primera vez que llevaba droga encima.
La primera vez que se metía en un asunto de dudosa legalidad.
Respiró hondo, le estaba empezando a invadir uno de sus inexplicables temores infantiles.
Lucía vivía en un ático del barrio de Ruzafa que estaba a unos quince minutos andando de su casa.
Las probabilidades de que la pillase la policía eran mínimas.
No corría ningún peligro. Aun así, con su paso acelerado consiguió llegar en solo diez minutos.
—Ahí tenéis, ha cumplido —dijo Tina entregándoles los dos paquetes nada más llegar. Sintió una gran liberación, no quería verse metida en asuntos de drogas.
Nico, Guille y Lucía estaban entre libros en los asientos de la terraza. Nico abrió las bolsitas de plástico, metió el dedo y se lo pasó por los dientes para comprobar la calidad.
—¡Es buena! Ha salido bien la jugada.
Sacó su cartera y una tarjeta de crédito negra. Entonces, se dispuso a desmenuzar la coca a golpecitos, preparándola para hacerse una raya. Tina se quedó atónita: no estaban de fiesta.
—Nico, ¿en serio? Son las seis de la tarde. ¿No íbamos a estudiar? —le dijo Tina.
—Así mi cerebro graba las fechas de la Revolución francesa mejor —le contestó él de guasa.
Lucía se acercó a inspeccionar la cantidad que estaba machacando. Ella siempre tenía que estar al tanto y darle el visto bueno a todo.
—Déjalo, es solo un poquito —puntualizó Lucía poniendo los ojos en blanco.
—Yo me apunto al aperitivo —dijo Guille.
Todos se rieron menos Tina. Nico arrancó un trozo de página del libro de texto, la enrolló y la utilizó para esnifar el polvo blanco.
Le pasó el canutillo a Guille, quien lo imitó y la coca desapareció al instante como por arte de magia.
Era el turno de Lucía, pero ella levantó la mano en señal de negación.
—¿Seguro que no quieres, Lulú? —le preguntó Guille.
—No, me reservo para el finde —contestó Lucía—. Además, está Tina juzgándonos.
—¡Es que estamos a martes! ¡Mañana hay colegio! —espetó Tina.
—¿Tanto queda para el finde? Igual sí que debería.
Los chicos soltaron una carcajada. Entonces Lucía cogió el canuto de papel y se lo acercó a la nariz.
Tina la miró decepcionada, y se alzó un muro de silencio.
Tenía claro que no era como ellos, por mucho que intentara formar parte de su élite.
Guille y Lucía continuaron metidos en sus libros como si nada, pero Nico parecía pensativo, estaba trazando un plan.
—Estoy pensando que le podríamos sacar mayor provecho a todo esto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lucía.
—¿Y si no le devolvemos el móvil y seguimos pidiéndole cocaína gratis?
—De eso nada —dijo Tina—. Hice un trato con él. Le prometí que le devolvería el móvil si nos conseguía la cocaína que te timó su amigo. Lo ha hecho, así que tengo que cumplir mi parte.
—No es mal plan. Podríamos incluso hablar con ellos para que colaborásemos, ser sus representantes en nuestro colegio —intervino Guille.
—Cierto, es difícil encontrar gente de confianza que te pueda pasar. Claro que, si hacemos negocios juntos, tendríamos que devolverle el móvil —contestó Nico.
—Igual incluso nos lo agradecen. Si fuéramos sus representantes por la zona de nuestro colegio, haríamos buen negocio —continuó Guille.
—No os rayéis. ¿Para qué quieres hacer negocio? ¿Qué queréis, acabar convirtiéndoos en camellos? —intervino Lucía con desgana.
—No estaría mal ganar algo de dinero.
—De eso nada, Nico. ¡Si necesitas dinero, se lo pides a tu padre!
Creía que su partido había ganado las elecciones.
Tina mañana le devolverá el móvil y ya está —sentenció Lucía—.
Y, Tina, tú no te dejes engatusar por ese prenda.
Olvida las notitas y mensajes cursis, recuerda que él no es como nosotros.
A Lucía le encantaba actuar como si fuera la voz de la experiencia y la sabiduría.
Se creía mucho más madura que ella porque no era virgen.
Su actitud de superioridad destacaba sobre todo en lo relacionado con la vida amorosa de Tina, a quien consideraba una ingenua inexperta.
Era cierto que su experiencia amorosa se limitaba a un chico al que había besado el verano anterior.
Lo conoció en la casa de vacaciones de Nico y, tras un fin de semana tonteando, se dieron su primer beso en una discoteca.
Ese beso había sido nefasto. A Tina le daba arcadas recordar la lengua de él dando vueltas en su boca como una lavadora.
Por todo esto, Lucía solía juzgar a todos sus crushes , sacando siempre defectos físicos y económicos que Tina no había visto, impregnándola poco a poco de su superficialidad.
Estaba claro que no daba su aprobación al hecho de que Adrián le hubiera estado mandando mensajes por Tuenti y pareciera interesado en Tina.
Sus mejores consejos manifestaban la importancia de «cazar» un buen partido para poder vivir bien y codearse con la jet set .
Mientras tanto, Tina, que hasta el momento había valorado su falsa amistad, empezaba a sentirse subestimada y a cuestionarse sus principios.
— Bonsoir, mes amis! —les saludó Camille, la madre de Lucía, en francés desde la puerta de la terraza. Lucía no esperaba que llegara tan pronto de los ensayos, dio un salto y rápidamente cogió un libro para cubrir las pruebas del delito. Camille se quedó parada.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Se acercó a ellos, quería comprobar lo que sospechaba: su hija y sus amigos se estaban metiendo cocaína.
—Lulú, ¿qué es todo esto? —insistió cogiendo el libro en alto.
Todos se quedaron callados sin saber qué decir.
Nico sostenía el canuto de papel en la mano, mientras que, en la mesa, bajo el libro, había restos del polvo blanco, la tarjeta de crédito, la cartera y una de las bolsitas de coca.
Era la primera vez que Tina veía a Camille así de enfadada.
Su tono de voz era calmado, pero su disgusto era bastante melodramático.
—De verdad, hija, todo lo que tú haces ya lo he hecho yo. Yo no soy como las otras madres, pero no te aproveches de mí, necesitamos límites. Esta situación los sobrepasa.
Lucía quería que se la tragara la tierra.
Normalmente, tenía a su madre comiéndole de la palma de la mano y siempre le daba vía libre para hacer lo que quisiera, incluso pasar noches entre semana en casa de Guille a sabiendas de que sus padres no estaban.
Sin embargo, sabía que había cruzado la raya y temía que por primera vez hubiera represalias. Por suerte, Nico acudió en su auxilio.
—Perdona, Camille, hemos abusado de tu confianza. No es de Lulú, no volverá a pasar.
Camille metió el dedo en la bolsita de coca y se lo pasó por los dientes.
—Ni siquiera vale la pena. ¡La droga de hoy en día no es como la de mi época! Esta vez no les diré nada a vuestros padres, pero quedáis avisados. Ahora dame esa bolsita, queda confiscada.
Nico se la entregó sin protestar y Camille se la guardó en el bolsillo, satisfecha de haberles dado una lección.
Guille y Tina se miraron aliviados, mientras Lucía bajaba la cabeza, avergonzada.
Estaba convencida de que su madre usaría la coca al salir del teatro, pero esperaba que al menos así no la castigara.