Las flores del ayer La flor de papel
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La flor de papel

Durante la última semana, Aurora y Francisco se habían cruzado varias veces.

Un café solo y dos tostadas de tomate era lo que tomaba él para almorzar todos los días a las once en el bar de la esquina entre la plaza del Caudillo y la calle de las Barcas, a unos cien metros del Mercado de las Flores.

A veces, Francisco atravesaba el mercado para llegar al bar; otras veces, era Aurora quien alegaba alguna excusa para pasearse por la terraza del establecimiento y saludarlo.

Así, ambos habían añadido un fortuito encuentro a sus rutinas.

Francisco solía ir a almorzar con alguno de sus colegas de la Guardia Civil, normalmente un muchacho rubio de una edad similar a la suya, a quien había presentado como Ignacio.

En ocasiones, cuando le acompañaba el capitán que había conocido en su primer encuentro, un tal Manuel Torres Gil, Aurora intentaba limitar el diálogo a una sonrisa.

Aunque siempre se mostraba cortés, la frialdad metálica del rostro de aquel hombre la perturbaba.

Francisco le había confesado que su jefe tenía la manía de dejar a los detenidos en ropa interior para interrogarlos cuando llegaban al cuartel.

Al parecer, al capitán Torres le excitaba torturarlos con su porra extensible.

«Dice que “en cueros la verdad sale antes”», le había contado Francisco durante el aperitivo del que habían disfrutado después de misa, mientras ella le miraba atónita.

A ella le erizaba la piel el hecho de que utilizara el sadismo para sacar confesiones.

«Está un poco majara, aunque a mí me trata bien», lo justificó incómodo Francisco.

Aurora se podía imaginar la sangre que había manchado las manos de aquel individuo y lo poco que le importaba. Le daba escalofríos pensar en lo que podría hacerle a su familia.

Aquel viernes de invierno, Aurora se había ofrecido a ir a recoger unos trajes que doña Marcela había dejado para arreglar, con la esperanza de coincidir con Francisco de camino.

Sin embargo, no estaba en el bar de siempre.

Tras más de media hora escuchando los cotilleos de todo el barrio por boca del sastre, se arrepintió de haberse escapado del trabajo para verlo.

Al menos, pensó, tendría suficientes chismorreos para contarle a Antonia, que, al contrario de Aurora, sí apreciaba ese tipo de intercambios.

—Ha llegado esto para ti —le dijo doña Marcela al volver a la parada de las flores. Era un sobre con su nombre en el reverso, pero sin dirección y sin tan siquiera sus apellidos. Simplemente ponía «Aurora». Lo giró para leer el remitente, pero no había nada.

Al abrirlo cayó una flor hecha de papel con técnicas de papiroflexia y un texto. Se trataba de un poema o, más bien, de un intento de poesía:

Entre flores te encontré,

guiado por el aroma de tu piel.

Aunque parezca un trozo de papel,

esta flor vale por un rojo clavel.

Tengo poco que ofrecer,

aparte de una amistad fiel.

Espero que me puedas corresponder,

y salgamos algún día a tomar café.

Estaba firmado con su nombre: «Francisco», sin apellidos.

Sintió como si su corazón se saltara un latido de la emoción.

No se podía creer que alguien tan apuesto como Francisco la estuviera cortejando.

Su sonrisa, sus ojos, su saber estar, todo él excedía cualquiera de sus expectativas amorosas.

Pero ahí la tenía, entre sus manos, la confesión de sus sentimientos y su interés por ella.

La voz de doña Marcela la devolvió a la realidad:

—¿Por qué sonríes? ¿Qué te cuentan en esa carta? ¿Un chiste?

Aurora no le contestó, hizo como que no la había oído. De momento este secreto se lo guardaba para ella, para poderlo saborear como si fuera una golosina, unos dulces tulipanes de azúcar.