Al vent
Aurora las llamaba Zipi y Zape: siempre juntas, una rubia y otra morena.
Marga y Eva no solo habían ido al mismo colegio y vivían en el mismo barrio, sino que además las dos veraneaban en La Cañada.
Lo cierto era que la familia de Marga había sido pionera en descubrir el pequeño pueblo que más tarde se volvió popular entre la clase media y la burguesía valenciana.
Los padres de Eva se compraron su chalé hacía unos ocho años, después de descubrir el pueblo al recoger a su hija tras una tarde de juegos con Marga.
A sus dieciocho años, ambas estaban a punto de empezar la universidad.
Marga siempre había querido ser médico. Por otro lado, Eva jamás lo había tenido claro.
El día en que, con las notas de selectividad, debían completar el formulario para elegir qué estudiar, marcó Magisterio.
Se sentía perdida, como muchas otras chicas de su edad, y sin pensarlo mucho, no le pareció mala opción.
A diferencia de Marga, Eva podía ser algo atolondrada, seguramente como resultado de haber sido criada por unos padres estrictos e inflexibles cuya autoridad debía acatar sin protestar.
Se evadía pasando tiempo en casa de Marga, especialmente desde que las dos amigas habían empezado a salir a fiestas y pubs de copas, lo cual ella tenía terminantemente prohibido.
Aurora, que había criado a sus hijos de manera bastante permisiva, la acogía y le daba techo y de comer como a una hija más.
Aquel día, la joven Eva había llamado a la puerta en el momento más inoportuno, en pleno apogeo de la discusión familiar entre Rocío y Aurora, pero por suerte su aparición supuso un paréntesis o quizá un punto y aparte en la pelea. Marga se subió a la bici mientras le comentaba lo sucedido.
—No te vas a creer la última de mi hermana.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Eva, de espaldas a Marga mientras pedaleaba.
—Rocío ha pedido, bueno, más bien ha exigido la herencia de mi padre.
Eva paró la bicicleta en seco, se bajó de la bici y le dio un abrazo a su amiga. Sabía que la súbita muerte del padre de Marga era una herida familiar aún abierta. Marga se lo agradeció: los amigos son la familia que uno elige.
—Ya sabes cómo es... Siempre ha sido un poco especialita —dijo Eva, intentando quitarle importancia a lo que Rocío había hecho.
—Pero ¿te parece normal que le haya hablado así a mi madre? ¡Es una desagradecida!
—¡Olvídate! No dejes que te arruine el día, nos vamos de excursión con la pandilla y, además, este va a ser el verano de nuestras vidas —contestó Eva mientras movía los brazos como si estuviera bailando.
—¿Tú crees?
—Por supuesto, es nuestro verano de los dieciocho, ¡el primero como mayores de edad! Además, hoy vuelves a ver a Julio, ¿eh? —la provocó su amiga guiñándole un ojo.
Aquel verano tenían un nuevo miembro en la pandilla, ya que el primo de Beltrán, uno de sus vecinos, se había unido al grupo que crearon años atrás.
Marga lo había conocido el sábado anterior.
Era una de esas primeras noches de verano en las que al caer el sol el ambiente se siente fresco y agradable, y el alcohol te ayuda a entrar en calor.
Como inauguración de la nueva estación, Beltrán había organizado una torrà en su casa.
Cuando ella salió al jardín, él estaba de espaldas junto a la barbacoa.
Entonces se giró. Tenía el pelo rizado, los ojos marrones, una sonrisa pícara y un mechón rebelde le caía por la frente posándose en el entrecejo.
—Me llamo Julio —dijo él, acercándose a darle dos besos.
—Yo soy Marga.
Era la primera vez que sentía una atracción así de fuerte.
No podía dejar de mirarle, era como si lo reconociera de alguna parte o como si ya se hubieran conocido antes.
Quizá en otra vida. Envueltos por el olor a brasas, empezaron a hablar.
Con las estrellas y la luna de verano como sus únicos testigos, se contaron complicidades de cuando eran pequeños, sueños que querían cumplir, lugares que deseaban visitar...
Eran muy jóvenes, tenían toda la vida por delante y el mundo a sus pies para alcanzar lo que quisieran.
Había pasado una semana desde que tuvieron esa conexión tan especial, y tanto Eva como Beltrán no habían dejado de cuchichear, intentando ser los celestinos de sus amigos.
Se reunieron todos en la plaza central en frente de la iglesia del Santísimo Cristo de la Fe.
En su pandilla de amigos de La Cañada estaban los que hablaban valenciano y los que, a pesar de entenderlo, contestaban en castellano.
Tras más de tres décadas de opresión hacia todas las lenguas regionales por parte del régimen, la libertad había dividido aún más a los valencianoparlantes.
Por un lado, estaban los fusterians , seguidores de un movimiento creado por Joan Fuster al publicar Nosaltres, els valencians en 1962.
Era un libro que amenazaba la ideología franquista por su carácter rupturista y regionalista, pero que también ponía en peligro la identidad regional valenciana, al concluir que los valencianos compartían nacionalidad con sus vecinos catalanes y deberían formar parte del proyecto de los países catalanes.
Este movimiento ideológico había ido creciendo en la última década y sus defensores tenían la intención de aplicar sus ideas tras la recién estrenada democracia.
El 17 de marzo de 1978 se había aprobado por parte del Gobierno central la creación del Consell del País Valencià, que quedó constituido el 10 de abril de aquel mismo año.
Como reacción a estas nuevas instituciones impulsadas por el nacionalismo valenciano fusteriano, nació el blaverismo.
Su nombre provenía de la franja azul de la bandera regional valenciana, la senyera , que defendían frente a la cuatribarrada catalana que había adoptado el Consell regional.
Eran grupos desorganizados de jóvenes que se caracterizaban por su ideología anticatalanista.
Su manera de luchar era quemando la nueva bandera del Consell o libros escritos por quienes defendían la idea de que Valencia se uniera al proyecto catalán.
Algunos de sus amigos de La Cañada se consideraban blavers , mientras que otros eran fusterians .
Aunque no hablaran valenciano en su familia, Marga sabía que su abuelo Pablo simpatizaba más con los fusterians que con los blavers , pero, como su madre, Marga era partidaria de dejar la política en casa y jamás se había pronunciado delante de sus amigos.
Tras reunirse en la plaza central, el grupo pedaleó colina abajo hasta llegar a La Vallesa, el parque natural de La Cañada. Eva jadeaba cargando con su amiga mientras el camino se volvía cada vez más pedregoso, dificultando mantener el equilibrio de las dos. Julio se dio cuenta.
—Marga, sube conmigo, que iremos más rápidos. A mí me es más fácil llevarte atrás.
—¿Seguro?
El convoy de amigos paró mientras se producía el cambio y Eva le agradecía silenciosamente la oferta.
—Agárrate a mi camiseta, el terreno es cada vez más irregular.
El sol azotaba con fuerza aquella mañana de junio y borbotones de sudor se deslizaban por la nuca de Julio. Marga notaba cómo se le empapaban los pectorales bajo la ropa, acentuando un deseo que no había sentido antes.
La pandilla se abrió paso por la pineda, que era cada vez más frondosa, pasando por un riachuelo y un puente.
Marga conocía la ruta, todos los veranos hacían esta excursión al menos una vez; en ocasiones, recorrían el trayecto andando, pero el destino siempre era el mismo.
En el corazón de La Vallesa se había construido una red de trincheras y búnkers para el uso de las tropas republicanas durante la Guerra Civil que, aunque en estado de abandono, aún se mantenían en pie.
Aquellos trozos de hormigón decadente habían formado una línea de retaguardia alrededor de la ciudad de Valencia para protegerla durante la ofensiva del Levante.
Al llegar, acamparon en un tramo inhóspito, abrieron las mochilas y sacaron el vino y la limonada para hacer tinto de verano.
Llevaban bocadillos en infinidad de variedades: tortilla de patata, chivito , almussafes , brascada , y multitud de opciones de picoteo para apaciguar a los estómagos rugientes.
Entonces, Beltrán sacó la guitarra y empezó a cantar Al vent , de Raimon.
La canción se había popularizado una década antes de la muerte de Franco entre los estudiantes de la capital del Turia y se convirtió en un símbolo frente al franquismo por el mero hecho de ser cantada en una lengua prohibida: el valenciano.
La mayoría del grupo conocía la canción y se unieron gritando a pleno pulmón.
A Marga le pareció algo trascendental que estuvieran cantando por la libertad sobre las trincheras construidas para luchar por ella. Tras pasar el día, con el pelo al viento del atardecer, Julio se ofreció a acompañar a Marga a casa mientras los demás decidían si continuar la fiesta unas horas más.
—¡No hagas nada que no haría yo, pillina! —se despidió Eva de ella.
Julio pedaleó hasta llegar al pueblo. Una vez en el centro, bajaron de la bici y caminaron hacia casa de Marga. Él llevaba la bici a su lado, controlándola con la mano derecha, mientras dejaba la izquierda al descuido, esperando rozar la mano de ella. Al llegar a la esquina, Julio se despidió:
—Bueno, yo me voy en aquella dirección. ¿Nos vemos el próximo fin de semana?
—Claro —contestó ella rápidamente mientras se giraba.
Entonces Julio le agarró la mano y la tiró hacia él. Fue un beso rápido, gentil, y Marga se ruborizó. Apremió el paso hacia el chalé familiar cuando, de repente, se escuchó un chillido.
—¡Muchacho! ¡Muchacho!
Julio no sabía de dónde provenía, pero Marga reconoció la voz: el abuelo Pablo estaba en la puerta fumando un puro y aguardando la llegada de su nieta.
—¿Me habla a mí? —preguntó Julio desde la esquina.
—Sí, tú. Ven aquí.
Julio se acercó con paso lento a la puerta de la casa de Marga. El abuelo Pablo custodiaba la entrada con el ceño fruncido, como un guardián medieval.
—¿Cómo te llamas, chaval?
—Julio... Julio Blanco.
—Muy bien, Julio Blanco, que te quede claro lo que te voy a decir. A mi nieta la acompañas hasta la puerta de casa, no la dejas en la esquina. ¿Lo has entendido?
El joven asintió nervioso.
—No te oigo —insistió Pablo.
—Sí, sí que lo he entendido. No volverá a ocurrir —contestó Julio, nervioso, mientras se subía de nuevo a la bicicleta.
—Así me gusta.
Marga deseaba que se la tragara la tierra, intentó musitar un «lo siento». Cuando Julio desapareció sobre la bicicleta bajo la luz del ocaso, se encaró con su abuelo:
—¿A qué ha venido eso?
—¡Aquí mando yo! Y me gustan las cosas claras desde el principio.
Marga suspiró. En ocasiones, no aguantaba el carácter de su abuelo Pablo.