El pecado
Cuando lo vio se le paró el corazón. Sintió un fuerte golpe, como si la atropellara un autobús.
Era la primera vez que veía a Francisco sin uniforme y le pareció más atractivo que nunca.
Como siempre, llevaba el pelo engominado a un lado e iba bien afeitado; vestía de domingo, con americana gris y traje de rayas.
Pensó que parecía más accesible, más cercano, más humano.
Por primera vez no representaba el orden, la ley y el régimen, sino solo a un chico de veintipocos años dispuesto a acompañarla a misa junto a su familia.
Para alivio de Aurora, Antonia se mostró sorprendentemente afable con Francisco de camino a la parroquia del Buen Pastor, en el barrio de Abastos, que estaba a un corto paseo de su casa.
Francisco era hijo único y le entretenía ver la dinámica entre los hermanos.
Estaba claro que Enrique trataba a Aurora más como a una madre que como a una hermana, iba siempre cogido de su mano y ella siempre estaba ahí para él, atenta a cualquier cosa que necesitara, ya fuera sonarle la nariz o atarle los cordones.
Era comprensible que Aurora hubiera adoptado ese rol maternal teniendo en cuenta la corta edad del niño cuando falleció Felisa.
A Francisco le enternecía verla en ese papel.
Era atenta y cariñosa, y se percató de que tenía las cualidades para ser una buena madre.
En cuanto entró en la iglesia, Aurora notó cómo se clavaron en ellos las miradas de todas las vecinas y conocidas.
Muchas se giraron sin apenas intentar disimular su curiosidad, y Aurora podía percibir los cuchicheos y conjeturas sobre ella y Francisco.
Se imaginaba lo que estarían diciendo aquellas mujeres: por un lado, se preguntarían quién era Francisco y cómo se habían conocido y, por otro, la estarían tachando de ser una cualquiera por ir acompañada de un joven que apenas conocía.
Lo cierto es que, si su madre siguiese viva, jamás hubiese permitido una situación así.
Antes Francisco habría tenido que presentarle a sus padres, y su madre habría organizado una merienda para conocer a su familia.
Pero sin su madre para guiarla, Aurora había seguido su jovial naturaleza sin pensar en las repercusiones del qué dirán.
Se sonrojó y miró al suelo, sintiendo la decepción de su madre desde el cielo.
—¿Acaso hay alguien famoso? —le dijo Francisco con sorna para quitarle hierro al verla avergonzada; ella se rio.
Durante la liturgia, Francisco parecía inmerso en las palabras del cura, como si el mensaje espiritual le estuviera limpiando el alma.
Estaba claro que él era un gran devoto, al contrario que ella...
Aurora normalmente no prestaba atención y se limitaba a repetir las oraciones cuando era oportuno; esta vez, intentó escuchar con atención por si acaso él hacía algún comentario después.
En el sermón, el sacerdote habló del perdón de los pecados, poniendo como ejemplo el Tratado de París, cuyo aniversario se acababa de celebrar.
Este acuerdo diplomático había supuesto la paz de la Segunda Guerra Mundial, y permitió a ambos lados empezar de nuevo y perdonar las atrocidades cometidas por el adversario.
Sin embargo, no mencionó a los millones de judíos a los que las fuerzas aliadas habían encontrado en campos de concentración ni la masacre que había llevado a cabo el régimen nazi mientras sus ciudadanos miraban hacia otro lado.
Aunque, después de todo, mirar a otro lado y convencerse de que las miserias del vecino no tenían nada que ver con uno había sido el día a día en España durante los últimos diez años.
A continuación, pasaron a darse la paz. Francisco se acercó para estrecharle la mano, estaba tan cerca que podía percibir su olor: pachuli con un toque a cigarrillos.
Así se tocaron por primera vez. Tenía la piel cálida y su apretón fue firme y fuerte, como si no la quisiera soltar.
A Aurora le pareció que duró una eternidad y deseó que no se acabara.
Se imaginó lo que sería sentir la piel de todo su cuerpo, cálida, firme, contra el suyo, rozar su pelo, esas fuertes manos apretando sus senos, que la rodeara con sus musculosos brazos y terminar completamente embriagada por su olor.
Entonces se sonrojó. Ese tipo de pensamientos eran pecado, y más aún en la casa de Dios.
¿Podía comulgar si había pecado de pensamiento?
No tenía tiempo para confesarse y no comulgar daría a aquellas mujeres más combustible para sus calumnias, así que cerró los ojos y rezó con fuerza, intentando distraerse de sus deseos carnales.
—Podéis ir en paz —dijo el párroco.
—Demos gracias al Señor —contestó al unísono la congregación.
Jamás había sentido tanto alivio al escuchar aquellas palabras. La misa se le había hecho interminable por culpa de los pensamientos impuros que la acosaban. Antonia se despidió, ya que se iba con unas amigas a almorzar, y se quedaron Francisco, Aurora y Enrique.
—Ahora empieza lo divertido, venid conmigo —les dijo Francisco.
Los llevó callejeando por el barrio del Carmen.
Era una zona de Valencia que siempre le había fascinado, con sus callejuelas estrechas que parecían laberintos, los suelos empedrados y los edificios medio en ruinas con restos medievales.
Las Torres de Serrano y las Torres de Quart eran los monumentos que aún quedaban de la muralla que cercaba el antiguo casco en su apogeo medieval, pero Francisco los llevó por una zona que desconocían.
Era una callejuela con edificios muy desvencijados donde se alzaba un pequeño arco de piedra antigua.
—¿Veis eso? Es un resto de la muralla árabe. Se llama el Portal de la Valldigna y durante la Edad Media conectaba el barrio cristiano con el musulmán.
—¿Convivían musulmanes y cristianos? ¿No se mataban? —preguntó el pequeño Enrique, con la cara iluminada por la fascinación.
—Eso fue después. Durante muchos siglos convivieron en la misma ciudad cristianos, musulmanes y judíos.
Este arco está muy escondido y hasta hace unos pocos años corría el riesgo de desaparecer.
Menos mal que el director del Museo de Bellas Artes pidió que lo declararan monumento histórico-artístico para evitar que los propietarios lo demolieran y construyeran un nuevo edificio.
—Entonces, ¿cuántos siglos tienen estas piedras?
—Por lo menos seis.
Enrique se quedó callado calculando el número y, al tomar conciencia de la cifra, exclamó:
—¡Seiscientos años! ¡Qué locura!
Francisco y Aurora rieron por su reacción.
—Pues creen que podría haber ruinas romanas bajo el casco antiguo de la ciudad.
Después de todo, Valencia fue fundada tras las campañas lusitanas, así que es muy probable que los antiguos cimientos sigan debajo de los edificios actuales.
Esas piedras serían mucho más antiguas que este portal, ya que tendrían más de dos mil cien años.
—¡Guau! —dijo el pequeño; se había quedado sin palabras.
—Tal vez tendrías que haber sido historiador o profesor —dijo Aurora con picardía.
Recordaba su confesión sobre lo buen estudiante que era y sobre que había querido estudiar una carrera universitaria. Le entristecía pensar que el presente profesional de Francisco habría sido diferente si la situación política y la Guerra Civil no lo hubieran empujado a elegir un bando.
—¡Eso no da para comer! —se rio él negando con la cabeza—. Ahora vamos a averiguar la historia de esa moneda.
Continuaron paseando hasta llegar a la plaza del Mercado Central, donde se alzaba majestuosamente la Lonja, en cuya entrada había numerosas paradas y tenderetes de filatelia y numismática.
Era curioso observar que tanto los dueños de las casetas como los clientes tenían el mismo perfil: hombres de mediana edad con boina y bigotes de diferentes estilos que fumaban pipas o puros.
Aurora supuso que serían seguramente académicos, escritores o artistas.
Solo gente con cierto nivel cultural y económico derrocharía dinero en sellos y monedas completamente inutilizables por el simple gusto del conocimiento y la colección.
Aunque, bien pensado, podría decirse lo mismo de sus propios clientes, que gastaban cientos de pesetas en flores destinadas a marchitarse.
Después de todo, cualquier cosa, por innecesaria que sea, no nos parece un derroche si nos hace felices.
Francisco se dirigió a un señor que regentaba una de las paradas.
Un hombre regordete con bigote, sombrero y un habano en los labios, como todos los demás.
—Buenas, don Luis. Este es mi amigo Enrique, ha encontrado una moneda y nos preguntábamos si es antigua.
—A ver qué tenemos aquí —dijo el señor tendiendo la mano.
Enrique dudó unos segundos antes de pasarle la moneda, era su pequeño tesoro. Don Luis la acercó a una lupa y la inspeccionó con detenimiento.
—Aaah, me temo que es un franco actual, no tiene valor histórico, pero en la casa de cambios os darán su tasación en pesetas.
—¡Jopetas! ¡Qué mala suerte! —se lamentó Enrique.
—Yo que tú me la guardaría unos meses, supongo que, si sale adelante el Plan Marshall del que hablan los periódicos, el franco subirá de precio y podrás ganar más dinero por cambiarlo.
—¿Se refiere al plan americano para ayudar a Europa? —intervino Francisco—. ¿Realmente cree que el franco subirá por eso?
—Si le dan dinero a Francia y a España no, con la pobreza que hay aquí, la diferencia económica con el resto de Europa será aún más abismal y se verá reflejada en el cambio de divisas.
—Pero ¿cómo no van a incluir a España? Es una iniciativa para ayudar a los países no comunistas y las relaciones entre España y Estados Unidos no son malas. Ya verá cómo nos harán partícipes, porque, desde luego, aquí no queremos ningún rojo.
Don Luis no parecía muy convencido, aunque se despidió de ellos con cortesía.
Aurora se había mantenido callada, sabía que era su mejor escudo cuando se mentaba la política, pero se percató de la aversión de Francisco hacia los rojos y comunistas.
¿Qué pensaría si supiera que su familia había luchado en ese bando?
¿Seguiría interesado en ella o la despreciaría por ser la hija de un rojo?
—Bueno, ya que mi plan ha fallado, ¿nos hacemos un aperitivo? —sugirió Francisco para levantar el ánimo del pequeño Enrique.
Se dirigieron a la plaza del Doctor Collado, detrás de la Lonja, y se sentaron en la terraza de un bar.
Hacía un sol magnífico, pero con ráfagas de viento.
Francisco pidió dos vermuts y una gaseosa para Enrique, que les sirvieron junto a unos cacahuetes y unas aceitunas.
Era la primera vez que Aurora bebía alcohol.
Le dio un sorbo. Era a la vez refrescante, dulce y amargo.
Ambos repitieron. Pensó que podría acostumbrarse a aquello: paseos y aperitivos con vermut los domingos.
Como si fuera una chica de bien, sin tener que cocinar, trabajar en la floristería o preocuparse por la cartilla de racionamiento.
Entonces se acordó de su madre, estaría revolviéndose en su tumba.