Las flores del ayer La sobremesa
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La sobremesa

Era domingo y eso significaba paella con la familia.

Como era habitual, no podía faltar la visita de su tío Florián y la pareja de este, Alejandro, a comer.

En ocasiones también se unía a la comida semanal Eva, la madrina de Tina y mejor amiga de su madre, pero aquel domingo estaban solo los cuatro.

—Cuánto me alegro de que al menos mi Florián tenga a alguien que le quiera y le cuide —había murmurado Aurora—; en ese aspecto me puedo ir tranquila.

Sin embargo, Tina había notado que la codependencia entre Marga y Florián se había acrecentado desde su muerte.

Era como si ya solo se tuvieran el uno al otro, como si ellos fueran los últimos supervivientes.

Se había quedado atónita con la desproporcionada reacción que habían tenido en el cementerio, y en el viaje de vuelta les preguntó de quién creían que eran las flores.

—No lo sé —había musitado su madre.

Eso fue todo antes de que cayera de nuevo el telón del silencio, bastante típico en su familia. Sin embargo, las miradas de urgencia de su tío y la cara de circunstancias de su madre le decían que ocultaban algo.

La paella ya estaba sobre la mesa y todos los comensales se hallaban sumergidos en otra de las desternillantes historias de Florián.

Con los años había adquirido algunas simpatías y amistades cuestionables en su trabajo como abogado del turno de oficio.

En esta ocasión, la anécdota era sobre un ladrón.

—Y después de haberlos amordazado y atado, se dio cuenta de que se había equivocado de chalé: el narco al que le quería robar la cocaína vivía en la casa de al lado.

—Entonces, ¿lo pillaron? —preguntó Tina.

—Claro que lo pillaron. El pobre no tenía muchas luces y en el fondo tampoco maldad, solo mono de coca. Así que, al darse cuenta, los desató y asaltó el chalé de al lado, el del narco. Pero, claro, enseguida llamaron a la policía y lo pillaron con las manos en la masa.

—Bueno, dejá, Florián, tus batallitas del turno de oficio. Que nos cuente Tina cómo le va el colegio y qué planes tiene para el año que viene —intervino Alejandro.

Alejandro era quince años más joven que su tío y Tina pensaba que era el que mejor la entendía.

Tenía aspecto de intelectual: calvo con grandes gafas de pasta.

Además, como buen argentino era hablador, refunfuñón y un poco quejica, pero siempre con mucha gracia y encanto.

Se dedicaba a dar clases de Filología Castellana en la Universidad de Valencia, aunque siempre recalcaba que era Filología «Hispánica».

A pesar de que detestaba la pregunta lanzada por Alejandro, seguía siendo su adulto favorito.

Tina dudó de si hablar o no de su plan de estudiar Bellas Artes, pero se decantó por otra idea que también le rondaba la cabeza.

—Pues no lo sé, la verdad... Me estoy planteando hacer voluntariado en Sudamérica un año antes de decidir qué carrera comenzar...

—¿En qué zona? La región del norte de Argentina es muy rural y pobre, si querés hacer voluntariado allá, puedo ponerte en contacto con asociaciones.

—¡De eso nada! —cortó Marga—. No voy a financiar que no hagas nada productivo con tu vida.

Todo eso de viajar y el voluntariado son pájaros en la cabeza.

Con lo que cuesta tu colegio, harás una carrera, de lo que sea, me da igual, pero no voy a consentir que mi única hija no tenga unos estudios universitarios.

—Pero, mamá, ¿no entiendes que sí que haría una carrera? Simplemente, la haría un año más tarde. Es un gap year , es muy común en los países anglosajones.

—Luego te dará pereza estudiar. Además, es mi decisión; yo pago tus estudios y te mantengo, mientras que tú cada día cambias de idea.

Tina asintió, un poco avergonzada de que su madre le hablara así delante de su tío y de Alejandro, aunque, después de todo, eran familia y conocían bien el carácter de Marga.

Continuó con su segunda propuesta esperando la misma reacción que la de la orientadora.

Había visto el folleto de la Universidad de Columbia, en Nueva York, y el grado en Historia del Arte y Artes Visuales le parecía de lo más atractivo.

Además, podía estudiar un minor , asignaturas complementarias, en Arte Dramático y Escritura Creativa, que eran áreas que también le interesaban.

—El plan B que he estado pensando es estudiar Bellas Artes. Aunque no sé si querría hacerlo en Valencia... Me gusta el programa que tienen en la Universidad de Columbia de Nueva York.

Su madre y su tío se miraron impresionados y asintiendo, aunque fue Alejandro el que saltó entusiasmado.

—¡Qué idea más bárbara! Sabés que es una universidad de la Ivy League, ¿verdad? Una de las mejores del país, tendrás que estudiar mucho, pero será una magnífica experiencia.

—Sería el grado en Historia del Arte y Artes Visuales. También podría hacer un minor en Arte Dramático y Escritura Creativa que parece guay.

—Pues es una gran idea, cariño, y con lo buena estudiante que eres podrás acceder a becas y ayudas. Además, un buen amigo de Alejandro tiene una galería de arte en DUMBO, tal vez te pueda ayudar —dijo su tío.

—¡Spencer! Por supuesto, seguro que te encuentra algún trabajillo para sacarte un poco de plata extra —continuó el argentino.

—¿No os parece mal que quiera estudiar arte? —preguntó Tina.

—Me parece perfecto, siempre se te ha dado bien pintar. Ahora la Universidad de Columbia es tu plan A —zanjó su madre.

Nada más terminar de comer, Tina se fue directa a su habitación a estudiar.

Aunque su madre la había apoyado con su plan de ir a Nueva York, seguía molesta por el tono condescendiente que había utilizado con ella.

Al ser una familia monoparental, Marga debía ejercer de poli bueno y de poli malo, pero a Tina le parecía que solo supiera ser el malo.

Cuando su abuela vivía, su presencia suavizaba la tensión entre ellas, ofreciendo palabras de sabiduría y ejerciendo de mediadora.

Aunque las ocasionales explosiones de Tina estaban provocadas por sus hormonas pubescentes, a Aurora le causaba gran consternación ver a su nieta tener un arrebato contra su propia madre.

Por ello, desempeñaba un papel pacificador.

Además, las dos la querían demasiado para enfadarse con ella.

Sin embargo, desde que Aurora se había marchado al mundo de las almas, les faltaba ese puente conciliador que las unía cuando su orgullo las separaba.

Tina acababa de abrir el libro de historia cuando escuchó unos cuchicheos. Provenían de la cocina, donde su madre y su tío estaban haciendo el café mientras Alejandro esperaba en el comedor.

—Tenemos que hablar acerca de las flores de Todos los Santos —dijo Florián entre susurros, pero con tono de urgencia.

—¿Qué hay que hablar? —suspiró Marga. Por su tono de voz exasperado se notaba que no le apetecía entrar en ese tema.

—Ayer volví al cementerio y otra vez estaban los mismos claveles rojos en la lápida de mamá.

—¿Y nuestras flores? ¡Solo fuimos hace unos días!

—También estaban allí. ¿No te parece raro?

Marga se quedó callada. Le parecía curioso que quien hubiese dejado de nuevo los claveles rojos no se hubiera vengado devolviéndoles el gesto de desechar las flores que estaban allí como hicieron ellos.

—Debe de haber alguien visitando la tumba a menudo, con más frecuencia que nosotros —continuó Florián—. Creo que deberíamos contratar un detective privado. ¿No sientes curiosidad por saber de quién son?

—¿Para qué? Yo ya me imagino de quién son, y tú también —contestó Marga.

—Vale, sí. Ambos pensamos lo mismo al verlas, pero no tenemos la certeza. En realidad, podrían ser de cualquiera.

—Está claro, ¿quién, si no, dejaría flores a mamá?

—Supongo que tendrás razón, pero, aun así, creo que nos merecemos la verdad. Un detective nos sacaría de dudas.

—Yo no tengo ninguna duda. No quiero saber nada de arrepentimientos tardíos. Si alguien reza por el perdón de mamá, habría sido mejor que lo hubiese hecho en vida. Ahora está de más.

Marga se marchó al salón dando por finalizada la conversación.

Florián la siguió, aunque se podía intuir que los hermanos estaban en desacuerdo.

Al verlos, Alejandro, educadamente, no dijo una palabra.

Tina se quedó en su habitación, fingiendo que estudiaba y pensando en lo que no debería haber escuchado.

Se sentía con más dudas que nunca: ¿quién estaría llevando flores a la lápida de su abuela?

, ¿de quién sospechaban? y ¿por qué tanto secretismo?