El camarada
Aurora llevaba más de media hora delante del espejo intentando hacerse las ondas al agua.
Sin embargo, el mechón del flequillo no caía como ella quería.
Por más que lo intentaba le quedaba demasiado marcado.
Cogió las tenacillas y lo intentó por enésima vez, prometiéndose que sería la última antes de desistir.
Enredó el mechón aún caliente en el dedo, consiguiendo el efecto deseado, pero quemándose con la tenacilla en la otra mano.
Comprobó el daño, la quemadura parecía superficial, pero tendría que añadir unos guantes blancos a su conjunto para ocultarla.
—Pero ¿qué mosca te ha picado? —Antonia entró en su dormitorio—. Solo es una misa de doce, no una pasarela de moda de Coco Chanel.
—¿Acaso una no puede arreglarse para su visita semanal a la casa del Señor? Además, hoy vamos a ir a misa acompañados por un joven. Un apuesto guardia civil amigo mío.
—¿Apuesto? ¿Desde cuándo tienes novio? Encima, ¿guardia civil?
—No es mi novio, solo un amigo. Me ayudó cuando me desmayé en la parada y hoy quiere enseñarle a Enrique dónde encontrar monedas antiguas.
—¿Y padre está al tanto de tu nueva amistad?
—¿Acaso tú ves a padre por casa? Se marchó hace días y ni siquiera sabemos adónde. De todas formas, aunque estuviera interesado en mí de esa manera, iremos con Enrique, así que tenemos carabina.
Antonia sonrió con regodeo. Si a su hermana mayor le gustaba ese chico, iba a tener mucha munición para pincharla y hacerla rabiar.
Entonces se oyó un ruido brusco, ambas se miraron.
Alguien llamaba a la puerta, pero no al timbre, parecía que la estuviera golpeando.
Volvieron a golpear la puerta. Antonia se dirigió al recibidor.
—Comprueba la mirilla —la avisó Aurora, aunque no fuera de noche estaban los tres solos. Esperaba que fuese su padre y que hubiese vuelto por fin de las andanzas en las que se encontraba.
—Aurora, no lo conozco. Es un hombre mayor —susurró Antonia.
Aurora se acercó a la puerta y observó por la mirilla.
Al otro lado había un hombre de mediana edad, seguramente rozaba los sesenta, era calvo y corpulento, con algo de sobrepeso.
Vestía de manera austera, con pantalones de pana, jersey de lana y una pañoleta gris al cuello.
También sujetaba una boina y una carta en la mano.
Aurora tenía claro que no lo había visto nunca.
Cuidadosamente pasó la cadena, pero el siseo las delató.
—¡Sé que hay alguien ahí! Ábreme.
El señor volvió a golpear la puerta. Había un extraño intentando entrar en casa, sus pesadillas se estaban haciendo realidad.
—¿Quién es usted? Se ha equivocado, aquí no le conocemos —gritó Antonia.
Le echó una mirada fulminante a su hermana. Debían estar en silencio, simular que no había nadie en casa. Ahora, la bocazas de su hermana lo había fastidiado.
—Estoy buscando a Pablo Villa Peña. Vive aquí, ¿verdad?
—¡No está en casa!
En ese momento podría haber matado a Antonia. Le estaba haciendo gestos para que se quedara callada y aun así no podía mantener la boca cerrada. ¿Acaso no veía que quizá se encontraban en peligro? Lo último que necesitaban era que ese extraño supiera que estaban los tres solos en casa.
—Soy amigo de vuestro padre. Camarada del partido.
—¿Del partido? No sabía que padre jugara al fútbol —le dijo su hermana por lo bajini.
—¡Cállate, Antonia!
—Recibí su mensaje, vengo con noticias. Le traigo una carta.
Entonces Aurora recordó la paloma. ¿Acaso esto tenía que ver con esos muchachos franceses a los que su padre estaba intentando ayudar Dios sabe por qué?
No podía continuar en la sombra, era evidente que tramaban algo peligroso, pero doña Marcela se negaba a contarle nada.
¿Qué sabría doña Marcela? ¿Por qué siempre estaba al corriente de los movimientos de su padre?
A veces no entendía la amistad que les ataba.
—Nuestro padre no está en casa. Deje la carta por debajo de la puerta y se la entregaremos cuando vuelva. Nosotras no sabemos dónde está, tendrá que hablar... —titubeó un instante—, tendrá que hablar con la Dama Escarlata. Ella es la única que conoce su paradero.
El hombre frunció el ceño al oír el pseudónimo, pero pareció reconocerlo. Se agachó para deslizar la carta por debajo de la puerta, pero entonces vaciló y se la guardó en el bolsillo. Dio media vuelta, se puso la boina y se marchó. Mientras tanto, Antonia la miraba de manera acusatoria.
—¡Tú sabes dónde está padre!
—¡Qué dices! Me lo he inventado para que se marchara y nos dejara en paz. De momento, parece que ha funcionado.
Antonia seguía con los brazos cruzados, dispuesta a enzarzarse en una pelea con su hermana, cuando las interrumpió el pequeño Enrique:
—Acabo de ver a Francisco por la ventana. Nos está esperando, habíamos quedado a las once y media. ¡Llegamos tarde!
Aurora se colocó el cuello de pelo, el sombrero a juego del traje chaqueta, y cogió su bolso. Antes de bajar se paró ante el espejo de la entrada y se aplicó carmín en los labios. Su hermana también se miró en el espejo imitándola en forma de burla y le dio un codazo al salir.
—Por favor te lo pido, Antonia, no me pongas en evidencia delante de Francisco.
Antonia repitió lo que Aurora acababa de decir como si fuera su eco, pero añadiéndole un tono ñoño para irritarla. Aurora suspiró y se cercioró de que cerraba la puerta bien con llave.