Las flores del ayer La flor favorita
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La flor favorita

Cuando Marga se levantó aquella mañana, su madre ya estaba en pie.

Bajo el gran olivo al fondo del jardín había un banco en el que a Aurora le gustaba tomarse su primer café del día, siempre ensimismada en sus pensamientos.

Al ver a Marga, su madre anduvo hacia el porche donde estaba la mesa exterior, dispuesta a sacar el desayuno que ya tenía preparado en la cocina.

—Buenos días, ¿cómo se ha despertado mi flor favorita?

Se acercó a Marga y le dio un beso en la frente, como si fuese una niña pequeña.

Siempre la llamaba «mi flor favorita» porque era la razón de la elección de su nombre, aunque en ocasiones este apodo hacía que a Rocío le rechinaran los dientes.

Si había una palabra para describir a su madre era dulzura.

De pequeña, a Marga le parecía demasiado exagerada, le daban vergüenza sus excesivas muestras de amor en público, como cuando la recogía del colegio con algún cartelito para darle la enhorabuena por un examen o le dejaba notitas entre la servilleta y el papel de aluminio que envolvían el bocadillo del almuerzo.

Pero ahora que era casi una adulta, le parecía entrañable y casi poderoso que le diera igual lo que pensaran los demás y mostrara sus emociones así, en bruto, sin miedo.

—¿Te pasa algo, mamá?

—No, nada, hija... Simplemente el paso del tiempo. ¡Me da vértigo! Mi pequeña ya es lo bastante mayor para empezar la universidad, mi hijo está haciendo la mili y no lo voy a ver este verano, y ¡mi hija mayor ya se ha casado!

—¡Venga, mamá!

—Te parecerá una tontería, pero la boda de tu hermana Rocío me hace sentir como si fuese una anciana.

Pronto formará una familia, y dejaré de ser solo madre para ser abuela...

No le voy a decir nada porque no la quiero presionar, pero me hace mucha ilusión.

Significa la continuidad de mi sangre, mi legado y mi amor.

¡Cómo es posible que el tiempo haya pasado tan rápido!

Hace nada tenía tu edad, en plena posguerra, muerta de hambre y trabajando en una floristería.

Su madre le había contado sus recuerdos de la infancia durante la Guerra Civil, los años de hambruna y pobreza de la posguerra, que pasaron a ser de abundancia y felicidad al casarse con su padre a pesar de la opresión del régimen.

Por suerte, la situación política había cambiado.

El 20 de noviembre de 1975 había muerto el Caudillo, y con él la dictadura.

Durante días la prensa se había hecho eco de su frágil estado de salud, pero fue una fría tarde de jueves cuando en el televisor apareció el presidente del Gobierno, don Carlos Arias Navarro, a dar la noticia.

—Españoles..., Franco ha muerto.

Todos se quedaron callados en la salita.

Se hallaba junto a sus hermanos, su abuelo y su madre, y los cinco estaban boquiabiertos frente a la pequeña pantalla.

Sin embargo, ninguno de ellos sintió el llanto de España por la angustia infinita de su orfandad, como había declarado emocionado el presidente.

En su lugar, sintieron una mezcla de incredulidad, felicidad e ilusión.

Con voz quebrada, don Carlos Arias Navarro continuó leyendo el testamento político del jefe del Estado:

—Pido perdón a todos, como de corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos sin que yo los tuviera como tales.

En ese momento, la emoción sobrepasó al abuelo Pablo, quien con lágrimas en los ojos cayó de rodillas gritándole al televisor:

—¡Asesino! ¡Hijo de puta! ¡Tu perdón está en las fosas de los que fusilaste!

Rompió en un sollozo incontrolable. Aurora intentó recomponer a un Pablo abatido por el dolor del pasado en ese momento histórico, mientras Marga y sus hermanos presenciaban la escena asustados.

Era la primera vez que veían a su abuelo llorar, ni siquiera lo había hecho tras la repentina muerte de su yerno, con el que tenía buena relación.

Sin embargo, la muerte de alguien que jamás había conocido personalmente le había hecho sucumbir a un mar de lágrimas.

Los días siguientes a la muerte de Franco había mucho nerviosismo en las calles.

Nadie quería otra guerra, nadie quería más sangre.

España ya había sufrido su cuota de enfrentamiento y maldad entre hermanos en los años treinta, seguida por treinta y seis años de fascismo y absolutismo total que habían ahorcado la libertad con manos de acero y balas de plomo.

Por ello, los españoles temían que se abriera otra brecha política y esta desembocara en más sangre y muerte.

Por suerte, la política se había encauzado de forma pacífica, dando paso a la reinstauración de una monarquía democrática con el rey Juan Carlos I en cabeza y unas elecciones el 15 de junio de 1977.

Hacía justo un año desde la primera vez que Aurora había votado, eran las primeras elecciones que se celebraban en España desde febrero de 1936, durante la República, a la que siguió la fatídica guerra.

Marga sabía que su madre había estado indecisa sobre a quién votar.

El abuelo había hecho público que él votaría o al partido socialista o al comunista, pero su madre temía que fuera un cambio demasiado radical para una España arraigada en el conservadurismo.

—El voto es secreto —le había contestado Aurora cuando su hija le había preguntado a quién pensaba votar.

Sin embargo, Marga sospechaba que al final se había decidido por el partido ganador. Adolfo Suárez había formado gobierno como líder de la coalición Unión de Centro Democrático, también conocida por sus siglas UCD.

—¡Feliz cuarenta de mayo! Ya podemos quitarnos el sayo —irrumpió el abuelo Pablo, perturbando la paz de aquella calmada mañana estival.

—Pero ¿qué dices, abuelo?

—¿Acaso no has oído esa expresión? Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Pues hoy ya es cuarenta de mayo, es decir, nueve de junio, y según el refrán ya va a hacer calor. Ya es verano.

Marga se rio, era un comentario muy típico de su abuelo. Pablo estaba acariciando a Filomeno para darle los buenos días como todas las mañanas cuando Rocío y Germán aparecieron por el ventanal que abría al porche.

—¡Ya se ha despertado la parejita! —anunció Aurora—. ¿Tostadas con aceite o con mantequilla?

Acababan de volver de su luna de miel, un crucero por las islas griegas, que había tenido un final algo accidentado.

Al parecer, la penúltima noche él, por ahorrarse cuatro duros en un tour organizado por la compañía del crucero, decidió explorar la última isla por libre.

Calculó mal los tiempos y el buque salió del puerto de Santorini sin ellos.

—¡Ochenta mil pesetas me costó la broma! ¡Ochenta mil pesetas! —repetía Germán al contar la anécdota, ya que tuvieron que hacer noche en la costosa isla griega y volar de vuelta a Atenas al día siguiente para recoger su equipaje.

—¡Además, nos perdimos la noche de gala! —contaba su hermana, indignada.

—¡Menos mal que gané veinte mil pesetas en el casino la noche anterior! ¡Pero aun así! —decía él.

A Marga no le daba ninguna pena su cuñado.

Lo conocía demasiado bien, y era un bala perdida.

Sufría lo que ella llamaba «cuñadismo extremo»: se creía que sabía de todo y era el más gracioso, pero en realidad era un necio grosero.

Germán se desenvolvía con altanería y creía que las reglas no iban con él.

Cuando jugaban de niños, siempre acababan descubriendo que había hecho trampas, y de adulto hacía todo lo posible por cobrar en negro.

Además, desde que le había venido la regla hacía unos tres años, Marga notaba cómo Germán la había empezado a mirar con otros ojos cuando se bañaba en la piscina.

Toleraba su presencia porque estaba con su hermana, pero en ocasiones le habría gustado ponerlo en su sitio.

Se sentaron todos alrededor de la mesa, cada uno con su variante de café y su combinación diferente de tostada.

El abuelo Pablo, café solo y pan con aceite y sal; Aurora, con leche y tostadas con mantequilla y mermelada de albaricoque; Germán, café bombón y queso de untar en tostada.

A pesar de ser hermanas, Rocío y Marga eran polos opuestos: a Marga le gustaban las tostadas con aceite de oliva y tomate, mientras que su hermana las untaba con mantequilla y las rociaba de azúcar.

—Bueno, y ¿cuáles son los planes para los recién casados ahora que habéis vuelto de la luna de miel? —preguntó Aurora a su hija y su yerno.

—Hombre, pues lo primero, tener un retoño —contestó Germán—. A ver si antes de Navidad Rocío consigue quedarse encinta.

A Aurora se le iluminó la mirada, pero sus palabras fueron precavidas.

—Bueno, no la presiones con eso, recordad que yo tardé años en quedarme embarazada y luego tuve tres. Los niños vendrán cuando tengan que venir.

Se quedaron todos callados. Su madre había compartido en otras ocasiones su frustración por no haber conseguido quedarse embarazada enseguida, su ilusión hecha añicos cada vez que le bajaba la regla cuando lo que ella más anhelaba era un bebé.

—Bueno, lo que sí queremos hacer cuanto antes es comprar una casa... —dijo Germán.

—Muy bien —contestó Aurora sonriente.

—De hecho, queríamos hablar contigo de eso... —Rocío titubeó.

—¿Ah, sí?

—Para comprar una casa o, al menos, un piso suficientemente grande para formar una familia se necesita dinero...

Germán trabaja con su padre, y la empresa no va mal, pero después de pagar a empleados, facturas y tal queda suficiente para vivir, pero no para ahorrar una buena cantidad de dinero de golpe.

Por eso, nos preguntábamos si podrías darnos un adelanto de mi herencia.

Marga casi se atraganta con el café, no se podía creer la osadía de su hermana, pero fue el abuelo Pablo el que contestó enfadado.

—¿Herencia? Yo aún no me he muerto, ¡eh!

—Abuelo, le hablo a mamá y me refiero a la herencia de mi padre —aclaró Rocío.

Se hizo el silencio, tan profundo que se podía escuchar el crujir de la pinocha amenizado por las chicharras.

Era la calma antes de la tempestad hirviendo en el seno de la familia.

Marga había quedado, pero quería presenciar cómo se resolvía aquel asunto; después de todo, la herencia de su padre también la incumbía a ella.

—Hija, pero ¿qué herencia? —preguntó Aurora.

—La herencia de papá, yo creo que tengo derecho.

—Cariño, no tengo ese dinero, los negocios de tu padre se estaban yendo a pique antes de que le diera el infarto. De hecho, no sé cómo don Armando consiguió remontar Infinito después de venderle nuestra parte de la empresa. Yo he hecho todo lo que he podido para ayudar a pagar la boda...

—Bueno, tú has puesto la casa y pagado las flores, los padres de Germán han pagado más que tú.

—Precisamente, hija, lo que he podido... ¡Ojalá te hubiera podido ayudar más con la boda! Pero yo ya no tengo una empresa como los padres de Germán...

Marga estaba alucinando. ¡Cómo podía su hermana ser tan desagradecida! Se mordió la lengua para no saltar y poner las cosas peor, aunque le dolía oír el sufrimiento en la voz de su madre.

—La boda ya ha pasado, no importa ahora, pero con la herencia de papá podríamos comprarnos una casa y empezar nuestra familia —insistió Rocío.

—La herencia de tu padre consistía en muchas deudas y malos negocios. Sabes que desde que murió nos cuesta llegar a final de mes... ¿Por qué no te pones a trabajar y así tú ayudas a Germán a ahorrar?

—¡No, de eso nada! Eso no entra en nuestros planes como pareja ni como familia. La mujer debe estar en casa y punto —intervino Germán.

Marga puso los ojos en blanco: típico comentario de su cuñado.

—¡Además, tú nunca has trabajado y quieres que yo trabaje! —se exaltó Rocío.

—¿Que nunca he trabajado? ¡Llevo trabajando desde los catorce años! Cuando murió mi madre y me tuve que poner a trabajar en una floristería para ayudar en casa y mantener a mis hermanos pequeños.

—Me refería a que tú, con mi edad y en mi situación, no trabajabas.

—Dejé de trabajar cuando me casé porque por fin ya no debía preocuparme de tener suficiente para poder comer.

Además, así pude criaros a vosotros. De todas formas, todo se desvaneció cuando a tu padre le dio el infarto.

¿O acaso no lo recuerdas? ¡Porque ya eras mayorcita!

Al morir tu padre, tuve que ponerme a estudiar para poder ejercer de matrona.

Ni siquiera existía el mercado de flores donde había trabajado de joven.

Llevo diez años haciendo turnos en el hospital para que tú y tus hermanos tengáis un plato sobre la mesa; ahora te casas y ¿así me lo pagas?

—Bueno, no te enfades, que te pones melodramática... Dejemos el tema por ahora —zanjó Rocío.

Entonces se escuchó el timbre. Marga se había quedado callada durante la discusión, le parecía muy propio de su hermana exigir la herencia de su padre como si nada, siempre había sido una egoísta.

Quien había llamado era Eva, con su pelo azabache cortado a tazón y su flequillo que casi le tapaba sus ojos marrones. Iba subida en una bicicleta.

—¡Hola! ¿Está Marga? Habíamos quedado.

¡Bendita Eva! Había llamado a la puerta en el momento más inoportuno, pero la había salvado de saltar contra su hermana.