Las flores del ayer El franco
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El franco

Aurora no había conseguido dormir bien aquella noche.

Su padre llevaba una semana sin aparecer por casa y sin él se sentía sola en aquel piso tan grande.

Era como si todos los sonidos se intensificaran en su ausencia.

Pasó horas en la cama, tapada con sus dos mantas hasta el cuello y los ojos como platos, analizando cada ruido por sutil que fuera: el grifo goteando sobre el fregadero, el arrullo de las palomas dormitando en la terraza, el crujir de la madera del suelo, ¿o acaso eran las puertas?

¿Por qué las casas crujen solo por la noche?

De pequeña pensaba que aquellos sonidos extraños eran espíritus que merodeaban a sus anchas al ponerse el sol, pero desde que falleció su madre dejaron de darle miedo los muertos.

De hecho, muchas veces pensaba que el espíritu de su madre se hallaba con ella velando por que estuvieran todos bien; ella siempre le recordaba que a los fantasmas «no hay que tenerles miedo, hay que tener miedo a los vivos».

Así, por la noche, su verdadero temor era que alguien entrase en casa y robase las pocas pertenencias de valor que poseían o, peor aún, que algún criminal pudiese hacer daño a sus hermanos pequeños.

Al ser la mayor, Aurora se sentía responsable de que ellos estuvieran vivos y a salvo, y esa responsabilidad muchas veces era demasiado para ella.

Después de todo, aunque creyese que ya era una adulta, solo tenía diecisiete años.

Aunque ninguna de las dos lo había verbalizado, Aurora y Marcela habían hecho las paces a los pocos días de discutir.

Su vecina había dejado una bolsa llena de naranjas en el rellano.

Aurora sabía que conseguía las naranjas en el estraperlo, y era su forma de demostrarle que se preocupaba por ella y sus hermanos.

Saber que Marcela estaba en el tercer piso la hacía sentir un poco menos sola y algo más protegida en ausencia de su padre.

Aquella mañana estaba en la parada de las flores con su hermano Enrique.

Era sábado y doña Marcela no trabajaba, así que pensó que, al menos, el pequeño le haría compañía.

Como siempre, inseparable de su coche de latón, lo rodaba por cada esquina del mercado, por cada rincón de la parada, incluso sobre la rendija de la trampilla que conducía al almacén subterráneo.

A sus seis años era un niño que no paraba quieto y siempre correteaba dentro y fuera de la parada, del mercado e incluso de la plaza, aunque tan pronto como se marchaba volvía repleto de esa atolondrada energía.

La joven estaba creando un ramo para Pilar, una vecina del barrio que se casaba al día siguiente.

Era una muchacha que siempre le había parecido algo ingenua y un poco simple, aunque tenía una amabilidad infinita.

Era pocos años mayor que ella y de pequeñas habían llegado a ser amigas de juegos.

Era el tipo de joven que, por su timidez, todos apostaban que se quedaría para vestir santos.

Sin embargo, Pilar había viajado a París el verano anterior en busca de su hermano, desaparecido mientras luchaba con la División Azul, y volvió en Navidad, sin haberlo encontrado, pero locamente enamorada de un apuesto joven francés.

Al ser sábado, Antonia se había pasado por el mercado antes de su clase de solfeo y la estaba poniendo al día de los chismorreos del barrio.

—Al parecer, el francés es el hijo de un opulento mercader de tapices. Y me han contado de buena tinta que la nueva familia política de la Pili no tiene intención de escatimar un duro en el enlace —dijo Antonia.

—Pues a mí me han encargado un ramo de margaritas...

—¿Ah, sí? Pues no me cuadra, esa flor es bastante barata.

Las dos se rieron por el comentario de Antonia, quien antes de marcharse le pidió fiado un girasol para el cumpleaños de su profesora de violín.

A pesar del comentario de su hermana, a Aurora el sencillo bouquet de margaritas para la boda de Pilar le parecía una gran elección.

Según sus teorías del mundo floral, las margaritas son las flores más simpáticas, la alegría florificada, y creía que representaban muy bien a la joven novia.

Continuó cortando tallos para el ramo cuando vio que Francisco se acercaba a la parada; en esta ocasión iba solo, sin su jefe cascarrabias.

—¡Buenos días!

—¡Buenas! ¿Qué te trae por aquí?

—Tú, me traes tú. Bueno, quería decir, he venido a preguntarte cómo te encuentras después del desmayo de la semana pasada.

—¿Porque tu deber es velar por el bienestar de todos los ciudadanos? —le preguntó burlona.

—Exactamente —contestó con una sonrisa pícara.

—Me encuentro bien, gracias; esta damisela hoy está fresca como una flor.

—¿Como una flor de las que vendes?

—Exactamente. —Esta vez fue ella la que le sonrió con picardía—. Bueno, ¿vas a comprar algún ramo?

—Por supuesto, ¿qué me recomiendas?

—¿Para quién son? ¿Para alguna chica a la que pretendes? —preguntó sin rodeos.

—No, aún no pretendo a ninguna chica. —Se detuvo un instante—. ¡De momento! Son para mi madre.

—En ese caso, unos tulipanes. Los tulipanes son siempre dulces, y seguro que su color le trae puro júbilo.

—Así que esto es lo que haces todos los días, ¿te gusta pasar el rato vendiendo flores?

—La verdad es que me encanta. Me gustan las flores, me siento feliz seleccionando los lirios más hermosos o las rosas más frescas, o componiendo un ramo para alguna novia e imaginándome su cara de alegría al recibirlo el día de su boda, un día tan especial.

La suerte del amor que ese bouquet representa y que será transmitido a otra joven.

No sé... Parecerá una bobada, pero a mí me gustan, incluso tengo mis teorías acerca de las flores.

—¿Ah, sí? ¿Qué teorías son esas?

Ella se ruborizó, nunca había compartido sus tontas teorías sobre las flores con nadie, ni siquiera con doña Marcela o con su hermana Antonia.

—Por ejemplo, una teoría es que el rocío son las lágrimas de las flores y que las margaritas son siempre sonrientes. ¿No crees? Son el tipo de flor que siempre te hace feliz. Otra teoría es que los claveles son luchadores, y así con cada tipo de flor. Le añado una cualidad humana a cada flor.

Él sonrió, prendado por su inocencia y su buen corazón.

—¿Y a ti te gusta tu trabajo? —le preguntó ella.

—Ufff..., ¡qué pregunta! —Se quedó callado, sopesando su respuesta—.

Si te soy sincero, depende del día. Lo cierto es que no disfruto alardeando de la placa como algunos de mis compañeros.

No me gusta que en ocasiones mi presencia y mi uniforme intimiden allá donde voy.

De hecho, a veces me pregunto si habría terminado trabajando para el orden público si no hubiese estallado la guerra.

—¿En serio?

—Sí, en el colegio se me daban muy bien las matemáticas y siempre me ha encantado la historia.

Mis profesores apostaban por que hiciera una carrera universitaria...

Tal vez, si la situación hubiese sido diferente, el destino me hubiera llevado por otro camino y hubiera acabado creando una empresa o dando clases de historia en la universidad. ¡Quién sabe!

A Aurora le sorprendió su respuesta. Francisco parecía un buen chico; no había esperado que se abriera con ella de esa forma, pero se preguntaba cómo había terminado en el lado de los vencedores. Dudó si hacerle la siguiente pregunta, pero su curiosidad la superó.

—Entonces, ¿por qué te hiciste guardia civil?

Francisco se quedó en silencio. Ella notó cómo su mirada se ennegrecía y su mandíbula se tensaba.

La familia de Francisco había sufrido múltiples agravios por parte del Gobierno republicano y de los milicianos durante la guerra.

Sin embargo, lo que le empujó a dar el paso para convertirse en guardia civil tenía que ver con su tío, don Lucas.

El hombre más amable y bondadoso que había conocido.

Era párroco en un pequeño pueblo de la huerta de Orihuela y había muerto asesinado por una banda de anarquistas.

Una noche de 1936 asaltaron la capilla y despojaron la humilde iglesia de sus imágenes y bienes, que utilizaron como combustible en una gran hoguera.

Según los vecinos del pueblo, don Lucas fue sacado a rastras de su cama entre insultos, golpes y escupitajos, y al ver la hoguera, rompió a llorar mientras rezaba un padrenuestro.

Esto solo avivó el odio de sus agresores, quienes lo crucificaron en burla a Jesucristo frente a aquella pira, obligándole a ver cómo ardía su fe en la bondad del ser humano.

A Francisco le hervía la sangre solo de pensar en la tortura y la humillación que su querido tío había sufrido en los últimos momentos de su vida, un pensamiento que hacía rebrotar el odio y la repulsión que había sentido hacia el otro bando durante la guerra.

Le hubiera gustado contarle a Aurora que aquella era la razón por la que se había unido a las Juventudes Falangistas y había terminado de guardia civil.

El dolor, la pérdida y el sentimiento de injusticia era lo que realmente lo había moldeado como persona; sin embargo, pensó que era una historia demasiado oscura.

No estaba preparado para compartir los sentimientos que en ocasiones le ennegrecían la mirada.

—Supongo que me hice guardia civil por defender la patria y ayudar a los ciudadanos. Aunque me haya planteado otras profesiones, no me arrepiento de mis decisiones ni de donde estoy. Después de todo, es un honor formar parte del régimen y reconstruir la España del Caudillo.

Aurora asintió. Sospechaba que no le estaba contando la verdadera razón, pero decidió dejarlo ahí.

Le daba miedo que Francisco pudiese estar cegado por sus ideales, pero, en su verdad y su sufrimiento como familia derrotada, Aurora no tenía cabida para el dolor del lado enemigo.

Estaba terminando con el ramo de tulipanes que le había pedido, recortando un lazo rosa para unirlos en un precioso bouquet , cuando apareció Enrique.

—¡Mira lo que me he encontrado!

Francisco se sobresaltó al ver a ese niño. Pensó que se había equivocado en cuanto a la edad y situación familiar de Aurora, aunque no le había visto un anillo. Por su cara, ella se dio cuenta enseguida de que pensaba que Enrique era su hijo y se lo aclaró riéndose:

—Este es mi hermano pequeño, Enrique.

Un poco avergonzado por su errónea suposición, Francisco se agachó a hablar con Enrique, fingiendo estar interesado en el descubrimiento del niño en un intento de arreglar el traspié con Aurora.

—A ver, chaval, enséñamelo, ¿qué es eso? ¿Una chapa?

—No lo sé, yo creo que es una moneda.

—No parece una peseta. « L IBERTÉ, É GALITÉ, F RATERNITÉ» —leyó Francisco—. Es una moneda francesa, se llama franco y esa frase significa «Libertad, igualdad y fraternidad».

—Ostras, ¿como sacada de un tesoro pirata? ¿Soy rico? —preguntó el pequeño con inocencia.

—Lo dudo, pero ¿dónde te la has encontrado? ¿Cuándo has estado tú por Francia?

Aurora no necesitaba que el pequeño contestara para adivinar dónde se la había encontrado y a quién pertenecía la moneda.

—Estaba en el suelo de...

—¡Mira que te tengo dicho que no cojas cosas de la calle! —le interrumpió Aurora—. No me gusta que juegues en el suelo, cogiendo monedas y demás cosas que le caen a la gente de los bolsillos. Luego vuelves a casa que pareces un mendigo.

El pequeño se quedó callado. No estaba acostumbrado a las reprimendas de su hermana. Cerró el puño con fuerza para proteger la moneda mientras observaba cómo Francisco y Aurora seguían hablando.

—Perdona, Francisco, a mi hermano a veces se le olvidan los modales.

—Son cosas de críos. ¡Peor era yo a su edad! Si queréis saber el valor de la moneda, conozco un sitio adonde ir. Os pueden decir si es antigua o actual. ¿Qué hacéis mañana domingo? Os podría acompañar.

Enrique miró a su hermana mayor, asintiendo y dando saltitos eufóricos, pidiéndole que dijera que sí a Francisco.

Aurora sabía que estaba coqueteando con el enemigo, pero no podía ignorar esa atracción inexplicable que había empezado a florecer en su fuero interno.

Así que sonrió y aceptó la oferta, sin pensar en los problemas que le podría acarrear.