Las flores del ayer El móvil
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El móvil

—¡Menuda chusma! —había dicho con desdén.

Casualmente, se había citado con Adrián una mañana de sábado en el parque Gulliver, en los jardines del río Turia.

Lo esperó sentada en un banco observando a los niños jugar en los toboganes, túneles y cuerdas del gran parque con forma de gigante.

Añoró su infancia. De pequeña solía ir a ese lugar con su yaya a merendar después del colegio.

Tina había sido una niña miedosa y tímida, le daban miedo los toboganes altos, las posibles caídas y el no ser del todo aceptada.

—Tu miedo está aquí arriba —le había dicho su abuela señalándose la cabeza—. Si vives con miedo solo disfrutarás la mitad de la vida.

Poco a poco, había ido venciendo sus temores y se había dado cuenta de que las amistades eran mucho más fáciles cuando eres un niño en una tarde de juegos.

Conforme uno crece, adquiere prejuicios, normalmente impuestos, que limitan los horizontes físicos y sociales.

Se crean así barreras y los miembros de los diferentes grupos acaban enjaulados por su entorno, empequeñeciendo su felicidad y creando rivalidades nocivas que sacan a relucir el lado más oscuro del ser humano.

Junto al banco en el que esperaba había un rosal a punto de florecer.

Recordó lo que le gustaban a su abuela las flores y pensó que era una señal: ella estaba siempre a su lado.

Fue a acariciar uno de los capullos, pero se pinchó.

Entonces, llegó Adrián en la misma moto y con la misma chaqueta de cuero de la última vez.

Reparó en su olor. Era fuerte, como de macho alfa, pero a la vez agradable. Olía a hombre adulto y a prohibición.

—¿Estás sola? —le preguntó.

—Sí —mintió Tina—. ¿Acaso eres peligroso? —añadió con sorna.

Había decidido tomarse su cita como una interpretación, representando el papel de femme fatale , como en sus películas negras favoritas. De esta forma, si se lo tomaba como un juego, se sentiría menos avergonzada por su comportamiento. A él le hacía gracia la situación y le siguió la corriente.

—Claro que no, pijita... Entonces, ¿qué? ¿Me robaste el móvil para verme otra vez? ¿Te gustó el paseo en moto?

—No te lo robé, se cayó al suelo cuando os peleasteis y lo cogí pensando que era de mis amigos —mintió ella. Sabía por el tipo de móvil que no era de sus amigos.

—Bueno, pues dámelo.

Él se sentó en un banco a su lado, observándola fijamente. Ella continuó mirando hacia el parque, se avecinaba su intervención estrella.

—Este es el trato, Adrián: tu colega timó a mi amigo, le pagó cien euros y no le dio la cantidad acordada. De modo que si quieres tu móvil tendrás que darme el resto de la coca que le debe.

—Pero yo no paso droga.

—Pero tu amigo sí.

—Y yo que creía que querías quedar conmigo porque te molaba. ¿Nuestra primera cita y me haces chantaje?

Tina puso los ojos en blanco, mostrando su desagrado.

Sí, era cierto que el chico le parecía guapo, pero jamás se le ocurriría salir con alguien tan macarra.

En ese momento pasó Nico haciendo footing , les saludó a ambos con un gesto de la cabeza y continuó corriendo.

Habían acordado que estaría vigilando por si acaso necesitaba ayuda, y su aparición simplemente consistía en meter presión.

Adrián estaba sorprendido: no se esperaba que fueran tan en serio.

—Lo que me faltaba, unos pijos dándome problemas —dijo disgustado y levantándose del banco.

—Habla con el Guanto, que te consiga lo que nos debe. Deja la droga en el buzón de mi casa y, una vez que lo hayas hecho, te devolveré el móvil.

—Y si lo hago, ¿saldrás conmigo?

Lo dijo con una sonrisa pícara, mirándola a los ojos. Entonces Tina recordó los SMS que había leído, había dado por hecho que la tal Jessica era su novia o al menos iba a serlo en un futuro próximo.

—No creo que a tu amiguita Jessica le haga gracia.

—¿Has leído mis mensajes?

—Claro que he leído tus mensajes. No sabía de quién era el móvil y tenía que descubrir si había algo de interés, pero mi investigación ha sido un fracaso, todo parecía muy aburrido.

Él se rio, le encantaban las expresiones exageradas de Tina, pero le molestaba que pensara que tenía novia y que no se fiara de él.

—No te pongas celosa, entre Jessica y yo no hay nada. Es verdad que a ella le gustaría que hubiera algo más, pero a mí no me apetece. Venga, sal conmigo, una vez. Déjame que te demuestre que no soy aburrido.

Al principio Tina pensó que él iba de broma, pero parecía insistir demasiado, igual había confundido burla con coqueteo. Él continuó con el tonteo.

—He oído que hay una cafetería nueva muy popular entre los pijos como tú, se llama Starbucks. ¿La conoces?

—Tú deja el paquete en mi buzón, y ya veremos.

—Solo lo haré si me devuelves el móvil en una cita. Los dos solos. Sin guardaespaldas vigilando en la distancia.

Ella se quedó callada y le devolvió la mirada intentando leer si iba en serio y si podía confiar en él. Reparó en los destellos verdes de sus ojos y pensó que parecía sincero.

—Supongo que no tengo otro remedio. Quedaré contigo para devolverte el móvil cuando cumplas tu parte del trato.

—Vale, dame un par de días... Tampoco es que el Guanto y yo seamos íntimos.

Pensativo, se levantó del banco, se puso el casco y se subió a la moto.

—¡Hasta nuestra próxima cita, pijita! —se despidió guiñándole un ojo y bajando la visera.

Tina se rio: aquel macarra tenía su gracia.