El desmayo
Aurora seguía sumida en una negrura espesa, pero sentía un zarandeo frenético, casi acompasado, como el tambaleo de un bote en alta mar o el suave vaivén de una mecedora. Poco a poco, empezó a escuchar murmullos lejanos; no reconocía las voces, pero parecían agitadas:
—Enfermera, por favor, ayude a esta señorita. Se ha desmayado.
—En la camilla, colóquela ahí. ¿Es su hermana o su novia?
—No, ninguna de las dos cosas. La acabo de conocer. Trabaja en el Mercado de las Flores.
La pesadez de sus párpados parecía que lentamente se disipaba.
Una luz blanca la cegó y por unos instantes se convenció de que había muerto y se encontraba en el cielo.
Al principio sintió miedo, luego recordó que, de estar en el cielo, se reencontraría con su madre, y aquello la alivió, incluso la emocionó.
Pero la luz fue alejándose y su entorno fue tomando forma.
—Mire, parece que vuelve en sí.
Solo vio sus grandes ojos marrones. Tenían tres tonalidades: eran color almendra, pero con destellos miel y un suave reflejo pardo, y estaban enmarcados por pestañas bastante largas y cejas gruesas y frondosas.
Tenía la mandíbula marcada y la barbilla casi cuadrada.
Entonces se fijó en los labios y recordó la sonrisa que le había lanzado aquella mañana: era el guardia civil de la parada.
Bajó la mirada reparando en el uniforme caqui y se sobresaltó.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —preguntó Aurora mirando alrededor.
Estaba en un cuarto estrecho que parecía una pequeña enfermería, la puerta se hallaba abierta y al otro lado logró atisbar a varios hombres uniformados.
—Te he traído al cuartel a que te viera la enfermera, estamos solo a un par de manzanas del Mercado de las Flores.
Entonces recordó a los dos maquis escondidos en el almacén bajo la trampilla y notó cómo el corazón otra vez la empezaba a sofocar.
—Muchas gracias, pero debería volver a mi parada —dijo intentando incorporarse. Al hacerlo notó como si la cabeza le fuera a explotar y volvió a acostarse.
—De eso nada, señorita —intervino la enfermera—. Le voy a tomar la tensión primero.
Sin ni siquiera darle opción, le aprisionó el brazo con el brazalete del tensiómetro y lo hinchó de aire.
—Lo que sospechaba, fuerte bajada de tensión —dijo leyendo las agujas—. Muchacho, trae unos cojines para que ponga los pies en alto y una bebida con azúcar; una limonada o una horchata le irá bien.
El joven guardia desapareció y la enfermera salió a la oficina del cuartel con un portapapeles.
Aurora se quedó sola durante lo que le pareció una eternidad, y miró a su alrededor intentando adivinar para qué servían los diferentes artilugios de la enfermería.
Reparó en los botes de cristal con coloridos menjunjes y etiquetas para tratar malestares y dolencias.
Junto a ellos, había grandes jeringas de cristal con agujas afiladas.
Recordó la única vez que la habían pinchado con una jeringa.
Fue a los ocho años, cuando la vacunaron contra la viruela.
Llegó una enfermera a la escuela y al principio todas las niñas se entusiasmaron por escabullirse de las aburridas clases de matemáticas de sor Remedios.
Sin embargo, conforme las niñas hacían cola y pasaban por la camilla, el pabellón del colegio se llenó de llantos por la brutalidad con la que les pinchaban el brazo.
Aurora se sentía fuera de lugar. Le incomodaba saber que el cuartel estaba lleno de guardia civiles.
En la más estricta intimidad, Marcela le había contado historias de conocidos y clientes donde los uniformados siempre eran fuente de malas noticias y desgracias imprevisibles.
Sin embargo, aún se sentía demasiado débil y cansada para levantarse de la camilla.
Por suerte, el joven volvió al poco rato con el encargo de la enfermera.
—Espero que tenga suficiente azúcar —le dijo pasándole una limonada—. Por cierto, me llamo Francisco.
—Yo soy Aurora. —Le dio un sorbo a la limonada: estaba demasiado dulce—. Gracias por tu ayuda.
—De nada, para eso estamos.
—¿Para salvar a damiselas en apuros? —se mofó ella.
—Para ayudar. Oficialmente, estamos para mantener el orden, la paz y el bienestar en las calles de España, lo cual incluye ayudar a jóvenes como tú cuando pierden la consciencia.
Aurora se quedó en silencio, a pesar de ser atractivo, el guardia le pareció demasiado serio. Tras varios tragos, ya se encontraba mejor; notó cómo el color le volvía al rostro y tenía más energía. Se levantó de la camilla, dispuesta a salir y volver a la floristería.
—Por favor, déjame que te acompañe al mercado para cerciorarme de que vuelves sana y bien.
Aurora se quedó parada. Era un guardia civil y le infundía algo de miedo, pero parecía preocupado por ella y no daba la impresión de tener malas intenciones; después de todo, la había llevado a la enfermería al desmayarse.
—Por supuesto —contestó.
—Solo el trabajo bien hecho me deja la conciencia tranquila, y una mujer siempre debe tener cuidado al pasear sola. Es mi obligación asegurarme de que no te pase nada.
—¿Por si me secuestran de aquí al mercado? —dijo ella en broma.
—Hay mucho descabezado suelto. Si yo te contara los sinvergüenzas que nos encontramos en el cuartel todos los días... Solo te diré que no es aceptable para que lo oiga una señorita como tú.
—Bueno, es la primera vez que un guardia civil me escolta al trabajo.
—A su disposición cuando usted lo desee —dijo él, haciendo una reverencia y quitándose el gorro.
Ella se rio; igual no era tan serio.
En realidad, el cuartel estaba a apenas diez minutos andando del Mercado de las Flores y el paseo transcurrió en un silencio bastante tímido.
Entonces, al girar la esquina para cruzar a la plaza, avistó a su padre, que conducía una furgoneta.
Aurora miró al suelo esperando que no la reconociera, se hubiera sobresaltado al verla acompañada de un guardia civil.
Aun así, tuvo un mal presentimiento. Normalmente, estaba en el puerto trabajando a esas horas, y su intuición le decía que lo que estuviera haciendo guardaría relación con los acontecimientos del día anterior.
Si así era, debía impedir que se metiera en un gran lío.
Para su desgracia, ella ya no era una ignorante.
Aurora apresuró el paso hacia el mercado, pero temía que su escolta bienintencionado entorpecería su plan.
—Disculpa, es que acabo de recordar que hay un funeral esta tarde... ¡Tengo que hacer cuatro coronas de flores y cerramos a las dos para comer! ¡No me va a dar tiempo! —dijo mientras sus pasos se convertían en zancadas.
—Si lo prefieres, te dejo en este cruce. Desde aquí se ve la entrada subterránea al mercado, así que me quedo tranquilo.
—¡Perfecto!
Aurora se dio la vuelta y sin mirar a los lados cruzó la calle corriendo. Un coche y un carro pararon bruscamente para no atropellarla, mientras que el tranvía estuvo a apenas dos metros de alcanzarla. Al llegar a la escalinata de la Tortada de Goerlich, se giró.
—¡Misión cumplida! ¡Damisela en apuros sana y salvo! —le gritó Aurora a Francisco desde el otro lado de la carretera. Él seguía en la equina del cruce como un pasmarote.
—¡Un placer, Aurora! —contestó Francisco a voces para amortiguar los sonidos del tráfico.
—¡Igualmente, Francisco!
Ella desapareció, bajando atolondradamente las escaleras hacia el mercado de flores subterráneo. Atravesó la glorieta hasta llegar a la parada de flores de doña Marcela y se encaró con su patrona.
—¿Dónde está mi padre? —le preguntó bruscamente Aurora. Por suerte, no había clientes que pudieran oírla dirigirse a su jefa con ese tono.
—No lo sé —mintió Marcela.
—Acabo de verle conduciendo una furgoneta, sé que no está en el trabajo —insistió.
—Sí, tenía un pedido que recoger. Estará fuera de Valencia varios días, me ha dicho que no lo esperes en casa esta noche.
—¿Varios días? ¿Un pedido? —repitió Aurora; sus sospechas se estaban materializando.
Entró cabreada a la parada y fue directa a la trampilla donde había visto las cabelleras oscuras hacía apenas una hora.
Se agachó, pero esta vez no vio movimiento a través de la rendija.
En cambio, había dos grandes plantas ocultando la apertura al almacén subterráneo.
Aurora empezó a moverlas con la intención de abrir la trampilla, pero Marcela se lo impidió.
—No la abras, no se te ha perdido nada ahí —dijo Marcela con firmeza.
—¡Ya no están! ¿Adónde han ido? —preguntó Aurora con la cabeza a pocos centímetros del suelo.
Doña Marcela se quedó callada, dueña de un silencio que delataba que estaba al corriente de todo.
—¿Y mi padre? ¿Está con ellos? ¿No me lo vas a decir? —insistió Aurora, casi a punto de estallar en lágrimas.
—De momento, no. Eres demasiado joven para entenderlo.
Marcela suspiró. Parecía incómoda por verla tan disgustada.
Se le acercó con la intención de darle un abrazo, pero Aurora la evitó.
Enfadada, recogió sus cosas y se marchó a casa, dando así por terminada su jornada laboral.
Lágrimas de impotencia y preocupación bañaron su rostro, solo podía pensar en cuánto echaba de menos a su madre.