Las flores del ayer El baile
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El baile

El banquete se celebró en el jardín trasero del chalé de La Cañada, con la pinada de fondo abrazando a los invitados.

En aquellas tierras había crecido Rocío, verano tras verano, junto a sus hermanos.

Bajo aquella pinocha había dado sus primeros pasos, en la piscina había aprendido a nadar, y en los caminos que rodeaban la finca, a montar en bicicleta.

Por ello, tenía sentido que fuese el escenario para el acontecimiento más importante de su vida, junto al olivo que sus padres habían plantado poco después de contraer matrimonio y que había crecido hasta presidir el jardín como testigo.

Las historias familiares contaban que sus padres habían plantado el árbol al año de casarse, cuando Aurora intentaba quedarse embarazada.

Lo cierto era que había crecido a la par que la familia y los hermanos.

Marga aún recordaba las fotografías que su padre tomaba cada año al final del verano, comprobando quién crecía más, si ellos o el olivo.

Su madre había continuado esta tradición.

Además, había introducido la costumbre familiar de plantar una flor nueva cada verano junto a sus hijos en el jardín que rodeaba el olivo.

Aquella noche en el jardín había casi doscientos invitados y más de quince mesas decoradas con centros de flores hechos por su madre.

También había velas y farolillos esparcidos, ambientando el inminente crepúsculo.

Como Germán era hijo único, se había decidido que los hermanos de la novia no se sentaran en la mesa presidencial, como era costumbre; por tanto, solo su madre, Aurora, y el abuelo Pablo disfrutaron de ese privilegio.

Marga agradeció no tener que compartir mesa con los padres de Germán, a los que aborrecía.

Los conocía desde que nació, ya que don Armando había sido amigo de su difunto padre, pero su presencia siempre le había dado mala espina.

Él olía a rancio: una mezcla de cigarrillos y sudor, como si no se lavara a menudo.

Una efímera ráfaga de su aliento o de su piel ya le parecía nauseabunda.

En cambio, su esposa, doña Vicenta, olía siempre a su perfume cargante y a las múltiples cremas y maquillaje que utilizaba para esconder que no era una mujer agraciada.

Tenía una nariz aguileña, cara redonda y labios finos, que perfilaba con llamativos colores, normalmente rojo o marrón, rebasando la comisura para que pareciesen más gruesos.

Solía rellenar el labio de un carmín más claro que hacía que su rostro languideciese.

En su mesa estaban su hermano Florián, su tía Antonia, junto a don Miguel, y su mejor amiga, Eva, a quien, aunque no era de la familia, consideraba su hermana elegida.

Marga y Eva se habían hecho amigas en tercero de EGB, cuando, a consecuencia de una pelea con Rocío, Marga fue víctima de un esguince en el tobillo que la había obligado a pasar tres semanas con la pierna en alto sin salir al patio del colegio a jugar.

La profesora pidió una voluntaria para acompañarla durante la hora del recreo que pasaría sentada en el aula, y la pequeña Eva levantó la mano con su dulce sonrisa y su afán por ayudar.

Durante el tiempo que Marga permaneció con la pierna en alto se hicieron inseparables, y diez años más tarde nada había cambiado.

A sus dieciocho añitos seguían compartiendo secretos, primeras veces y un gran amor por la música o, más bien, por los cantantes masculinos, ya que las paredes de sus dormitorios estaban empapeladas con pósteres de los Pecos y los Rolling Stones.

—A ver, a ver..., abramos debate... —dijo Florián—. ¿Cómo es de fuerte que el señor Armando haya pedido que se cante el himno franquista durante la consagración?

Florián tenía buen corazón, pero le encantaba meter cizaña.

Se autodenominaba «el rey del cotilleo», coronado por su lenguaje ampuloso y por un estilo florido que intentaba reprimir sin éxito.

A Antonia se le iluminó la cara: le encantaba un buen chisme.

Además, empatizaba con él, sabía que, como ella, no elegiría el camino que imponía la sociedad y, por ello, Marga sospechaba que él era su sobrino favorito.

—Perdona, ¿que Franco ha muerto? ¡No lo sabía! ¿Cuántos años lleva muerto? ¡No puede ser! De todas formas, ¡el Generalísimo debe ser respetado! ¡Arriba España! —continuó Florián de manera teatral, haciendo voces y gesticulando, imitando a don Armando. Toda la mesa se rio.

—¡Compórtate, sobrino! Aunque la broma ha sido buena, a tu abuelo casi le da un infarto. ¡Mi padre cantando el himno franquista en la boda de su nieta!

—¡Y la familia del novio ni se ha inmutado! —comentó Eva.

—Ha sido como volver al pasado. Esto será recordado durante muchos años —dijo Florián poniendo voz de locutor.

—Sí, sí, hermanito, ¡tú no dejarás que se nos olvide!

El tintinear de una copa anunciando los brindis interrumpió sus carcajadas, obligándoles a silenciar y reprimir las risas. Don Armando se puso en pie dispuesto a dar su discurso.

—Señoras, señores, en primer lugar, gracias por acompañarnos en un día tan especial: el enlace ante los ojos de Dios de nuestros hijos, Germán y Rocío.

Hoy se unen dos grandes familias, dos familias que se tienen mucho afecto, aunque antes ya habían estado unidas.

Como muchos sabréis, el difunto padre de Rocío fue mi gran amigo y socio.

Juntos creamos la empresa de construcción Infinito, después de haber llevado a cabo múltiples proyectos e inversiones. Sin él no estaría donde estoy ahora.

Marga notó cómo su madre fruncía los labios ante el último comentario, su mirada clavada en el olivo que estaba en el lado opuesto de la mesa presidencial. Entonces don Armando se dirigió a la novia, que exhibía una sonrisa reluciente como si fuera una máscara que llevara tatuada.

—Rocío, tu padre estaría tan feliz como yo de ver la mujer en la que te has convertido y de que hayas elegido a un gran hombre para acompañarte en el camino de la vida: nuestro Germán.

Yo sé que mi gran amigo es irreemplazable, pero quiero que sepas que aquí tienes un padre y que tanto Vicenta como yo te querremos como a una hija.

Por desgracia, nuestra sociedad está sufriendo muchos cambios con demasiada rapidez, pero quiero alzar mi copa por los jóvenes como Germán y Rocío que se aman y apuestan por los valores de formar una familia como Dios manda.

Germán, Rocío, os deseo muchos años de felicidad. ¡Por vosotros!

—¡Por Germán y Rocío!

Todos los invitados corearon al unísono, levantaron sus copas y brindaron.

Aurora se puso en pie. Marga no sabía que se hubiera preparado un discurso, pero supuso que, siendo la madre de la novia, querría decir algunas palabras.

Se aclaró la garganta, pero, cuando iba a hablar, don Armando la interrumpió con su voz grave.

—Y ahora, ¡que salga la tarta nupcial!

Cuatro camareros irrumpieron en el banquete cargando una gran torre de cuatro pisos de merengue con dos muñecos en la cima.

Aurora, cohibida, se sentó, mientras los recién casados, cegados por el flash del fotógrafo, partían la ostentosa tarta con una espada y se daban un trozo como era tradición.

El abuelo Pablo frunció el ceño mosqueado por el feo que don Armando le había hecho a Aurora.

Marga compartía su indignación. Sin embargo, su madre se quedó callada; era evidente que no quería quitarle protagonismo a Rocío, que ni se había inmutado.

Cuando los novios abrieron su primer baile de casados al son del vals de El Danubio azul , Aurora no pudo reprimir las lágrimas.

Dos copas más tarde, Marga, Eva y Florián estaban en la pista de baile. Los mayores se empezaban a marchar mientras que para los jóvenes era el momento álgido de la noche. Marga sintió cómo la agarraban del brazo.

—Venga, Margarita, ¿no vas a bailar con tu nuevo hermanito?

—Querrás decir hermano político.

Marga suspiró, odiaba que la llamaran Margarita, pero Germán siempre lo hacía.

Accedió a desgana y bailó con su nuevo cuñado Mi gran noche de Rafael.

Entonces, notó cómo la mano de Germán, que en un principio estaba colocada en su cintura, descendía lentamente acariciándole la nalga.

Miró a su alrededor, sus hermanos y los demás invitados seguían bailando, nadie se había dado cuenta.

Se quedó quieta, incómoda, mientras reprimía una arcada.