Las flores del ayer Las azucenas mentirosas
18%

Las azucenas mentirosas

Al despertar, Aurora encontró a su padre junto a la jaula de palomas en la pequeña terraza del piso.

Pablo tenía unas quince palomas en casa, y unas cincuenta más en el palomar de la azotea.

Su favorita era Karlitos, escrito con K, como su filósofo predilecto, pero con diminutivo españolizado para desviar la atención y acallar posibles habladurías indiscretas del vecindario.

El ave tenía complejo de loro y solía acompañarle a todos sitios apoyado en su hombro de una manera muy graciosa.

Pablo lo mimaba como a una mascota de compañía, cuidando y limpiando su inmaculado plumaje blanco y decorándolo con coloridas pinceladas en el cuello.

Karlitos estaba sobre su regazo y su padre parecía estar susurrándole.

Cuando Aurora le acercó el café, observó cómo Pablo ataba una nota en la pata del ave.

Aquella mañana en el trabajo, Aurora no podía dejar de darle vueltas a la conversación de la noche anterior.

Su padre había dicho alto y claro que los muchachos eran maquis.

Cualquier persona en España sabía que los maquis eran traidores para el régimen franquista.

Perdedores de la Guerra Civil que no aceptaban la nueva realidad.

Guerrilleros que vivían en los montes y soñaban con la vuelta de la República.

Canallas que violaban mujeres y asaltaban caseríos en pueblos perdidos.

Lo decían en la radio, lo decían los periódicos y lo decía la gente en la calle: los maquis eran peligrosos.

Pero ¿qué hacía su padre involucrado con gente así?

Su familia también formaba parte del bando perdedor, pero su padre era un buen hombre que se ganaba la vida de manera honrada.

Jamás le había puesto la mano encima a ella o a sus hermanos, y nunca le había levantado la voz a su madre.

Tenía un corazón bondadoso, trataba a la gente con respeto y a los animales con gentileza.

En ocasiones podía llegar a ser demasiado bueno y amable, ¿se estarían intentando aprovechar aquellos jóvenes de su buena fe?

¿O acaso los maquis no eran como los pintaban?

Aunque su familia había perdido la guerra, después de casi diez años solo quedaba un bando y lo primordial era sobrevivir.

Si su padre estaba ayudando a los maquis, tal cosa no solo le convertía en rojo, sino en un traidor a los ojos del régimen.

Y muy a su pesar iba marchando con paso firme hacia el calabozo o, peor aún, el paredón.

Por ello, no entendía las razones por las que se arriesgaba.

Sentía curiosidad por lo que estaba tramando, pero tras la confesión de la noche anterior prefería no saber la verdad. Se sentía protegida por la ignorancia.

Aurora era demasiado pequeña durante los años de la República.

Por ello, no recordaba esos sueños de libertad y democracia de los que en ocasiones hablaba Marcela con los ojos brillantes encendidos por la pasión.

Sin embargo, sí que recordaba vívidamente la guerra y sus sonidos flamencos: trágicos y viscerales como el canto.

La había vivido desde la oscuridad de un refugio en un alcantarillado cercano donde se resguardaban las mujeres y niños que vivían en su manzana.

Jamás olvidaría la melodía del miedo que se escuchaba fuera, mientras ella y su hermana yacían acurrucadas junto a su madre.

Todo empezaba con las sirenas quebrando la paz y anunciando la ofensiva.

En un mar de confusión y pavor cogían las pocas pertenencias que apreciaban, normalmente mantas, algún portarretrato y un poco de comida enlatada, y corrían al refugio a protegerse.

A continuación, los bramidos de los aviones sublevados confirmaban el ataque, seguido de una estampida de toros bravos: las fuerzas republicanas preparándose para el contrataque.

Continuaba con el traqueteo de las balas como castañuelas acompasando los enfrentamientos entre bandos con su fatalidad in crescendo .

Entonces, el silencio más absoluto: el sonido de la muerte.

Prolongado con incertidumbre por el miedo.

De repente, en la eternidad del silencio, el desgarrador grito de una madre al encontrar a sus hijos muertos.

El sonido de las almas rotas crispando la piel de los todavía vivos.

Y así hasta que los bramidos empezaban de nuevo.

Esta pesadilla podía durar largas horas y en ocasiones varios días consecutivos, como en el ataque final de marzo de 1939.

Lo más impactante era salir del refugio; normalmente perdía la cuenta de los días que pasaban allí abajo, y muchas veces no sabían cuándo era de día o de noche.

Al volver al exterior, la luz la cegaba y parecía estar en una ciudad diferente.

Era como salir de un túnel que la teletransportaba en el espacio y el tiempo.

Valencia ya no era la misma Valencia, y cada vez exhibía nuevas ruinas y heridas más profundas.

Estaba distraída en el pasado cuando avistó a los dos hombres de uniforme, tricornio y capa acercarse a la parada de flores.

Las rodillas le flaquearon. En lo primero en lo que pensó fue en su padre y en aquellos dos maquis.

Doña Marcela le hizo un gesto a Aurora avisándola de que era mejor que la dejara a ella a cargo de la situación.

A pesar de la aversión que la florista sentía hacia la Guardia Civil, doña Marcela siempre se mostraba segura e incluso amable cuando venían como clientes.

Eran dos hombres, pero la diferencia de edad entre ellos era notoria.

Mientras que uno tendría veintipocos años, el otro sobrepasaba los cincuenta.

El joven era moreno, alto y delgado, con el pelo engominado.

Sus hombros y espalda eran anchos y resaltaban su musculatura.

En contraste, el mayor era calvo y de menor estatura y corpulencia, con un semblante agrio que lucía un bigote canoso.

Se acercó a la parada el de más edad, mientras que el joven se mantuvo a unos metros de distancia fumando un cigarrillo.

Para alivio de ambas, pidió un ramo de flores alegando con una sonrisa socarrona que era el Día de los Enamorados.

—¿Día de los Enamorados? ¿Hoy? —preguntó sorprendida doña Marcela.

—Así lo anuncian las Galerías Preciados en Madrid.

—No lo había oído.

Aurora tampoco había oído hablar del Día de los Enamorados, pero supuso que sería una nueva moda madrileña importada de América.

Lo que ambas sí conocían era la festividad de San Dionís, el día de los enamorados en Valencia, que se celebraba el 9 de octubre junto con el día de todos los valencianos.

La celebración consistía en que los hombres regalaban a sus amadas la tradicional mocadorà , un pañuelo que envolvía mazapanes en forma de las hortalizas de la huerta valenciana.

Doña Marcela, suponiendo que el guardia era madrileño, le comentó la romántica costumbre valenciana con fingida trivialidad.

—No soy de Madrid, sino de Toledo —contestó el señor.

—Vaya, he oído que es una ciudad preciosa. Dígame, ¿cuál es la flor favorita de su esposa?

—No son para mi esposa. Cualquier flor irá bien —contestó el guardia civil.

Sus ojos repasaron la variedad de flores con desdén hasta posarse en la delantera de Marcela. Era un hombre de mirada gris y con una voz tan fría como el metal de las tres estrellas de seis puntas que colgaban de sus hombreras y le otorgaban el rango superior de capitán.

—Disculpe la indiscreción. Unas flores blancas siempre son un acierto —contestó doña Marcela, incómoda por su mirada lasciva.

Le hizo una seña a Aurora, quien eligió unas azucenas mentirosas y empezó a trabajar.

El rostro del capitán reflejaba que estaba contrariado, y a Aurora le atemorizaba que la espera lo disgustara aún más.

Alzó rápidamente la mirada y se fijó en el joven del cigarrillo, que parecía ajeno al enojo de su superior; el chico le devolvió la mirada y le sonrío dulcemente.

Sonrojada, bajó la cabeza y se concentró en su obra de flores blancas.

Arrancó las espinas y recortó los tallos con cuidado, pero uno cayó al suelo, justo sobre la trampilla del almacén.

Aurora se agachó a recogerlo enseguida. Mientras estaba arrodillada en el suelo notó movimientos bajo la trampilla, además de escuchar una respiración fuerte.

Miró entre las rejillas y a través de la oscuridad percibió dos cabelleras oscuras: ¡los muchachos del día anterior!

Eran los maquis. Su padre había dicho que habían estado merodeando por la plaza del Caudillo, pero jamás que hubieran pasado la noche en ella, escondidos en el almacén subterráneo de la floristería.

El corazón le palpitaba fuertemente; sintió cómo la sangre se le agolpaba en las mejillas y cómo el sudor frío del miedo le cubría la frente.

En estos momentos tenía a dos guardias civiles justo delante de ella y a dos maquis bajo sus pies.

—¿Estás bien, chiquilla? —preguntó el capitán al ver su aspecto.

—Sí, simplemente me he mareado al agacharme; no es nada —contestó rápidamente Aurora, asustada.

—Siéntate —ordenó doña Marcela—, ya termino yo.

—Estoy bien, de verdad, no es nada.

—Debería llevarla al cuartel a que le miren la tensión —intervino el joven del cigarrillo.

Entonces Aurora sintió una punzada en un dedo. Tenía una espina clavada. Vio cómo le brotaba una gota de sangre y lentamente caía al suelo, justo sobre la rejilla que había en la trampilla del almacén, y desaparecía a través de ella. Si alguien se diera cuenta, estarían perdidas.

Unos rápidos latidos se apoderaron de su pecho provocándole una sofocadora angustia.

Un fuerte y penetrante pitido le invadió la cabeza como las castañuelas de las ametralladoras.

Oía a doña Marcela y a los guardias civiles hablar, pero eran unas voces lejanas que no lograban alcanzarla.

Las azucenas blancas se volvieron marrones y empezaron a mancharle la vista, como cuando se estropea el celuloide de una película antigua.

Hasta que todo se desvaneció y la absorbió la oscuridad absoluta.