Halloween #2
Tras tomarse el primer cubata, Nico recibió un SMS de su contacto.
El pedido especial había llegado. Guille, Lucía y Tina acompañaron a Nico a encontrarse con su camello.
Habían quedado en el callejón de detrás del palacio de Colomina, justo en la esquina.
Desde allí, se podía ver la plaza de detrás de la basílica de la Virgen, donde, junto a los restos de las ruinas romanas, había varios grupos de jóvenes desperdigados de la fiesta.
También se podía ver a los viandantes que pasaban por la calle de El Salvador, la mayoría borrachos y disfrazados.
Esperaron unos diez minutos hasta que llegó el nuevo camello de Nico, un tal Guanto, que venía acompañado de un colega con una moto.
El Guanto era el típico macarra de barrio.
Iba vestido con vaqueros caídos, sudadera y gorra negra con bordados dorados.
Sus rasgos eran ecuatorianos y llevaba unas cadenas de oro al cuello y un skate en la mano.
Su colega, que acababa de aparcar la moto, también iba vestido de oscuro, pero con chupa de cuero y sin gorra.
Tenía rasgos claros pero duros, pelo castaño claro casi rubio y piel muy blanca.
Sus facciones eran rudas, tenía la mandíbula muy marcada, los labios carnosos y una mirada fría con grandes ojos azules.
Guiada por sus prejuicios, Tina supuso que sería rumano, pero al oírle hablar se dio cuenta de que no tenía acento.
Pensó que era bastante atractivo, a pesar del pendiente de brillante que llevaba en la oreja.
—¿Nico? Aquí tienes —dijo el Guanto sacando una bolsita transparente con el polvo blanco.
—¿Qué es esto? ¡Te pagué cien euros! Aquí no hay ni quince.
—Mira, esto son cien euros, si quieres más cantidad, tendrás que pagar más.
—¿Te crees que soy idiota? —dijo Nico molesto.
—Va, dale al chaval algo más —intervino el de la moto.
—¿Y tú te crees que no sé quién es tu padre? He oído que tiene unas elecciones importantes, ¿unas primarias o algo así? —contestó el Guanto—. A los de la prensa les encantará saber que su hijo compra farlopa.
Nico le dio un empujón, y el Guanto, sin dudarlo un segundo, se lo devolvió con más fuerza haciéndole caer al suelo. Enseguida, Guille se metió para defender a su amigo y agarró al macarra de la sudadera.
—Dale lo que le debes..., y a mi amigo, ni tocarlo —le amenazó Guille.
—¡Dejadlo! ¡Nos vamos a meter en un lío! —gritó Lucía.
El chaval de la moto se puso en medio, intentando separarles, pero en ese momento Nico se levantó y, cogiendo carrerilla, se lanzó sobre él provocando que cayeran todos al suelo.
Empezaron a revolcarse y a darse puñetazos.
Tina estaba atónita, tratando de mantener las distancias, parada, sin saber qué hacer, solo quería huir de allí.
Se había caído un móvil y disimuladamente lo recogió del suelo.
Mientras, Lucía, hablando a gritos por teléfono, intentaba convencer al resto de los amigos de clase para que vinieran con refuerzos.
Entonces, se vieron unas luces azules y sonidos de sirena en la distancia.
Unas motos de la policía estaban haciendo una redada en el botellón, arrinconando a grupos de jóvenes para multarlos o llevarlos a comisaría.
Una de las motos se dirigía directa hacia el palacio de Colomina.
—¡La poli! ¡La poli! ¡Vámonos!
Los chicos se levantaron del suelo y todos empezaron a correr.
—Pero ¿nosotros por qué corremos? —gritó Tina, detrás de ellos.
—¡Todos a mi portal! ¡Pero por separado! —gritó Nico.
Nico vivía a orillas del río, en un edificio señorial a la altura del puente del Real, así que geográficamente tenía sentido que se reunieran todos en su portal.
Tina se había quedado detrás, era mejor que saliese del casco antiguo y llegase al río, pero allí debería tener cuidado para pasar desapercibida, porque habría tráfico y no quería llamar la atención de algún taxista.
Agradecía no llevar tacones, pero no estaba acostumbrada a correr y las piedras que revestían el histórico pavimento se le clavaban en las plantas del pie.
Había perdido de vista a sus amigos y con el miedo no estaba segura de si iba en la dirección correcta.
Las callejuelas del casco antiguo eran oscuras y estrechas, había muchos edificios y pequeñas plazas abandonadas cuyo esplendor pasó hace más de cien años.
Se trataba de un lugar idóneo para esconderse, pero también para delinquir.
Tina no sabía qué era peor: ser arrestada por la policía o ser asaltada por algún maleante.
¡Pero qué diría su madre si la detuvieran!
Entonces, divisó las Torres de Quart al final de la calle, lo que significaba que había estado corriendo en dirección contraria, y vio a dos policías patrullando el monumento histórico con armas de fuego.
Continuar por allí ya no era una opción...
Iba a darse la vuelta cuando alguien la agarró del brazo. Tina se giró de un salto, asustada.
—Venga, pijita, súbete a la moto.
Era el chico que iba con el Guanto y que se había pegado con sus amigos. Tina se extrañó de que estuviera dispuesto a ayudarla, pero no tenía otra opción, así que, con desconfianza, se sentó detrás de él.
—¿Dónde te llevo?
Tina le indicó la dirección y él contestó con el rugido del tubo de escape al acelerar.
Enseguida salieron del claustrofóbico casco antiguo hacia la calle Guillem de Castro y el cauce del río.
El cambio de temperatura por la expansión del cauce que bordeaban le atizó las mejillas sonrojadas de correr mientras una bocanada de aire frío con aroma a gasoil y testosterona le helaba la garganta.
Pasaron por las Torres de Serrano, iluminadas de manera majestuosa, cómplices de la fiesta ilegal que se había desarrollado tras sus muros.
En pocos minutos llegaron a la altura del puente del Real.
Tina bajó de la moto y él desapareció por la rampa que daba a los jardines del río sin despedirse y dejando un halo de humo tóxico.
Tina se acercó al portal donde la esperaban sus tres amigos.
Nico tenía un corte en la ceja y Guille en el labio.
Al llegar, Lucía la abrazó y ambas empezaron a llorar.
—¿Y la peluca? —le preguntó al soltarse del abrazo.
—Mierda, se me debe de haber caído corriendo.
—No te preocupes, mi madre tiene mil.
—Pero he conseguido esto —dijo Tina sacando el móvil que se había caído al suelo durante la pelea.
Esta era la razón por la que Tina recibió aquel mensaje, aquella orden, en aquella tarde de aquel Día de Todos los Santos.
Debía conectarse a Messenger para hablar con sus amigos: tenían que decidir qué hacer con ese móvil y cómo utilizarlo en su favor.
Los cuatro sabían que era la vía para resarcirse del timo que habían sufrido, pero también sabían que podrían acabar enredados en líos mayores.