Las flores del ayer Halloween
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Halloween

«Conéctate». Una palabra, una orden. Eso era todo lo que decía el SMS que acababa de recibir Tina. Mierda. Había estado tan ocupada con su familia que por un momento se había olvidado de todo lo que pasó la noche anterior.

Tina había cumplido los diecisiete y estaba en segundo de bachillerato, su último año de colegio, lo cual le aterraba.

Sentía que su futuro era una realidad incierta, le abrumaban la cantidad de posibilidades y cómo las decisiones que tomase impactarían en el rumbo de su vida.

Todos a su alrededor parecían tener una opinión acerca de qué camino debía elegir.

—Deberías considerar Economía, se te dan muy bien las mates —había dicho la orientadora del colegio en su última reunión.

—Ya sé que se me dan bien, pero no sé si me gustan lo suficiente, no me apasionan.

—Y ¿qué te gusta?

—No sé... A mí me gusta pintar... Había pensado en Bellas Artes.

—Piensa en algo con salida, ¿por qué no Arquitectura o una ingeniería?

No, no quería ser arquitecta. Le encantaba dibujar, pintar e incluso esculpir, pero aborrecía el dibujo técnico, que supondría un alto porcentaje de esa carrera.

Pensaba que el dibujo técnico era al arte lo que la morfología o la sintaxis a la literatura.

Era el lado práctico y aburrido que cortaba las alas a la imaginación y la creatividad.

En cuanto a una ingeniería, ni se lo planteaba, le parecía un futuro de lo más gris.

El amor de Tina por el arte había aflorado cuando a los ocho años, una tarde después del colegio, su yaya había aparecido con un gran lienzo, pinceles y pinturas.

Parecía que estuviese en blanco, pero en realidad había trazos y números para rellenar en cada tramo el color que indicaba.

Juntas fueron siguiendo las pautas de colores y rellenando los huecos.

El proyecto les llevó una semana, pero la aglomeración anaranjada fue tomando forma hasta que se dibujaron unos girasoles.

Colgaron el cuadro en el dormitorio de Tina: eran los famosos girasoles de Van Gogh.

Cada noche que lloraba por la ausencia de su abuela, los contemplaba y la sentía cerca de ella.

Era como si estuviese sentada al borde de su cama hasta que caía rendida por el sueño.

Desde pequeña, su interés por el arte siempre había estado marcado por el mundo floral.

Le fascinaban las coronas de flores en los autorretratos de Frida Kahlo o los pétalos abstractos de Georgia O’Keeffe.

Durante su intercambio en Londres el curso anterior, su primera parada había sido la National Portrait Gallery: no había nada como ver una obra de arte con tus propios ojos.

Lo que no esperaba encontrar entre los retratos de Shakespeare, la reina Victoria y Charles Darwin eran los famosos girasoles.

Nada más salir, llamó a su yaya por teléfono.

—Yaya, no te vas a creer lo que acabo de ver en un museo de Londres. ¡ Los girasoles de Van Gogh! La obra original.

—¡Qué me dices, nena! —La voz de su abuela al otro lado era de ilusión, no esperaba que la adolescente se acordara de ella en la distancia—. Cuánto me alegro de que lo estés pasando bien, se me van a hacer eternas estas tres semanas sin ti.

—Yo también te echo de menos, yaya. Sobre todo, tus guisos, ¡no sabes lo mal que se come aquí!

—Pues es parte de la experiencia de visitar otros lugares. Además, recuerda que eres una afortunada. ¡Hay que ver lo que has viajado para tu edad! ¡Ya me gustaría a mí conocer Londres!

—Pues se lo digo a mamá y este verano nos venimos las tres. Así, visitas tú el museo y ves Los girasoles de Van Gogh con tus propios ojos.

Su abuela se rio. Ninguna de las dos imaginaba en ese momento que el siguiente verano sería el último de la abuela y estaría marcado por su enfermedad. Ahora Tina ya no la tenía para hablar sobre la decisión más importante de su vida: qué hacer después de la selectividad.

No sabía siquiera si quería estudiar, ya que también le atraía viajar y hacer voluntariado, pero su corazón le decía que, si iba a la universidad, estudiaría Bellas Artes.

Sin embargo, los comentarios de sus amigos eran parecidos a los de la orientadora del colegio, pero aderezados con un matiz clasista.

—¿Bellas Artes? ¿Y qué harás con eso? ¿Ser una muerta de hambre?

—La Facultad de Bellas Artes está llena de perroflautas, ¿qué pintas tú ahí?

—Mejor estudiar ADE o Derecho, siempre puedes ser artista en tu tiempo libre.

A Tina le encantaba ir al colegio, pero le parecía una constante guerra de poder por la popularidad.

En su colegio todos eran «hijos de», pequeños herederos de grandes fortunas, legados y nombres familiares.

Los padres de sus amigos y compañeros de clase eran importantes empresarios, célebres políticos o figuras públicas entre los que se encontraba algún que otro futbolista, cómico, periodista y varios apellidos nobiliarios valencianos.

Su mejor amiga, Lucía, a la que llamaban Lulú, era la hija de una conocida actriz francesa.

A pesar de los grandes logros profesionales de Marga, la familia de Tina era relativamente «anónima», lo cual, añadido a los rumores de que Tina no tenía padre, hacía que mantenerse en la cumbre de la popularidad fuera cada vez más difícil.

Por suerte, ser guapa y risueña había ayudado a Tina a formar parte de la élite.

De rasgos claros y frágiles, piel clara y pelo rubio miel, tenía además un cuerpo muy atlético y delgado, ya que hasta los catorce años había competido en diversas categorías de gimnasia rítmica e incluso había llegado a ganar algún galardón a nivel regional.

De todas formas, su rasgo más llamativo eran sus grandes ojos verdes azulados, muy parecidos a los de su madre y su yaya.

Era muy expresiva y su mirada siempre delataba sus pensamientos.

Esa noche de Halloween, las dos amigas se disfrazaron de los personajes principales de su película favorita: Chicas malas .

Lucía iba de Regina George, la rubia malvada del instituto, y Tina era Cady Heron, la pelirroja que terminó cayendo en la espiral tóxica que la rodeaba.

Habían acordado que las otras chicas de clase irían vestidas de rosa, así ellas dos serían las líderes que destacarían frente al resto. Todo ideado por Lucía.

Sacaron la cámara digital y se hicieron una foto frente al espejo del baño.

Tina no estaba segura acerca de la temática que habían elegido, pero, como se habían arreglado en casa de Lucía y las pelucas, el maquillaje y el vestuario lo había traído su madre del teatro, Tina, como siempre, le había seguido la corriente a su amiga.

La madre de Lucía era una conocida actriz.

Su nombre artístico era Camille Bonmor, y había sido una reconocida bailarina cuando era joven.

Ahora, a sus cuarenta y pocos años, tenía una hija, dos divorcios y tres Birkins.

Tina admiraba la vida de bolos y viajes constantes, y envidiaba lo guay que era la madre de su amiga.

Antes de marcharse esa noche, Camille les dio su visto bueno:

—¡Qué divinas! ¡Y qué bien os quedan las pelucas! ¿Tina y Lulú? Pero si parece que están Lindsay Lohan y Rachel McAdams en el salón de mi casa. ¿Cuál es el plan, chicas?

—Ya te lo he dicho, mamá —contestó Lucía molesta—. Hemos quedado con los chicos en la Gran Vía, en la esquina del VIPS, y de ahí iremos al botellón en la plaza de la Virgen, donde estará el resto de la clase.

—¡Bueno, pasadlo bien y cuidado con el drinking !

Cuando llegaron a la Gran Vía, sus amigos Guille y Nico las estaban esperando, llevaban la cara pintada de blanco a modo de fantasmas e iban vestidos de negro, en línea con lo habitual en la fiesta del terror.

Guille era el novio de Lucía y el capitán del equipo de baloncesto del colegio.

Su padre era un conocido periodista deportivo que a veces les conseguía entradas gratis para el Mestalla.

Nico y ellas eran amigos desde parvulario, era el hijo de un conocido político de derechas de la Generalitat Valenciana.

Gracias a las influencias sociales de sus amigos, Tina había sido invitada al palco vip de la America’s Cup y a la villa de Nico en una cala de Ibiza con vuelos que, por supuesto, no había pagado.

—Pero ¿de qué vais vestidas? ¿No se supone que Halloween debe dar miedo? —les espetó Guille.

—¿Acaso tú no sabes que en Estados Unidos la gente se disfraza de lo que quiere? Eso de que tiene que dar miedo es muy europeo —contestó Lucía.

—Bueno, déjalo. ¿Lleváis la bebida?

—Sí, ¿y vosotros la vuestra? —contestó Tina.

—Claro, además hemos pedido un encarguito especial para todos que llegará cuando estemos allí —dijo Nico.

Tina conocía a sus amigos y se imaginaba en qué consistía ese encarguito especial.

De vez en cuando, a los chicos les gustaba tomar algo de cocaína para amenizar las fiestas.

A Tina no le entusiasmaba la idea, de hecho, intentaba evitarlo, pero a veces, cuando estaba de fiesta, se iba al baño y aparentaba haberse metido una raya, no quería hacerse notar.

Lo que sí le gustaba era fumar cigarrillos Lucky Strike, le parecía que daban un rollo más bohemio.

Cuando llegaron a la plaza de la Virgen, ya había allí unas mil personas con disfraces de lo más dispares, todas bebiendo en pequeños grupos de amigos.

El macrobotellón de Halloween en esa plaza era una tradición reciente que llevaba celebrándose desde hacía unos años, y se había extendido por gran parte del barrio del Carmen, llenando las plazas del casco histórico de jóvenes borrachos y colocados.

En la plaza, se reunieron con otros compañeros de clase.