Las flores del ayer La dalia bordada
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La dalia bordada

Aurora anduvo durante casi una hora hasta que llegó al puerto de Valencia, cuyo frenesí siempre le resultaba abrumador.

Conforme se adentraba, los gritos de los maquinistas, el rugido de las locomotoras y los chirridos del forjador le inundaron la cabeza haciéndole perder la orientación en el caos generalizado.

El ambiente era nauseabundo. Una mezcla de olor a gasoil, carbón calcinado y picadura de tabaco contribuía al exceso tóxico de masculinidad y testosterona que reinaba por doquier.

Era poco habitual ver a una mujer en aquel lugar, sobre todo a una joven sin acompañante como Aurora.

A medida que andaba, las miradas lascivas le abrían paso entre silbidos y piropos no solicitados.

Aunque detestaba tener que hacerlo, sabía que lo más seguro para una mujer en un ambiente así era ignorar los comentarios, de modo que bajó la cabeza y fijó la mirada en el suelo.

—Vaya, vaya, ¿qué hace una princesa como tú en un lugar como este?

Tres muchachos con boina ladeada y cigarrillo en la boca se acercaron a Aurora, intentando cortarle el paso.

Tendrían más o menos su edad, pero sus egos cabalgaban la altanería otorgada a los hombres.

Cuando Aurora dio un paso a la derecha para evitarles, ellos la imitaron.

Entonces intentó andar hacia la izquierda, pero ellos se le acercaron creando una pared infranqueable.

Aurora notó un chute de adrenalina y cómo el corazón le latía cada vez más rápido; no era miedo, sino ira.

Estaba arrinconada, a plena luz del día y a unos escasos metros del almacén en el que trabajaba su padre, por unos zopencos a los que les parecía gracioso ver a una mujer desvalida.

—Por favor, dejadme pasar, vengo a ver a mi padre. Trabaja aquí al lado —dijo Aurora; su tono evidenciaba su irritación, intentando esconder una chispa de miedo.

—¿Tu padre? ¿Quién es tu padre? —preguntó uno de ellos. Su tono se tornó serio. Burlarse de la hija de un compañero o conocido podría tener consecuencias.

—Se llama Pablo, trabaja de peón en la aduana. ¿Le conoces?

—¿Pablo el Rojo?

El corazón le dio un vuelco. La chispa de miedo se convirtió en una llama. ¿Qué sabían de su padre y su familia estos muchachos? ¿Acosaban así a todas las mujeres o se habían fijado en ella por alguna razón oculta? ¿O acaso estaban intentando continuar aquella broma sin gracia?

—¡No, no es rojo! —se defendió.

—Claro que no, es cojo . Pablo el Cojo —contestó otro con una carcajada guasona—. Quédate aquí, voy a buscarlo.

Uno de ellos se adentró en una nave que estaba a pocos metros y los otros dos se sentaron sobre unos barriles observando a Aurora mientras se comían unos bocadillos que acababan de sacarse del bolsillo: era la hora del almuerzo.

A los pocos minutos regresó con Pablo. Al ver a su hija mayor, se preocupó, suponiendo que a alguno de sus hijos menores le habría ocurrido una desgracia.

—Gracias, chavales. ¿Qué haces aquí, niña? ¿Va todo bien?

—Sí, bueno, no sé... —Aurora dudó de si la presencia de aquellos extraños en la floristería era buena o mala señal, miró a los jóvenes, que ahora estaban a una distancia considerable de ellos, bajó el tono de voz y continuó—: Marcela me manda con un recado.

Dice que hay dos gatos perdidos que necesitan cobijo.

Quería decirle la verdad a su padre, que en realidad no había dos gatos, sino dos muchachos que decían venir de Francia, pero no hizo falta, aparentemente él entendió el mensaje perfectamente.

—Vaya —contestó Pablo tensando la mandíbula—, gracias por avisarme, niña.

Se quedó unos minutos en silencio, parecía estar reflexionando, aunque su cara se mantenía inexpresiva.

—Ahora quiero que recojas a tus hermanos del colegio, vayas a casa y hagas la comida como cualquier otro día. No vuelvas al puesto de flores de Marcela, ella lo entenderá. Recuerda que no has visto nada y no sabes nada. Yo estaré de vuelta en casa en cuanto pueda.

—Sí, padre.

La tarde se le hizo eterna: el tiempo parecía estancado.

Tras la visita a su padre, Aurora había recogido a sus hermanos de la escuela, habían comido mientras escuchaban la radio y, a media tarde, cada uno estaba con sus respectivos quehaceres.

El pequeño Enrique jugaba con su único juguete, un coche de latón que rodaba por cada superficie y esquina del pequeño salón con una ruta marcada: sillón, mesa, estufa, suelo y rodapié hasta la puerta; sillón, mesa estufa, suelo...

Aurora lo seguía con la mirada. Cada vez que el coche hacía el circuito completo, ella miraba el reloj, pero las agujas no se movían.

Mientras tanto, Antonia tocaba el violín en su dormitorio, marcando el ritmo de la hastiosa velada con una suave melodía de Beethoven.

En un intento de distraerse, Aurora cogió un retal e intentó bordar.

Continuó con el pequeño proyecto de punto de cruz que había empezado hacía unos días.

Sin embargo, las cruces se le empezaron a torcer y la flor de dalia que estaba intentando recrear parecía más bien el ojo de un huracán absorbiendo su ansiedad, impaciencia e incertidumbre.

A las siete, Aurora ya tenía la cena preparada: hervido de zanahorias y patatas.

No era el menú más apetitoso, pero en tiempos de posguerra era una de las variaciones más accesibles y baratas para llenar con la energía de los hidratos las tripas de sus hermanos, que rugían por el hambre impuesta y la desazón que provocaba la injusticia.

—¿No esperamos a padre para cenar? —preguntó Antonia, mientras se sentaba a la mesa.

—Tenía unos asuntos que arreglar y llegará tarde.

—¿Qué asuntos?

—No lo sé —contestó Aurora. En parte, no le estaba mintiendo, ya que no sabía qué estaba haciendo su padre o adónde había ido.

Solo sabía que guardaba relación con los dos jóvenes de Montpellier que habían entrado en el puesto de doña Marcela, pero no le iba a desvelar esa información a la entrometida de su hermana pequeña.

—¿Cómo es que hoy has salido antes de la floristería?

—Era un día muy tranquilo, solo hemos tenido un pedido en toda la mañana, así que doña Marcela me ha dicho que me marchara antes a casa.

—¡Qué impropio de ella! —apuntó Antonia con malicia.

—¡No seas mala! —le contestó.

Aurora consideraba que su patrona era muy buena con ella. Siempre le dejaba que Enrique la acompañara al trabajo para que no se quedara solo y era comprensiva cuando surgía algún imprevisto en casa. Entonces el pequeño entró en la cocina correteando.

—¿Hervido otra vez? —preguntó con desgana—. ¡Nooo! ¡No me gustan las zanahorias!

—Nos ha salido señorito el pequeñajo —espetó Antonia.

Tras la cena, Antonia y Aurora le leyeron un cuento a Enrique antes de irse a la cama. Aurora fue la única que se quedó en pie, esperando a que llegara el patriarca. El reloj marcaba casi las diez y media. Ya llevaba ocho horas sin saber de él.

Se planteó llamar a doña Marcela. Después de todo, ella le había pedido que le diera aquel recado a su padre, así que debía de saber dónde estaba.

Era tarde, pero necesitaba hablar con ella.

Por suerte, Marcela siempre estaba ahí, y sabía que la tranquilizaría.

Además, su vecina y patrona conocía bien a su padre.

La amistad entre ellos se remontaba a los años anteriores a la guerra, ya que su difunto marido y Pablo habían sido buenos amigos en su juventud.

Como vivían en la misma escalera, solo tenía que subir y llamar a la puerta.

Si la viese algún vecino, simplemente diría que acababa de recordar un pedido de última hora para la floristería.

Llamó al timbre, pero no recibió respuesta.

Volvió a llamar, esta vez acercando la oreja a la puerta.

Nada. Al otro lado no se oía nada. Definitivamente, doña Marcela no estaba en casa, pero ¿qué hacía una mujer fuera a esas horas de la noche?

¿Estaría con su padre y con aquellos campesinos? ¿Qué se traerían entre manos?

Oyó cómo el sereno abría el portal a otro vecino; por las voces, le pareció el del segundo, así que corrió de vuelta para no ser descubierta.

Una vez en la sala de estar, se acurrucó bajo una manta junto a la estufa.

El reloj marcaba las once. Se le estaban empezando a cerrar los ojos cuando la sobresaltó el sonido metálico de las llaves abriendo la puerta.

Su padre había regresado. Era casi medianoche.

—Aurora, ¿qué haces aún despierta?

—Te esperaba a ti.

—Pues no hacía falta, hija.

—Padre, ¿quiénes eran esos muchachos?

Pablo se quitó el abrigo fingiendo que no la había oído, pero su hija insistió.

—Padre, ¿por qué llamaron a doña Marcela la Dama Escarlata? ¿Qué significa eso?

—Hija, cuanto menos sepas, mejor.

Aurora recordó el consejo que le había dado su madre hacía muchos años: «Es más seguro no saber y cegarse en la felicidad de la ignorancia que descubrir secretos y andanzas que comprometerían el equilibrio».

Pero ¿y si no quería ser una ignorante? Por mucho que hubiese querido a su madre, Aurora no era como ella, no podía cerrar los ojos y mirar a otro lado mientras sus allegados andaban hacia un precipicio.

—Padre, ¿y si quiero saber? Yo te di el recado como me mandó doña Marcela; por tanto, ¡tengo derecho a saber!

Pablo suspiró rendido. Se acercó al aparador, donde guardaba una botella de whisky, se sirvió una copa y se sentó en su butaca.

—Esos chiquillos que fueron al puesto de flores son buenos mozos... Yo era amigo de su padre, pero al intentar volver a España lo han fusilado.

—¿Fusilado?

—Sí. Los pobres se han quedado sin padre. Juan y Pedro necesitan ayuda, un hogar. Ahora están en peligro y necesitan cobijo.

—¿Y tú les vas a ayudar?

Pablo asintió.

—Hoy les he buscado un sitio provisional, pero hay que pensar a largo plazo...

—No entiendo, ¿por qué se esconden?

—Los están buscando porque piensan que están metidos en los mismos asuntos que su padre.

—¿Qué tipo de asuntos? —insistió Aurora.

Pablo carraspeó antes de contestar vacilante.

—Asuntos... políticos, supongo —contestó, satisfecho con su elección de palabras.

—Padre, todo esto... ¿es seguro?

—No te preocupes, hija, nadie sospecha que esta mañana había dos maquis merodeando por la plaza del Caudillo.

La verdad cayó sobre los hombros de Aurora como una jarra de agua fría. Entonces entendió las palabras de su difunta madre: bendita ignorancia.