El ramo nupcial
Marga se quedó observando las peonías blancas.
Era un ramo de novia precioso, algo ostentoso, pero que representaba muy bien a su hermana Rocío, a quien siempre le había gustado ser el centro de atención y apostar por lo diferente.
Marga se acercó a oler las flores, no conocía el nombre y seguramente era la primera vez que las veía.
Tenían un olor intenso que se le subió a la cabeza como un chupito de tequila.
Se dio cuenta de que se había caído un pétalo.
Entonces oyó el maullar de Filomeno, un gato pardo que habían rescatado hacía varios años y que siempre estaba por allí.
La miraba desafiante desde el otro lado del aparador, juzgándola por el pétalo marchito.
Manteniendo la mirada, se paseó osadamente alrededor del ramo y le dio un latigazo con su cola antes de saltar al suelo.
Marga acudió enseguida para valorar el daño: solo una peonía había salido perjudicada.
La sacó con cuidado y la escondió en un jarrón antiguo, nadie notaría que había veintinueve flores en vez de treinta.
Miró alrededor comprobando que no la hubiesen visto.
Marga sabía que su hermana mayor le tenía tirria y no quería que la culpase de arruinar su ramo de novia.
Rocío había sido una niña muy deseada y algo consentida, pero cuando nació Marga, esta la destronó.
Los celos, normales entre hermanos, se exacerbaron cuando falleció su padre, ya que, como Marga tenía solo cinco años y era la pequeña, todos los mayores se volcaron en ella.
Por ello, desde niñas, siempre se habían llevado como el perro y el gato.
Cualquier juego, desde el escondite a una partida de dominó, terminaba en gritos, desavenencias y empujones.
Solo cuando intercedía su hermano mediano, Florián, retornaba la paz y podían encauzar el juego y divertirse.
Además, a pesar de haber crecido en la misma familia y habérseles inculcado los mismos valores, se habían convertido en mujeres con aspiraciones muy dispares.
Marga era muy independiente y tenía unos objetivos profesionales claros: siempre había querido ser médico.
Desde pequeña le había fascinado la sangre o, más bien, las células.
Cuando algún niño se caía en el patio del colegio, corría tras la maestra para llevarlo a la enfermería.
Se quedaba hipnotizada viendo cómo la sangre que brotaba de un corte se convertía en una fina costra y finalmente en una cicatriz, y luego desaparecía prácticamente la laceración inicial.
Por otro lado, la mayor aspiración de Rocío era casarse y pertenecer a una buena familia.
Deseaba prosperar socialmente, pero no era trabajadora ni estudiosa.
Cuando de pequeña algún adulto le preguntaba cómo se imaginaba su futuro, la contestación de ella era clara:
—Tumbada junto a una piscina mientras mi marido gana el dinero y una criada me limpia la casa.
Los mayores siempre se reían con su respuesta, pero ella no bromeaba y aquel día era la prueba de ello.
Marga echó un vistazo a la sala. Su hermano, Florián, estaba junto a los canapés cebándose disimuladamente; parecía que no le dieran de comer en el servicio militar en el que había tenido que pedir permiso para acudir a la boda.
Su abuelo, Pablo, estaba en el jardín fumándose un caliqueño, pensativo.
Era un hombre bondadoso, pero que desprendía un aura de misterio.
A Marga no le costaba adivinar por dónde discurrían sus pensamientos: es en días clave cuando a uno le pesa el tiempo, y el casamiento de una nieta sepulta la experiencia vital de cualquiera.
En el lado opuesto del jardín, en el porche, estaba la tía Antonia, la hermana de su madre, sentada junto a su marido Miguel.
Antonia se había casado pasados los cuarenta con don Miguel, un admirador de su trabajo como violinista que le había pedido una cita tras un concierto en el Auditorio Nacional de Música, en Madrid.
La tía Antonia había sido la primera de su familia en tener estudios universitarios; se había licenciado en música y había viajado por todo el mundo al lado de su violín.
Sus sobrinos la adoraban. Habían crecido esperando expectantes sus postales desde Ciudad de México y Buenos Aires, donde había vivido largas temporadas, y sus estrafalarios regalos de sus tours europeos, especialmente los juguetes londinenses de Hamleys que llegaban tras sus conciertos en el Albert Hall.
Al enamorarse de don Miguel, se afincó de manera definitiva en Madrid.
Desde entonces, Antonia se había vuelto más sensible y se había esforzado en nutrir la relación con su familia.
Aun así, parecía que su mirada se enfriaba cada vez que el abuelo Pablo hablaba de más, y él rebajaba su extravagancia cuando ella estaba cerca, comedido por su presencia.
Mientras todos esperaban, su madre, Aurora, iba de un lado a otro de la casa atendiendo a todos los detalles para que fuese el día soñado por su primogénita.
El fotógrafo estaba en casa haciendo fotos a Rocío, ya vestida con su aparatoso traje de novia.
No le faltaba de nada: mangas de farol, volantes en el cuello y una enorme lazada en la cintura.
Le estaba dando indicaciones de cómo posar.
—Ahora acerca las manos a la oreja, como si te estuvieras poniendo un pendiente.
Rocío le obedeció colocando cuidadosamente sus manos en el lóbulo derecho de manera que taparan el pendiente que ya llevaba puesto. Exhibía una sonrisa radiante: era su día, hoy ella era la protagonista.
—Perfecto, ahora una foto a través de la ventana, mirando al horizonte.
Se acercó a la ventana como indicaba el fotógrafo. Su madre la siguió y se agachó para ahuecarle el vestido almidonado y que luciera mejor.
Al principio su madre, Aurora, había sido reticente a la idea de celebrar el convite nupcial en el chalé familiar, que normalmente utilizaban en los meses de veraneo.
Sin embargo, Rocío había insistido tanto que al final su madre había cedido.
Además, le había dado un lavado de cara a la antigua villa bajo los dictámenes de la joven novia: se había cerciorado de que todas las paredes recibieran una buena mano de pintura, había confeccionado cortinas nuevas y había mandado los sofás a tapizar en tonos crema.
La entrada del recibidor la había empapelado con un papel floral y había comprado una gran figura de Lladró: dos jóvenes enamorados vestidos de falleros.
Todo en aquella casa gritaba clase media que aspiraba a burguesía.
Aunque desde que los negocios de su padre se fueron a pique poco antes de su fallecimiento, ni siquiera eran clase media.
Nadie hubiera supuesto que, a pesar del despliegue de aquel día, vivían muy humildemente y que la pensión del abuelo Pablo, al igual que la de viudedad de su madre, Aurora, eran una bendición para la familia.
Marga vio como su madre se acercaba y le ofreció una copa de cava.
Aurora ya estaba arreglada y esperaba nerviosa a que terminara la sesión fotográfica y comenzara el evento.
Llevaba un traje chaqueta en color verde agua que disimulaba las curvas usuales en una señora de casi cincuenta años y resaltaba su poderosa mirada verde azulada.
El pelo rubio platino, cardado y rociado de laca, marcaba sus ondas, que no se movían ni un ápice, y los labios pintados de carmín fresa reflejaban la frescura de su alma a pesar del paso del tiempo y enmarcaban su sonrisa.
Entonces, al apoyar la copa en el aparador, se fijó en los dos pétalos que yacían sin vida junto al ramo de novia de su hija.
—Vaya, eso es un mal augurio —sentenció con un suspiro.
—¡No seas supersticiosa, mamá! Eso son bobadas —le contestó Marga entre susurros.
—Ya veremos. Esperemos que Germán sea un buen marido para tu hermana.
—Bueno, mamá, le conocemos de toda la vida. No podrás decir que es un desconocido, todos sabemos bien cómo es y cuáles son sus defectos.
—Por eso mismo, nena, por eso mismo...
Aurora suspiró, cerró los ojos un segundo y se quedó en silencio.
Al abrirlos, apuró la copa de champán y sonrió.
Marga conocía muy bien a su madre y sabía que esa sonrisa era forzada, pero no le preguntó; después de todo, era un día de celebración.
Marga no recordaba la primera vez que conoció a Germán, ya que siempre había formado parte de su vida.
Era hijo del socio de su padre, compañero de juegos en la infancia y más tarde se convirtió en el novio de su hermana mayor.
Llevaban saliendo juntos desde los quince años; sin embargo, a pesar del ansia de Rocío por casarse, habían tardado casi diez años en dar ese paso.
Germán defendía los valores más castizos del antiguo régimen, pero tenía una actitud demasiado libertina.
Se le iban los ojos con cualquiera, lo cual exacerbaba la disposición celosa de Rocío y había sido motivo de varias broncas durante el largo noviazgo.
Entonces entró el abuelo Pablo en el salón, él era quien acompañaría a Rocío al altar, y llevaba a su palomo, Karlitos II, en el hombro derecho.
Pablo siempre había sido un aficionado a la colombofilia, pero desde su jubilación se dedicaba a criar y adiestrar palomas a tiempo completo.
A sus setenta y tres años se movía con una gran agilidad, su cojera era prácticamente imperceptible y participaba asiduamente en campeonatos y exhibiciones de colombicultura.
Su predilecto era Karlitos II, ganador de la última competición regional y al que había decorado sus plumas blancas en tonalidades rojizas.
Rocío le fulminó con la mirada, odiaba las excentricidades de su abuelo.
—No te preocupes, no viene conmigo, solo nos estamos despidiendo.
A Marga, en cambio, le encantaban sus locuras y extravagancias: por ejemplo, que adorase a los animales y los tratase como si fueran personas. El abuelo Pablo era quien se había empeñado en adoptar a Filomeno, y al final el gato había pasado a formar parte de la familia.
El abuelo Pablo y Rocío subieron al coche nupcial decorado con hortensias blancas y lazos de organza que los llevaría a la iglesia de La Cañada, un pequeño pueblo a las afueras de Valencia.
El resto de la familia les seguía en el coche de don Miguel, el marido de la tía Antonia.
Cuando llegaron, la iglesia estaba a rebosar.
La mayoría de los invitados eran por parte del novio y sus padres, así que Marga solo reconoció a su mejor amiga, Eva, que, aunque no tuviera la misma sangre, era prácticamente de la familia.
Al cruzar la iglesia para sentarse en el banco reservado a la familia, le guiñó un ojo de manera cómplice.
Mientras tanto, su madre, desde la distancia, saludó a los padres del novio alzando la barbilla.
Al sonar la marcha nupcial, todos se levantaron para mirar a la novia, que se abría camino entre halagos y cumplidos de los invitados.
Marga vio cómo los ojos de su madre se volvían vidriosos; no sabía si las lágrimas eran de felicidad por ver a su hija casarse, de pena porque su marido no estaba allí para llevarla al altar o de alivio porque, tras los últimos meses de preparativos, por fin había llegado el gran día.
Con emoción contenida, los novios intercambiaron los votos religiosos que habían preparado.
Entonces, al llegar la consagración de la eucaristía, unas trompetas rítmicas irrumpieron en la celebración.
Entonaban el himno de España, coreado por la voz de un tenor que lo cantaba incluyendo los versos franquistas.
Se oyeron cuchicheos entre los invitados: el dictador llevaba más de dos años muerto. Don Armando, el padre de Germán, se dirigió a Aurora complacido:
—Es una sorpresa que he encargado para los chicos, pensé que sería un bonito detalle. Aunque el Generalísimo ya no esté con nosotros, debe ser respetado.
Aurora asintió, tragó saliva y le ofreció una sonrisa tensa a su reciente consuegro.
A continuación empezó a mover los labios, fingiendo conocer la letra del himno que no entonaba desde que era pequeña.
Enseguida se giró al resto de la familia y les indicó con las cejas que la imitaran.
Aunque no se sintieran cómodos, sabían que lo hacía por Rocío, de modo que la siguieron y corearon el antiguo himno que muy a su pesar habían aprendido en el colegio.
Sin embargo, el abuelo Pablo, en vez de unirse, empezó a toser.
Su tos fue in crescendo turbando el momento.
Se sentó intentando recomponerse, pero continuó con su agudo ataque de tos hasta que fue auxiliado por un monaguillo que le ofreció un vaso de agua.
Al terminar la sintonía, Armando se envalentonó eufórico al ver a su único hijo casado y, lleno de emoción, gritó:
—¡Vivan los novios!
—¡Vivan! —respondieron todos los invitados.
—¡Viva España! —siguió Armando enorgullecido por el himno que acababan de cantar.
—¡Viva! —contestó la mayoría.
—¡Viva Franco! —finalizó Armando.
—¡Viva! —corearon algunos invitados, la mayoría familiares del novio, mientras otros se sumían en susurros.
El sacerdote y el sacristán se miraron con contrariedad, indecisos sobre cuál debía ser su posición eclesiástica ante tal situación y hasta qué punto se podían politizar en los nuevos tiempos.
Marga observó cómo su madre y su tía intercambiaban una fugaz mirada de circunstancias.
Sabía que la nueva familia política de Rocío era de derechas, pero, a pesar de conocerlos desde hacía tantos años, desconocía que aún fueran unos fanáticos de la dictadura de la que se estaba empezando a recomponer España.