El Mercado de las Flores #3
El invierno anterior, doña Marcela tuvo que cerrar varios días la parada de flores debido a la gran helada que envolvió la ciudad y parte de la provincia, que inesperadamente amanecieron cubiertas con una espesa capa de nieve.
Según los periódicos, las temperaturas habían llegado a siete grados bajo cero, lo que supuso la ruina para la cosecha de naranjas valencianas y, por ende, para la flor de azahar.
Lo que perturbaba a la patrona no era solo la pérdida de la bella flor, sino además el efecto dominó que podría causar la falta de cultivos.
La prolongación del inhóspito frío desembocaría en que sus clientes tendrían menos dinero, ella vendería menos y se verían obligadas a cerrar la parada.
Doña Marcela apenas tenía treinta y tres años, pero ascendió a la categoría de «doña» al perder a toda su familia y heredar la humilde parada de flores.
Era una mujer menuda, y un poco gruesa, que se presentaba siempre con una gran entereza y madurez.
Sus ojos castaños confirmaban el luto que vestía de pies a cabeza desde hacía diez años, cuando ocurrió la tragedia de su familia.
La noche del 11 al 12 de febrero de 1937, Valencia fue blanco de los nacionales, que bombardearon desde el mar la zona del puerto y sus barrios colindantes para provocar la partida del Gobierno republicano a Barcelona.
En el modesto vecindario portuario del Cabañal, se desplomó la casa donde se había criado y acabaron enterrados en los escombros de su infancia sus padres, sus hermanos y su abuela.
Doña Marcela se salvó porque había pasado la noche junto a su amante y técnicamente esposo al otro lado de la ciudad, en el mismo edificio donde vivía la familia de Aurora.
Su patrona se había casado por lo civil en 1935 con un conocido político de Esquerra Valenciana que, contribuyendo a sus desgracias, nunca regresó de la batalla del Ebro.
Aunque incluso peor que la muerte de su querido Pepe, a Marcela lo que más le dolía y le vaciaba el alma era que su breve matrimonio no tuviese validez.
En el nuevo sistema franquista, los matrimonios contraídos durante la República eran infravalorados y menospreciados, y ni siquiera tenía derecho a una humilde pensión de viudedad.
Sin hijos ni certificado eclesiástico que corroborasen dicha unión, era como si el amor que tuvo hacia Pepe nunca hubiese existido.
Las tragedias familiares y amorosas envejecían los ojos de doña Marcela.
Sin embargo, hacía una década de sus desgracias, y empezaba a anhelar cambiar el negro de su vestimenta por el gris.
Aquella mañana de invierno Aurora estaba componiendo un ramo de crisantemos para un entierro cuando se acercaron dos jóvenes extraños al puesto de flores.
Tendrían una edad similar a la de Aurora, que cumpliría dieciocho el próximo verano, y por su vestimenta agujereada parecían campesinos.
Definitivamente, no eran los típicos clientes del mercado de Goerlich, aunque en ocasiones se acercaban al puesto compradores de pueblos cercanos que estaban de visita en la ciudad.
Los dos chicos tenían facciones similares que delataban su indudable parentesco, ambos con mandíbula ruda y tez morena, aunque uno de ellos tenía un atisbo de barba, que indicaba que era el mayor, y llevaba la voz cantante.
Aurora pensó que debía de haber cumplido los veinte años.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles? —los saludó.
—Venimos de Montpellier —dijo el chico de la barba. Se acercó al mostrador como si el pedido fuera una confidencia y en voz muy baja añadió—: Al parecer, cuando se pone el sol, los linces marchan al monte.
—¿Perdone? —Aurora creyó que no había oído bien el pedido.
—Cuando se pone el sol, los linces marchan al monte —repitió entre susurros el joven, mirando alrededor para comprobar que los demás tenderos no alcanzaban a oírlos.
—Lo siento, no entiendo de qué me está hablando. ¿Quiere un ramo de flores?
Aurora había escuchado bien, pero no sabía por qué decían esa frase o qué significaba.
Al principio, pensó que habría confundido alguna palabra o que el chico la habría pronunciado mal, pero no tenía acento francés y se expresaba perfectamente en castellano pese a venir de Montpellier.
Los muchachos se miraron desconcertados, había un destello de miedo en sus ojos; el pequeño negó con la cabeza mirando a su hermano mayor.
—Perdone, nos hemos equivocado de puesto. Pensábamos que estaba regentado por la Dama Escarlata.
—Así es. —En ese momento apareció por detrás doña Marcela, quien, entrando en la parada de flores, preguntó—: ¿Qué desean?
—Cuando se pone el sol, ¿los linces marchan al monte? —dijo por tercera vez el joven, esta vez rápido, formulando la frase en forma de pregunta con miedo, como si estuviera rezando por su porvenir.
—Pero al alba retornan como gatos de caserío —contestó doña Marcela.
El joven suspiró aliviado, miró a su hermano pequeño y sonrió.
Aurora observaba a ambas partes perpleja, sin entender en qué consistía esa reunión, ese intercambio de palabras sin sentido que parecía provocar cierto regocijo a doña Marcela. Entonces, esta se dirigió hacia Aurora con un brillo en los ojos:
—Niña, busca a tu padre y dile que hay dos gatos perdidos que necesitan cobijo.
—Sí, señora —asintió Aurora poniéndose el abrigo y dejando los crisantemos olvidados sin entender por qué tanta urgencia.