Las flores del ayer El Mercado de las Flores #2
6%

El Mercado de las Flores #2

Apenas un año después de que volviera su padre, en noviembre de 1941, nació su hermano Enrique.

En la oscuridad en la que vivían, el nacimiento del pequeño había sido un halo de luz para la familia y un momento de orgullo para su padre, que por fin tenía un hijo varón.

Sin embargo, fue una estrella fugaz, ya que en las Navidades de 1943 un catarro germinó en los pulmones de Felisa.

En los dos meses siguientes, fue floreciendo en asma, tos seca y fiebres altas.

Con el carbón racionado y sin acceso a la penicilina para obrar una recuperación milagrosa, su enfermedad se extendió como una enredadera hasta arrebatarle el último aliento.

Después de todo lo que había vivido, nadie hubiese pensado que una tonta tos sería el clavo en su ataúd.

Cuando su madre marchó al mundo de las almas en febrero de 1944, Aurora tuvo que madurar de golpe y hacerse cargo de sus hermanos.

Su hermana, Antonia, era solo tres años menor que ella, pero tenía un gran don para la música.

Su padre soñaba con que fuese una gran violinista y llegara a trabajar en el conservatorio o la ópera, aunque Aurora tenía unas aspiraciones más realistas y esperaba que su hermana acabara trabajando de maestra para niñas distinguidas.

Pablo, que a pesar de su cojera trabajaba en el puerto de Valencia y era un buen conocedor del mercado negro, le había conseguido un violín ruso en el estraperlo a la pequeña Antonia, que lo cuidaba como si fuera un tesoro.

En cuanto a su hermano, Enrique, Aurora se entristecía al pensar que no recordaría a su madre, la buena de Felisa, ya que apenas andaba cuando se quedó huérfano.

Sin embargo, Aurora y Antonia habían intentado mantener viva la memoria de su madre contándole historias de ella al pequeño.

Se sabían de memoria su anécdota favorita, y él les pedía que se la contaran casi todas las noches antes de ir a dormir:

—Como sabes, madre era muy despistada. ¡Siempre se le olvidaba algo!

Llevaba al cuello un colgante, un portarretratos de oro que al abrirse tenía la fotografía de padre.

Amaba a padre con locura, y todas las noches, cuando él estaba en la guerra, le daba un beso al portarretratos antes de ir a dormir —empezaba Aurora.

—Un día, se dio cuenta de que había perdido el colgante y se llevó un gran disgusto. Buscó por toda la casa. Abrió todos los armarios y cajones, movió los muebles y miró debajo de la alacena, detrás del sillón... Nada, no hubo suerte —continuaba Antonia.

—Entonces, ¿qué hizo madre? —Enrique sabía que venía su parte preferida, y a Antonia le tocaba poner empeño y dar énfasis con la voz.

—Entonces cogió un pañuelo de tela y empezó a atar un nudo en cada esquina recitando: «San Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato, hasta que no aparezca el colgante no te los desato». —La risa de Enrique estallaba en el momento en que se pronunciaba la palabra cojones.

—Por supuesto, Antonia y yo, aunque éramos pequeñas, nos unimos al conjuro y las tres recitamos: «San Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato, hasta que no aparezca el colgante no te los desato».

Yo esperaba que el colgante de oro apareciese como por arte de magia, pero no pasó nada.

Al llegar la noche, exhausta, madre fue a ponerse el camisón para ir a dormir.

Entonces, al quitarse el zapato, ¿adivinas lo que encontró?

—¿El qué?

—El colgante con la fotografía de su amado, nuestro padre —concluía siempre Aurora.

Y con ese dulce final, el pequeño Enrique sucumbía al mundo de los sueños, protegido por sus hermanas mayores.

Había crecido correteando por el puesto de flores de doña Marcela, donde trabajaba Aurora, aunque como ya tenía seis años había empezado la escuela y ella le echaba de menos por las mañanas.

Para Aurora, trabajar en el Mercado de las Flores con doña Marcela era una distracción de las miserias cotidianas y un recordatorio de que aún existía la belleza y la paz en algunos lugares de España.

Además, le gustaba el ambiente de la céntrica plaza de Goerlich, con sus clientes distinguidos y su bullicio acompasado.

Todas las mañanas, el ama de llaves del barón de Cárcer les pedía tres ramos para los salones del noble.

También dirigentes y altos cargos del ayuntamiento de la capital del Turia se encontraban entre sus asiduos.

Como las flores no entendían de ideologías o clases sociales, cada vez eran más comunes las coronas encargadas por familiares cuyos difuntos habían sido fusilados.

Doña Marcela hacía hincapié en que debían llevar a cabo siempre dichos encargos desde la discreción y el anonimato.

Aquella gélida mañana de febrero, Aurora estaba observando el cielo encapotado desde el sótano del mercado.

—¡Qué tranquilas están las calles y el mercado hoy! ¿Crees que será debido al mal tiempo? —le preguntó a su patrona.

—No sé, no me gusta este vaivén... ¡Solo espero que no haya otra helada! No soportaría el frío del año pasado —contestó doña Marcela mientras se ataba el capote al cuello—. Me voy a hacer unas gestiones, volveré enseguida.