El Mercado de las Flores
Todos los sentidos eran esenciales para componer un ramo de flores, y Aurora sabía que su belleza radicaba en el equilibrio de los cinco. Trabajaba en una floristería y cada pedido era un lienzo en blanco que debía llenar de vida y arte en sintonía.
Empezaba con la vista: la elección correcta de los colores tenía el poder de transmitir diferentes sensaciones al receptor y revelar las verdaderas intenciones del emisor.
El optimismo del amarillo, la neutralidad del blanco, la rebeldía del rojo eran solo connotaciones comunicadas a través de la sonrisa de un girasol, la gentileza de una cala o un clavel testarudo.
La gama de tonalidades de cada color denotaba las diversas personalidades de las flores: algunas chillaban reclamando atención, mientras que otras susurraban con cautela pidiendo discreción.
Asimismo, Aurora pensaba que las flores tenían oídos y escuchaban confesiones indecibles, ya que, a pesar de que su presencia era siempre olvidada, eran testigos de celebraciones, duelos e infidelidades.
Todas las flores guardaban sórdidos secretos y tenían su propia opinión al respecto.
Por ello, cortaban con la espina de un amor no correspondido y se humedecían con los lloros del rocío.
De la misma manera, Aurora estaba convencida de que las amapolas malintencionadas dejaban un sabor amargo y que las petunias sabían a rancio, pero que los tulipanes eran siempre dulces.
Finalmente, el sentido más controvertido era el del olor.
En general, las fragancias florales emanaban pasión, libertad, felicidad...
Sin embargo, su esencia en exceso era capaz de ascender por la nariz como una peligrosa carga vaporosa que se asentaba en la cabeza.
De esta manera, la flor más preciada podía convertirse en una terrible migraña.
Aurora había dejado la escuela a los catorce años, cuando su madre enfermó de neumonía, aunque lo cierto era que nunca le había gustado ir al colegio.
Aborrecía a las monjas que vigilaban a los niños y juzgaban a los padres.
Ella se había criado de manera bastante indisciplinada, ya que su padre había estado ausente luchando en la Guerra Civil la mayor parte de la infancia de Aurora, y su madre, Felisa, tenía un corazón demasiado tierno para ser autoritaria, incluso le hacía gracia su desparpajo y su soltura.
Pero su naturaleza descarada no había casado bien con las monjas escolapias, por lo que siempre había sido el blanco de los castigos en el colegio.
Los había sufrido todos: desde reglazos hasta pasar horas encerrada en un armario.
Sin embargo, el castigo que recordaría toda su vida se lo ganó cuando, con diez años, se saltó la nueva costumbre matinal de izar la bandera y cantar el himno de España para esconderse en la buhardilla del colegio, donde le gustaba husmear entre los arcones antiguos y demás mobiliario olvidado.
Tras ser delatada por una compañera de clase, sor Remedios la agarró de una oreja y la arrastró hasta el balcón del aula que daba a la avenida de Fernando el Católico.
Allí, la religiosa la obligó a arrodillarse y poner los brazos en cruz mientras le colocaba unas orejas de burro.
Pasó toda la mañana en esa incómoda posición observando a los viandantes de la concurrida avenida.
Al principio, pasó vergüenza, ya que muchas personas se la quedaban mirando y se reían señalando las orejas, pero conforme transcurrió la mañana fue avistando a conocidos del barrio de Abastos y les saludaba sonriente o haciendo muecas absurdas.
Para su desgracia, su inocente entretenimiento finalizó en cuanto sor Remedios se percató; entonces añadió dos libros a los brazos en cruz para complicar y agravar el castigo: en un lado la Biblia y en el otro el Quijote .
Al terminar la escuela, sor Remedios le comentó a su madre la gravedad de lo ocurrido.
Felisa, abochornada por el comportamiento de su hija, le dio una bofetada delante de la monja, a la que le prometió que no volvería a suceder.
Fue la primera y única vez que Aurora vio a su madre enfadada.
Al llegar a casa, la reprendió con severidad entre susurros y con los ojos enrojecidos por el llanto.
—Tus chiquilladas pueden tener consecuencias abismales en el seno de esta familia. ¿Acaso quieres que tu padre no vuelva a casa? ¿O que vaya yo a la cárcel?
—No, madre, perdóname —sollozó Aurora.
—Si nos denuncian, os quedaríais huérfanas tu hermana y tú, como muchos otros niños tras la guerra.
—Lo siento, madre.
—No hay perdón que valga. A partir de ahora, obedecerás a las monjas, cantarás el himno e izarás la bandera.
Aurora asintió haciendo pucheros, pero en su alma se abrió un agujero que desterró parte de su inocencia y la sustituyó con la semilla del miedo.
Sabía que su familia no formaba parte de los ganadores en aquella nueva España, en la que el silencio y la sumisión era el castigo de los perdedores.
Las monjas vestían la piel del cordero de Dios, pero pertenecían al lado de los lobos que ahora gobernaban.
Por desgracia, en la España en la que vivía, no podía fiarse de nadie.
Aquella fue la primera vez que vio a su madre enfadada, y la segunda que la vio llorar.
La primera vez que vio a su madre sumergida en sollozos fue el 30 de marzo de 1939, cuando a la hora de comer los militares del bando nacional desfilaron por la calle interrumpiendo el almuerzo.
Había sido Aurora quien a sus ocho años de edad había dado el anuncio.
—¡Hay militares en la calle! ¡Hay militares en la calle! —gritó la niña.
Tanto su madre como su hermana pequeña habían corrido a asomarse al balcón, pero mientras Antonia tenía los ojos pegados al cristal, su madre había vuelto a sentarse en la mesa del comedor sumida en un mar de lágrimas.
Aurora se le había acercado confundida y preocupada, ya que no acababa de entender lo que estaba pasando.
—Mamá, ¿por qué lloras?
—Porque se acaba la guerra, hija —contestó Felisa mientras sorbía las lágrimas.
—Pero, mamá, eso es bueno, significa que no habrá más bombas. No tendremos que correr al refugio —le había contestado Aurora.
—No habrá más bombas, pero para nosotras significa que vuestro padre no podrá volver a casa.
—Pero ¿dónde está padre? Tendrá que volver porque, si ya no hay guerra, no podrá trabajar de miliciano.
Con los ojos enrojecidos y llorosos, Felisa sonrió y le dio un abrazo. Aurora notó la humedad de las lágrimas de su madre sobre el pelo y las mejillas. Entonces se acercó a su oreja y entre susurros le contestó:
—Padre está en Francia. Pero nadie debe saberlo. Tiene que ser nuestro secreto, no se lo puedes decir a nadie. Las cosas van a cambiar mucho, y si alguien se entera de que tu padre está en Francia y que era miliciano, sabrán que hemos perdido. Es posible que nunca le volvamos a ver.
Felisa perdió la voz mientras le invadía un sollozo desconsolado.
Aurora, impregnada por la tristeza y fatalidad de las palabras de su madre, se unió a su llanto.
Entonces, Antonia, que seguía asomada al balcón, se giró.
La pequeña de cinco años no entendía por qué su madre y su hermana lloraban, pero se sentó en la mesa del comedor y ella también lloró.
Por suerte, los temores de su madre no se materializaron, y su padre, Pablo, volvió a casa dos años más tarde, en enero de 1941.
Cuando le preguntaban, Pablo contaba que le habían herido de gravedad y que despertó a las semanas en una casa rural de la sierra del Maestrazgo turolense sin recordar lo ocurrido, ni siquiera en qué bando luchaba.
Relataba cómo abrió los ojos sintiendo un intenso dolor en la pierna derecha: había sufrido una herida de bala en la pantorrilla.
Pero los campesinos que le encontraron consiguieron sacar la bala con sus rudimentarias herramientas, salvando la pierna de la amputación, y al final todo acabó en una simple cojera.
Pablo también describía la angustia que había sentido al no recordar quién era, dónde estaba y qué hacía tumbado en un pajar: había perdido todos sus recuerdos, incluyendo los de su esposa y sus dos hijas.
Su padre contaba con tal convicción y detalle su recuperación de la herida y la memoria que Aurora se preguntaba si realmente había estado en Francia.
Asimismo, describía las áridas e inhóspitas tierras aragonesas, cuya gran fortaleza eran las montañas de la sierra del Maestrazgo, como si las hubiese visitado, contribuyendo a la incógnita de cuál había sido su auténtico paradero desde finales de 1938 hasta que regresó a principios de 1941.
Pero cuando Aurora le comentó a su madre las incongruencias en el relato de su padre, la respuesta de Felisa la marcó:
—Las mujeres no necesitamos saber todos los quehaceres de los hombres. En ocasiones, es más seguro no saber y cegarse en la felicidad de la ignorancia que descubrir secretos y andanzas que comprometerían el equilibrio. Acuérdate siempre.
Recordaba a su madre como una mujer simple, pero pragmática.
La realidad es que fue la soledad que había sufrido en los tiempos de hambruna y escasez, intentando criar a sus hijas durante la Guerra Civil y la posguerra, la que la había llevado a olvidarse de fantasías juveniles y a enfocarse en sobrevivir a toda costa.
Como muchos de sus coetáneos, Felisa no vivía plenamente, simplemente sobrevivía.