Las flores del ayer Los claveles rojos
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Las flores del ayer

Las flores del ayer

Por Virginia Bonet

© inepub.com

Los claveles rojos

Era el Día de Todos los Santos y, como cada año, Tina y su familia acudían al cementerio, pero este año era diferente, ya que faltaba una persona, la más importante, y era a su lápida adonde iban a dejar flores.

Su abuela, su «yaya», como ella la llamaba, que los acompañaba todos los años, se había marchado hacía unos meses tras una rápida pelea contra el cáncer.

Fue tan efímera la enfermedad que apenas pasó mes y medio entre el diagnóstico de metástasis y su último adiós.

No tuvo tiempo de luchar o alargar su estancia con quimioterapia o cirugías, directamente la pusieron con cuidados paliativos en cuanto llegaron los resultados.

En ese corto periodo, Tina había visto a su abuela marchitarse como una rosa sin agua.

Tras cada ingreso en el hospital, parecía que volvía a casa con diez años más y diez días menos.

Lo peor para Tina fue darse cuenta de que su abuela estaba en la recta final.

Tras el diagnóstico, su deterioro fue tan abismal que su madre insistió en que la abuela debía instalarse en la habitación de invitados y vivir con ellas.

La yaya accedió enseguida, pensó que no recibiría mejores cuidados que estando junto a su hija, quien, después de todo, se dedicaba a la medicina.

A Tina, tenerla en la habitación de invitados le recordaba a su propia infancia, ya que, como su madre trabajaba largas horas, su abuela había tenido que pasar temporadas prolongadas en su casa.

A pesar de su fragilidad, su yaya había estado encantada de deshacer la maleta en aquel dormitorio tan conocido.

A ella le entretenía pasar el rato con su nieta.

Cuando se encontraba con fuerzas, se iban de paseo juntas, jugaban al parchís o veían una telenovela.

Es en el día a día donde se forjan los mejores recuerdos.

Esos que se anhelan cuando las cosas han cambiado y las personas ya no están.

Tina no fue consciente de lo enferma que estaba su abuela hasta que una tarde, de repente, apagó la televisión a mitad de la telenovela y le dijo:

—Nena, hazme un favor y tráeme el joyero que hay en el segundo cajón de mi cómoda. Tengo algo para ti.

Tina la obedeció un poco sorprendida por la repentina petición de su abuela y se sentó a su lado. Su yaya abrió la pequeña caja nacarada y sacó varios colgantes, sortijas y pendientes, todos de oro o con alguna piedra preciosa.

—No hay muchas, pero estas son las pocas joyas de valor que tengo y dentro de poco serán todas tuyas. Bueno, tuyas y de tu madre, pero después de todo tú eres la única nieta, la única chica, así que al final serán todas tuyas.

—Anda, yaya, no digas tonterías —le había contestado Tina, no quería creer que la perdía.

—No digo tonterías, estoy enferma y no me queda mucho tiempo.

Quiero que conozcas las más especiales para que permanezcan en la familia y siempre les des el valor que merecen.

Esta medalla de la Virgen de los Desamparados era de mi madre, tu bisabuela, prométeme que te la pondrás en las próximas fallas.

A su abuela le encantaba contar historias del pasado, y ella, desde pequeña, escuchaba embelesada sus palabras.

Podía hablar horas de su infancia durante la Guerra Civil, su juventud en los años de posguerra y del amor que había sentido por su marido, quien se había marchado al cielo demasiado joven.

En ocasiones, se quedaba en silencio a mitad de un relato, perdía el hilo de lo que iba a contar y retomaba la historia haciendo saltos.

Era como si su pasado fuese una fotografía antigua que, al revelarse, había sufrido alguna que otra mancha.

Le había transmitido a su nieta la devoción por la Virgen de los Desamparados y su pasión por las fallas, las fiestas más importantes de Valencia.

A las dos les encantaba el mes de marzo porque las calles de la ciudad se llenaban de música, colores, petardos y fuegos artificiales.

—Valencia brilla de forma especial en las fallas, el fuego que llevamos los valencianos dentro no lo encuentras en la gente de otras partes de España. Además, siempre tenemos el amparo de la Geperudeta, aunque parezca que estas últimas semanas se haya olvidado de mí...

Entre lágrimas, Tina asintió y accedió a ponerse la medalla en la próxima ofrenda a la Virgen de los Desamparados.

—Este colgante es de mis favoritos, me lo regaló tu abuelo. Mira lo que pone.

—«Te quiero más que ayer, pero menos que mañana» —leyó Tina—. ¡Qué bonito!

—Sí, tu abuelo era todo un caballero... ¡Le quería tanto! También me regaló estos anillos solitarios: uno por cada hijo.

Su abuela sujetó una de las sortijas, que era una fina tira de oro con un simple diamante en el centro.

Introdujo con cuidado el dedo anular, pero le estaba grande.

Lo intentó en el corazón, pero el resultado fue el mismo.

La enfermedad que la devoraba por dentro le había hecho perder mucho peso, sus huesudos y nudosos dedos eran testimonio de ello.

—Bueno, también me regaló estos pendientes de turquesa por nuestro primer aniversario de bodas, esta pulsera de perlas por el segundo...

Así pasó la tarde, enumerando las diversas joyas: los pendientes de su boda, el aderezo de su compromiso, las polcas de su madre...

Había también alguna que otra esmeralda, pero en general tenían poco valor económico y gran valor sentimental.

Detrás de cada joya había una historia, una persona, un sentimiento, un momento de aquella vida que pronto quedaría atrás.

Su yaya sabía que su muerte era inminente, y así, conforme pasaron los días, su antigua vitalidad y alegría se convirtieron en debilidad y cansancio, hasta que ya no pudo más.

Tina la echaba de menos todos los días, y todas las noches lloraba hasta que caía dormida.

Desde que se fue sentía un vacío en su vida y en su rutina.

Para ella, lo más difícil eran las cosas cotidianas, como comprobar el contestador del teléfono y que no hubiese mensajes de su abuela.

Cuando era pequeña, al llegar a casa del colegio corría al contestador esperando su habitual mensaje que siempre empezaba con un «Nena, soy yo...

». ¡Cuánto echaba de menos su voz! También se hacía un lío con los tiempos verbales, especialmente con el verbo ser.

Por ejemplo, ¿tendría que decir «mi abuela es» o «mi abuela era»?

Se negaba a hablar en pasado de ella, argumentando que después de todo seguía siendo su abuela y continuaba viva en su alma y su corazón.

La tenía y la sentía muy presente y ese era el tiempo verbal que le gustaba utilizar, había renegado del pretérito.

La joven llegó al Cementerio General de Valencia acompañada de su madre y su tío.

Su madre era siempre Marga, nunca Margarita, detestaba su nombre completo.

Era una mujer muy atractiva para su edad; tenía cuarenta y siete años, pero aparentaba diez menos.

Además, al ser delgada, con piernas largas y cintura de avispa, acaparaba muchas miradas.

Tina rezaba por heredar su constitución y su estilo.

A su madre le encantaba seguir las modas, tanto de ropa como de pelo.

Últimamente, lo llevaba al estilo Beckham en una melena corta con flequillo al lado y mechas rubias marcadas.

Marga se había convertido en una eminencia en el campo de la reproducción asistida; llevaba casi dos décadas trabajando en una renombrada clínica valenciana de fertilidad, en su gabinete de dirección, ayudando a mujeres a conseguir su anhelado sueño de ser madres.

Había pacientes que viajaban desde todas las partes del mundo para acudir a su consulta, reconocida por tener el porcentaje más alto de fertilizaciones artificiales exitosas de Europa.

Le encantaba decir que, gracias a ella, «bebés nacidos en Londres, Boston o Miami habían sido concebidos en Valencia».

Al llegar a casa, hablaba con entusiasmo de su carrera profesional, que se había centrado en los últimos años en las investigaciones acerca de la preservación de óvulos.

Su objetivo era empoderar a mujeres a la hora de elegir cuándo ser madres, ayudándolas a luchar contra el temido reloj biológico y los parámetros naturales.

Como madre soltera, veía su contribución al desarrollo en este ámbito de la medicina como su legado feminista.

Pero su carácter fuerte y algo neurótico, que le había brindado tantos logros laborales, lo sufría su familia.

Sabía que su madre mataría por ella, pero no era fácil ser su hija.

Para Marga, todo lo que la envolvía debía ser perfecto, y consideraba a Tina, su única descendiente, una extensión de ella misma.

En cuanto las inquietudes de Tina chocaban con su visión, el resultado era el mismo que el roce de dos placas tectónicas.

Cualquier cosa podía desencadenar este fenómeno geológico, aunque solía estar relacionado con su lista de tareas y su exacerbado orden.

Su madre necesitaba tener todo bajo control, no había un ápice de espontaneidad en su vida, y creía que solo ella poseía el secreto de hacer las cosas de la forma más correcta.

En aquella ocasión, por ejemplo, ella se había encargado de comprar las flores: unos lirios amarillos, el color favorito de la abuela.

Como si de una procesión planificada se tratase, llevaba en brazos la jardinera de flores mientras se abría paso entre los corredores abarrotados del cementerio al son del tacón de sus botines blancos.

El hermano de su madre, el tío Florián, y Tina iban detrás de ella.

Florián era un hombre grandullón con el pelo casi blanco, pero por los reflejos se apreciaba que de joven había sido rubio.

Sus dulces ojos azules, junto con sus hoyuelos al sonreír, delataban su buen corazón.

Tina admiraba su capacidad para surfear las olas cuando la marea se volvía agitada por los temperamentos de las mujeres que lo rodeaban.

Era un hombre dicharachero y afable que tenía la habilidad de tergiversar las palabras con talento y encanto.

Había llevado su destreza como apaciguador más allá del ámbito familiar, y le iba muy bien en su trabajo como abogado del turno de oficio.

Nunca había anhelado tener hijos, pero se sentía responsable de Tina, ya que él era el único referente masculino en su vida, aunque tal vez no fuese el más tradicional.

Como un hombre de mediana edad sin ataduras filiales, su estilo de vida acomodado era su prioridad.

Le gustaba viajar, ir al teatro y coleccionar arte, y, aunque adoraba a su sobrina, prefería la flexibilidad de formar parte de su vida sin tener la responsabilidad absoluta.

Cuando hablaban los adultos, Tina sabía que su tío siempre estaba de su lado.

Sin embargo, parecía que desde que había muerto la abuela la dinámica había cambiado.

Ahora estaba más por su casa y llamaba a Tina por las tardes, cuando Marga trabajaba, para comprobar que hubiese llegado bien del colegio.

Mientras caminaban por el cementerio, Tina sintió un nudo en el pecho al ver los nichos.

Le parecía un concepto de lo más tétrico.

¿Quién habría tenido la macabra idea de organizar las tumbas de manera vertical en hileras?

El invierno anterior había visitado el cementerio de Kensal Green, al norte de Kensington, durante su estancia de intercambio en Londres para mejorar el inglés, y le pareció precioso.

Era un gran parque con tumbas en el suelo donde la gente podía sentarse en el césped para hablar con sus seres queridos.

Sin embargo, en el cementerio de Valencia se sentía angustiada andando por ese laberinto de nichos.

No podía dejar de pensar que, si por cualquier razón las paredes de lápidas se derrumbaran, acabaría enterrada debajo de los muertos.

Por suerte, esa soleada mañana de noviembre no tardaron demasiado en encontrar la lápida correcta.

—¿Qué es eso? —exclamó disgustada su madre nada más verla.

En la lápida, en el hueco de la jardinera de mármol, alguien había dejado unas flores. Una preciosa composición de claveles rojos. Tina se acercó a inspeccionarlas: olían a fresco.

—¡Tíralas! ¡Tíralas! —ordenó su madre.

—Mamá, pero si están frescas... Serán de hoy o de ayer.

Marga y Florián se miraron con un destello de alarma, como si esas flores supusieran una amenaza para ellos.

—He dicho que las tires.

Un par de señoras que estaban a pocos metros limpiando y arreglando la lápida de su difunto se giraron y se quedaron mirándolos expectantes. El tío Florián cogió las flores y, cumpliendo las órdenes de su hermana, las arrojó a una papelera cercana.

—Nosotros somos sus hijos, son nuestras flores las que deben estar ahí —zanjó su madre.

Florián asintió, estaba de acuerdo. Cogió la jardinera de lirios amarillos que aún sujetaba Marga y la colocó donde antes estaban los claveles rojos.

—Ahora démonos las manos y recordémosla en silencio —dijo él.

Los tres se cogieron de la mano, dejando a Tina al centro.

Ella continuaba perpleja por el repentino comportamiento de su madre y su tío, pero siguió sus instrucciones y guardó silencio.

Siempre había algún silencio, como el que callaba a su abuela cuando hablaba del pasado.

Jamás le había dado importancia, pero una reacción tan desproporcionada por un simple ramo de flores no le parecía normal.

Mientras reflexionaba, se quedó mirando fijamente la lápida con la foto, el nombre de su yaya y las fechas.

A URORA V ILLA S ANTOS 12 DE JUNIO DE 1930 - 13 DE AGOSTO DE 2007

Fijó su atención en la fecha. 13 de agosto de 2007. Un día, un mes y un año que no se repetirían. Una fecha ya pasada, en pasado . Tina sintió como si la losa del tiempo se le cayera encima, golpeándola contra la realidad de que nunca volvería a ver a su querida yaya.