Las flores del ayer Epílogo
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Epílogo

Una luz amarillenta despertó a Aurora. Era el sol atravesando las cortinas, se encontraba en una habitación del hospital, sola y dolorida.

La noche anterior había dado a luz por primera vez.

Había sido un parto complicado. Ella había deseado alumbrar en su propia casa, pero la matrona pronto se dio cuenta de que el bebé tenía el cordón umbilical enredado al cuello, lo cual suponía un peligro para su vida y la de su madre.

Aurora había llegado al hospital a tiempo gracias a que Francisco había conducido a una velocidad inaudita, pero aun así había perdido mucha sangre.

Recordaba la velada de manera fragmentada.

Recordaba el dolor en sus entrañas, los gritos y los jadeos junto a la matrona en el asiento de atrás, la llegada al hospital y el frenesí de llevarla rápido al quirófano, y, por último, el gemido del bebé. Una niña, le habían dicho.

Parecía que todo había sido complicado: la concepción, que había tardado años en llegar; el embarazo, que Aurora se había pasado encamada con vértigos, y el parto, en el que casi mueren las dos.

Aun así, la amaba con toda su alma y no cambiaría por nada lo que había sucedido.

Al final tenía un bebé sano, al que adoraba.

Adormecida, miró a su alrededor, la cuna estaba a escasos metros y había unos claveles rojos junto a su mesita de noche.

Abrió la tarjeta del ramo: «Enhorabuena por tu precioso bebé».

No llevaba firma, pero tampoco la necesitaba.

Igual que ella, también su amiga tenía sus flores favoritas: eran claveles rojos, los claveles de la revolución.

Sonrió pensando en Marcela, que había sido una madre postiza.

Esperaba que estuviera a salvo en el exilio y que pudiese llegar a tener una vida normal con tanta dicha como la que sentía ella en aquel momento.

No había vuelto a verla. Su padre, buen conocedor de cómo reaccionar cuando la situación se torcía, se había encargado de hacer que el cadáver y Marcela desapareciesen.

Aurora sabía bien dónde se encontraban los restos de aquel monstruo.

Estaban enterrados en el terreno que Francisco le había regalado al pedirle su mano.

Detrás de la finca medio en obras, bajo un olivo que había plantado y donde ella solía acudir a reflexionar, a rezar por sus pecados y a meditar.

Aunque su padre y Marcela habían abandonado la lucha tras la muerte de Enrique y la salida de Pablo de la cárcel, el paquete que incriminaba a Marcela se había mandado cuando aún estaba en activo.

Por eso, había tenido que huir de España.

Su padre le había dicho a Aurora que era más seguro que no supiera dónde se encontraba Marcela.

Ella se la imaginaba en algún país donde las mujeres tenían algo más de libertad y no eran esclavas de la tradición impuesta por la Iglesia.

Esperaba que estuviese en algún lugar muy recóndito y rural, pero, sobre todo, lejos de las garras del régimen.

En aquel momento entró Francisco en su pequeña habitación del hospital.

Estaba muy apuesto con el pelo hacia atrás, tanto como la primera vez que lo vio sin uniforme en la puerta de aquella iglesia.

Había aprovechado mientras ella dormía para ir a casa a refrescarse antes de que llegaran las visitas.

Se sentó en el lecho sujetando al bebé, mirándola y acariciándole el pelo.

La amaba más que nunca. Sabía lo que había sufrido, el dolor que había pasado —de hecho, aún estaba muy débil—, y todo por darle un bebé y formar una familia, lo más preciado. Solo por eso la amaba más que nunca.

—Tenemos una niña, una preciosa hija. ¿Cómo quieres que la llamemos?

—Rocío —contestó Aurora sin titubear.

Él se enterneció recordando aquellas primeras citas, aquellos sueños y conjeturas acerca de las flores de las que le hablaba. Ya no era una muchacha, era una mujer, pero tenía la misma esencia.

—¿Como las lágrimas de las flores? Creía que tu flor favorita era la margarita, ¿no era esa la flor de la alegría?

—No, si tenemos otra hija la podemos llamar Margarita, pero esta es Rocío. Por todas las lágrimas que he derramado hasta tenerla entre mis brazos y porque el rocío da fuerza a las flores para que crezcan.

Francisco las besó en la frente, a la madre y a su hija.

Aurora había derramado muchas lágrimas antes de convertirse en madre.

Había sufrido una guerra sin sentido y una posguerra brutal.

Se había quedado huérfana de madre y había tenido que madurar a golpes.

Había luchado con los maquis contra el fascismo, sin éxito.

Había llorado la traición de la muerte de su hermano.

Había sufrido la soledad tras el encarcelamiento de su padre.

Había lamentado que la política la hubiera alejado de su amor.

Se había manchado las manos de sangre y se había llegado a convencer de que la infertilidad era su castigo.

Sin embargo, se había equivocado, porque ahora por fin tenía a su hija en sus brazos: su legado.

A Aurora se le saltaron las lágrimas, pero esta vez de felicidad.

En ese momento, no se podía imaginar cuántas más lágrimas, pero de dolor, su adorada primogénita le haría derramar a lo largo de su vida.