Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 52
98%

Capítulo 52

Capítulo Cincuenta Y Dos

Kjell

Con suavidad, beso la nariz de Sky mientras sus labios siguen escondidos bajo las mantas. Deja escapar un suspiro de satisfacción, sus párpados tiemblan y su pelo brilla con la luz del sol naciente.

Han pasado más de veinte horas desde el desfile y todavía me cuesta creer que Sky se atreviera de verdad a hacerlo.

—Estás deslumbrante —susurro, apartándole un mechón de la frente.

En ese mismo instante abre los ojos, y el azul de su iris brilla tan intenso como siempre.

— Hej —murmura, acurrucándose aún más contra mí—. ¿Me estabas mirando mientras dormía?

Sonrío y levanto el brazo para que apoye la cabeza en mi pecho.

—Jamás haría algo así.

—Ajá. —Asiente, y su pelo me hace cosquillas en la piel.

Le doy un beso en la sien y me dejo envolver por el calor de su presencia. Este día no se parece a ningún otro; es el primer día de una vida que compartiremos.

Bajo las mantas, busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.

—Ha sido increíble, ¿verdad? —pregunta, alzando la vista hacia mí—. Es una pena que Aurora haya tenido que irse a París esta mañana. Podríamos haber seguido celebrándolo todo el día.

Asiento y, aun así, no puedo evitar sonreír al imaginar a Sky sobre la pasarela.

—La que estuvo increíble fuiste tú —respondo, porque esa es la realidad.

Arruga la nariz y sé en qué está pensando.

—Tu vestido era el más bonito, todo el mundo lo pudo ver —digo, acariciándole la palma con el pulgar.

Mira pensativa por la ventana, hacia los tejados nevados de Estocolmo.

—Quizá hasta fue bueno que no ganara —dice con una sonrisa nostálgica—. A mi padre le habría costado mucho encajar algo así.

Touch av lyx resultó ganadora del concurso. Y quizá fue precisamente por eso por lo que Gustav Blohm no se ensañó aún más con Sky ayer.

—Al menos tiene un motivo menos para soltarme a sus abogados —dice, negando con la cabeza, como si aún no terminara de creérselo—. Aunque… la forma en que me miró después de mi discurso... Había algo en su mirada.

Entiendo que todavía espera reconciliarse con su padre.

—Dale el tiempo que necesite.

Sky deja escapar un suspiro hondo.

—A veces me pregunto cómo ha llegado a ser así.

La rodeo con los brazos y la atraigo hacia mí.

—Todos tenemos una historia —respondo, y de eso estoy seguro.

De pronto, Sky se incorpora y clava en mí su mirada intensa.

—Tú también.

Asiento, pensativo.

—Yo también.

Y la mía tiene huecos. Hay palabras que aún no se han dicho, frases que todavía deben salir a la luz y momentos que necesitan quedar atrapados para la eternidad. No debería seguir esperando. Ha llegado el momento de hacer lo correcto.

—¿Vendrías conmigo a casa de mis padres? —pregunto, con el corazón desbocado en cuanto las palabras se escapan de mis labios. Al mismo tiempo, siento en cada fibra de mi cuerpo que es lo correcto.

Sonriendo, posa sus labios sobre los míos.

—Me haría muchísima ilusión —susurra cuando nos separamos de nuevo.

Una hora más tarde, vamos de camino al lugar donde empezó mi historia. De la mano, avanzamos por la calle adoquinada hacia la casa de mis padres. Con cada paso, crecen mis nervios, pero al mismo tiempo otra sensación va ganando terreno.

Una calma que ya puedo sentir, aunque todavía no sepa por qué mis padres se han puesto en contacto conmigo.

Con el corazón martilleándome en el pecho, por fin me detengo, con Sky a mi lado, frente a la casa pintada de rojo. La valla del jardín está ajada y cubierta por varios centímetros de nieve.

Dejo que mi mirada vague y me veo de niño jugando en el jardín. Ahí está mi madre, jugando al fútbol conmigo, y mi padre junto a la parrilla. Huelo el humo del carbón, oigo mi propia risa infantil y noto en la lengua el sabor de la limonada de mi madre.

—Tú puedes —dice Sky, apretándome la mano.

Asiento casi con reverencia, porque sé que puedo superar cualquier cosa con ella a mi lado.

Entonces abro la puerta del jardín. Ante nosotros se extiende un sendero de grava flanqueado por arbustos cubiertos de escarcha. Lleva al porche de madera oscura y, más allá, hasta la puerta de entrada.

Sobre el timbre cuelga un letrero que dice «Bienvenido», y sé que lo soy.

Mis padres intentaron ponerse en contacto conmigo incontables veces. Y otras tantas los castigué con mi silencio, sin darme cuenta de que probablemente estaban atrapados entre el deseo de protegerme y la certeza de que incluso a mí me estaban mintiendo.

Siento la mano de Sky en la mía y la seguridad que me transmite. En este instante, algo que antes no veía se vuelve nítido.

—He estado huyendo durante demasiado tiempo —digo, sin creer que haya tardado tanto en darme cuenta.

Los dos huíamos. Sky de su identidad, y yo de una verdad que me había convencido de que ya conocía.

Sky se coloca a mi lado; nuestros brazos se rozan. Guarda silencio, y es exactamente lo que me hace falta.

Exhalo hondo por última vez. Estoy listo.

Con determinación, aprieto el timbre y, unos segundos después, una llave gira en la cerradura. La puerta se abre.

Mi madre me mira boquiabierta. Han pasado seis años desde la última vez que nos vimos, pero parece que hubieran sido décadas. Las canas le enmarcan las sienes y su frente está surcada de arrugas.

—Kjell —su voz no es más que un susurro.

Intento sonreír para disimular el dolor que me provoca verla así. Siento que yo soy la causa de todo. La frialdad con la que la traté durante años ha dejado huella.

Traga saliva y mira hacia el pasillo.

—Carl, ven a... —La voz se le quiebra y sus ojos azul claro se llenan de lágrimas.

— Hej , mamá.

Yo también contengo las lágrimas, la miro fijamente a los ojos y doy un paso hacia ella.

Me contempla incrédula, la boca abriéndose y cerrándose sin que salga una palabra. Y no hace falta que diga nada.

La atraigo hacia mí y por fin hago lo que debí hacer hace mucho tiempo.

—Lo siento muchísimo —le susurro al oído.