Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 51
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Capítulo 51

Capítulo Cincuenta Y Uno

Sky

Me contempla con una mirada que contiene todo el amor del mundo.

—Lo siento —susurro. Ya no tengo el micrófono frente a la boca, porque Kjell lo tomó.

Niega con la cabeza.

—Y tuve tanto miedo de la verdad que empecé a mentir por ella —dice al micrófono.

Los dos cometimos errores. Porque a veces la vida nos coloca en situaciones para las que, en ese momento, no somos lo bastante fuertes. Eso es exactamente lo que quiero decirle, pero él posa con suavidad su dedo índice sobre mis labios.

—No solo importa la verdad —declara—. También importa cómo la afrontamos.

El público aplaude.

Una oleada de calor me recorre cuando, por el rabillo del ojo, veo a la gente de las primeras filas levantarse de sus asientos. Los fotógrafos se arremolinan a nuestro alrededor y alzan sus cámaras.

En medio de todo, distingo a Kahlo. Con una sonrisa melancólica, contempla mi vestido y hace un gesto para que aplaudan más.

Le asiento, en señal de reconciliación, y me acerco de puntillas al micrófono.

—Pero hay una verdad que siempre será tan cierta como lo es en este momento —digo—. Que te amo.

Ninguna estrella de mi cielo ha brillado jamás tanto como brillan ahora los ojos de Kjell. Con suavidad, guía mi mano que sostiene el micrófono hacia abajo, hasta que ya no queda nada entre nosotros.

—Y yo te amo a ti —responde antes de que nos sumerjamos en un beso que me deja sin aliento.

Los silbidos y los aplausos del público ahogan la música. Oigo su entusiasmo y siento el calor que nos envían.

Detrás de mis párpados cerrados, estallan los destellos de las cámaras. Las fotos que están tomando ahora llenarán mañana las portadas de todos los periódicos.

Quizá con titulares sensacionalistas. Quizá con otros cargados de sentimientos. No lo sé, y no me importa.

Perdida en nuestro beso, solo siento lo acertada que fue mi decisión. Y, sea lo que sea lo que me espere en los próximos días, sabré afrontarlo.

Nos separamos a regañadientes y entrelazo mis dedos con los de Kjell.

Me vuelvo hacia el frente. Veo a mamá, con lágrimas de alegría en los ojos mientras me mira desde abajo.

Los rostros del público en las primeras filas rebosan dicha.

Aplauden, nos sonríen radiantes y algunos incluso se abrazan entre sí.

Por última vez, alargo la mano hacia el micrófono. Mi mirada busca a papá.

Allí está, sentado en primera fila. Encogido y demacrado. En este momento, me invade una sensación desconocida y siento lástima por él.

Siento lástima por él porque no puede abrir su corazón. Me duele que su obstinación le haya costado a su familia. Y me duele saber que un día morirá rodeado solo de personas a las que ha pagado para que estén allí.

—La verdad siempre tiene un precio. Eso lo aprendí de ti —digo al micrófono, mirándolo de frente—. Pero nunca me dijiste que, a veces, había que pagar ese precio para ser feliz.

Sostiene mi mirada y me parece que algo en él se ablanda.

Le regalo la sonrisa más cálida que tengo.

—Para ti también —añado, porque no solo me ha encerrado a mí, sino que también ha cargado con ese peso.

Su pecho sube y baja cada vez más deprisa; los ojos le brillan, anegados en lágrimas. Quizá esté dándole vueltas a mis palabras. Al menos, eso espero.

No solo por mí, sino también por él.

Desde atrás, los brazos de Kjell me rodean y su mejilla roza la mía.

—¿Estás bien? —pregunta, meciéndome con suavidad de un lado a otro.

Lo estoy.

Más que eso, porque siento una forma nueva de plenitud. Ninguna mirada orgullosa, ningún discurso de elogios ni ningún aplauso entusiasta del mundo entero podrían provocar algo así. Ningún colocón ni ninguna fiesta, por desatada que fuera.

Muy dentro de mí, allí donde el mundo exterior no tiene acceso, soy feliz.