Capítulo 50
Capítulo Cincuenta
Kjell
La maquilladora de Touch av lyx me mira como si se me hubiera ido la cabeza.
—¿Sky? Aquí no hay nadie con ese nombre.
—Pero tiene que estar aquí —respondo—. Sky Blohm, la… —Quería decir «hija de Gustav Blohm», pero me callo por si acaso—. Rizos largos y rojos, una cara preciosa, ojos azul oscuro. Algunos también la llaman Skady.
Ella se encoge de hombros y alarga la mano hacia una brocha, que hunde en el tarro que sostiene.
—Lo siento —dice, y vuelve a centrarse en la modelo—. Llevo más de tres horas siendo la única pelirroja aquí.
Hay una parte de mí que no termina de creérselo. Aunque intento entender qué significa eso, no acabo de asimilarlo.
—Gracias, seguiré buscando —murmuro y salgo del camerino.
En el pasillo miro a la derecha y luego a la izquierda. No hay nadie a la vista.
—Bien, en resumen: no está en la zona del público y tampoco en el camerino. Al parecer, ni siquiera ha estado entre bastidores hoy —murmuro para mis adentros. Llevo el último periódico destinado a Sky sujeto bajo el brazo mientras me masajeo las sienes.
¿Y si de verdad no está aquí? ¿Y si su padre le ha ordenado que se esconda?
Al fondo empieza a sonar la música. El desfile da comienzo.
No me queda otra que volver al frente. Allí, por lo menos, puedo darle el periódico a la madre de Sky y pedirle que se lo haga llegar.
Es mi única oportunidad porque, después de las amenazas de los abogados de Gustav Blohm, no debería acercarme ni a la sede de la empresa ni a la Villa Blohm.
No voy a poder ver a Sky leer las palabras que he escrito solo para ella. No estaré allí para saber si entiende lo que intento decirle. Pero al menos tendrá el artículo.
Con los hombros hundidos, avanzo por el pasillo hacia la puerta que da a la zona del público. Aunque casi no me queda esperanza, sigo buscando a Sky con la mirada.
Nada.
El desfile está en pleno apogeo cuando vuelvo a llegar al vestíbulo.
El presentador va anunciando una firma tras otra.
Entro en la sala en penumbra, abarrotada hasta el último asiento.
Chloe Morrigan y su equipo observan desde un palco aparte.
Me abro paso con rapidez por delante de las filas de butacas y me dirijo hacia donde antes vi a la madre de Sky.
Sobre la pasarela, una modelo luce un magnífico vestido de plumas. El plumaje blanco se mece con elegancia sobre su cuerpo, y el público aplaude.
—Damas y caballeros, esa ha sido la presentación de M.D.E . Un vestido increíble, ¿verdad? —pregunta el presentador desde el borde del escenario.
Silbidos entusiastas llenan la sala y la música baja de volumen. Estoy casi donde quería llegar y ya distingo a la madre de Sky en su asiento.
Apretando el periódico con fuerza, me acerco a ella.
—Y ahora, el penúltimo diseño de esta noche, de la marca recién creada Stjärnor i skyn Designs —anuncia el presentador, y recibe un aplauso contenido por parte del público.
Una música de piano melancólica lo inunda todo mientras doy los últimos pasos hacia la madre de Sky. De pronto, se nota inquietud en la sala. El público empieza a susurrar y veo rostros desconcertados. Una señora vestida con mucho estilo señala hacia la pasarela.
Instintivamente, me vuelvo hacia el escenario.
No hay nadie.
Solo la pasarela bañada por un foco amarillo suave y la música, con su melodía lenta pero intensa.
El presentador se seca las manos en los pantalones y dirige una mirada interrogante hacia la salida lateral del escenario.
—Es para hoy —grita alguien del público hacia el frente, haciendo que la música se detenga.
Un silencio sobrecogedor envuelve la sala. Es como si la multitud contuviera la respiración al unísono.
No sé por qué, pero yo hago lo mismo.
Mi mirada va y viene entre el lugar donde la modelo debería haber aparecido y el presentador.
Él asiente.
Da una señal.
La música vuelve a sonar.
Y entonces la veo...
A ella.
Con un vaporoso vestido de noche azul celeste, Sky aparece en el escenario. Con los hombros hacia atrás y la mirada clavada con determinación en el público, empieza a caminar.
El cabello suelto se mece al compás de sus pasos, su vestido se ciñe a sus largas piernas. La abertura alta deja ver, a cada zancada, las sandalias de tiras doradas con tacón de aguja, y la tela, unida como una capa al tirante derecho, se alza en el aire.
El público aplaude.
Acompañada por la música melodiosa, se desliza por la pasarela y, cuando llega al frente, la expresión de modelo se le transforma en una sonrisa radiante. Todo en ella resplandece.
Adopta una pose, la tela vaporosa la envuelve por un instante y añade un halo de misterio a su belleza.
Se oyen los primeros silbidos en la sala.
Estoy tan fascinado con lo que veo que ya no puedo pensar. Solo sé que este vestido se parece muchísimo al de su portafolio.
Sky gira sobre sí misma y regresa por la pasarela. Elegante y fluida, rebosante de gracia y orgullo. Los aplausos arrecian y, de pronto, caigo en la cuenta de lo que acaba de pasar.
¡Lo ha logrado!
Este es su diseño, el que está presentando en la pasarela en este mismo instante. Y no solo eso: habría sido facilísimo mandar a una modelo, pero no lo ha hecho.
Se está mostrando al mundo.
—Damas y caballeros, esa ha sido la presentación de Stjärnor i skyn Designs —anuncia el presentador cuando Sky llega al final de la pasarela.
¿ Stjärnor i skyn Designs ?
¿No era Touch av lyx ?
¿Lo había mencionado antes? Puede ser.
Un momento. Stjärnor i skyn significa «Estrellas en el cielo».
¡Tiene que ser la marca propia de Sky! Pero ¿qué quiere decir esto?
Antes de que pueda terminar de pensar, Sky se acerca al presentador y le hace una seña para que le entregue el micrófono. Luego le indica a alguien entre bambalinas que baje la música.
—¿Qué piensas hacer? —susurro, incrédulo—. No puede ser...
Acerca el micrófono a la boca y sonríe mientras la suave melodía de piano sigue sonando de fondo.
—Buenas noches —dice y empieza a caminar despacio—. Soy Skady Blohm.
Ay.
Dios.
Dios mío.
Baja la mirada un instante para luego alzarla de nuevo con toda su intensidad.
—La hija de Gustav Blohm.
No me lo puedo creer.
Un murmullo recorre la sala.
—Toda mi vida he estado persiguiendo una mentira —dice, mientras su mirada recorre al público. No tengo ni idea de si desde ahí arriba distingue algo, pero desde luego no parece dispuesta a rendirse.
Nos separan apenas unos diez metros, y sonrío solo por la posibilidad de que pueda verlo. Asiento, aun sabiendo que no necesita que nadie la anime.
—Alguien muy especial me dijo una vez que lo único que importa es la verdad —continúa, ya casi al final de la pasarela—. Entonces creí entender lo que quería decir. Estaba segura de que a mí no me afectaría.
De nuevo, sus ojos recorren al público, y esta vez sé a quién busca con desesperación: a mí.
Al final, subo al escenario.
—Ahora entiendo lo equivocada que estaba —dice, clavando sus ojos en los míos—.
Y me he dado cuenta de que en cada vida hay varias verdades.
—Traga saliva—. Las que otros quieren que creamos.
—Una sonrisa nostálgica le cruza el rostro—.
Aquellas a las que nos aferramos con todas nuestras fuerzas.
—Se lleva la mano al pecho—. Y las que se esconden detrás de otras verdades.
Con sus últimas palabras, doy un paso y entro de lleno en el haz del foco, que se extiende más allá del escenario.
Nos miramos.
—A veces tomamos decisiones equivocadas por los motivos correctos —dice, con la mirada fija en mí, intensa—. Porque nos falta valor. Porque tenemos miedo de perder algo. —Me mira con intención—. O simplemente porque queremos proteger a alguien.
Solo estas palabras bastan para encender algo cálido en mi interior. Por lo que despiertan en mí y por lo que, de pronto, me hacen comprender.
Ha leído el artículo.
Y ha entendido cada una de las palabras, el amor escondido entre las líneas.
Me dedica una sonrisa llena de ternura.
—Soy Skady Blohm, la hija de Gustav Blohm —repite las palabras con las que empezó su discurso—. Y hoy no estoy aquí solo para presentar mi diseño, sino también para hacer algo todavía más importante.
Me tiende la mano. Como en trance, dejo que el último Sanningens Ögonblick se me resbale de los dedos y avanzo hacia ella.
—Durante años me he estado escondiendo de mí misma y del mundo —dice justo cuando apoyo el pie derecho en la pasarela, ligeramente elevada—. Creí tanto en mis propias mentiras que fui incapaz de ver tu verdad —continúa, de frente a mí.
Acorto la distancia que queda entre nosotros. Le tomo la mano con suavidad y la acerco hacia mí. Del público llegan silbidos de entusiasmo. Ella me mira con intensidad y, de pronto, es como si todo lo que nos rodea desapareciera.
Solo existimos nosotros. Bajo el foco cegador, acompañados por la suave música de un piano.
Sin embargo, ahora poso mi mano sobre la suya y acerco el micrófono a mi boca porque todo el mundo debería oír lo que tengo que decir.