Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 49
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Capítulo 49

Capítulo Cuarenta Y Nueve

Sky

Como a cámara lenta, me doy la vuelta. No me lo había imaginado.

Mi padre está aquí.

Esperaba encontrar a alguien de Touch av lyx , pero no a él. Solo seis semanas antes seguía en coma. Los médicos debían de haberle prohibido salir de casa.

—¿Qué haces aquí? —tartamudeo, intentando ordenar mis ideas.

Frunce el ceño y, apoyado en un bastón, da un paso hacia mí. A pesar de su aspecto frágil, su figura se cierne sobre mí de forma amenazadora.

—La verdadera pregunta es qué haces tú aquí —me escupe, con la voz tensa—. Desaparece. Ahora mismo.

«No», debería decir. Debería cruzarme de brazos, alzar la barbilla y mantenerme firme frente a su mirada invasiva.

Pero pasa justo lo contrario.

Me encojo. Desconcertada, retrocedo y me doy de bruces contra la fría pared de hormigón.

—Yo…

—¿Estás sorda? —me taladra con una expresión de desprecio. Respira con dificultad. Se ve a la legua el esfuerzo que le supone estar aquí. Y aun así ha venido para detenerme.

En este instante lo comprendo. Frenar mi misión es para él incluso más importante que su propia salud. ¿Qué le pasa?

—No me voy a ir. Las palabras tendrían que haber salido de mi boca altas y firmes, pero suenan como si la brisa más leve pudiera llevárselas.

—Claro que te vas a ir —dice; la mano con la que se apoya en el bastón tiembla—. No voy a permitir que vuelvas a deshonrar a la familia.

¿Ah, sí? ¿La familia? ¿Qué familia?

—Eso no es posible porque, para ti, hace mucho que dejaste de tener una hija —replico desafiante, dándome cuenta justo ahora.

—Eres una necia —bufa—. ¿Tu amigo el periodista te ha metido en la cabeza que eres diseñadora?

Sus palabras me afectan inevitablemente. Alguien le ha contado que participo en este concurso, o él mismo lo ha averiguado.

—No —murmuro, y suena casi como si estuviera haciendo una pregunta.

Cielo santo, cuando todavía estaba en coma, rebatí cada una de sus objeciones y ataques. Le demostré lo fuerte que podía ser y que sabía exactamente lo que quería.

Me convierto la versión más débil de mí misma.

¿Por qué?

Se le forman gotas de sudor en la frente.

—¿Igual que entonces tu amigo el yonqui te convenció de que podías volar?

La rabia empieza a hervirme por dentro. ¿Cómo se atreve a meter en el mismo saco a Levi y a Kjell? Que me lance a mí lo que quiera, pero Kjell no se merece esto. Ni siquiera lo conoce.

—¿O igual que tú siempre me has hecho sentir que nunca voy a ser suficiente, haga lo que haga? —pregunto de pronto con voz firme.

Por un instante pierde el control.

—¿Qué?

Inspiro hondo, se me expande el pecho y echo los hombros hacia atrás.

—No deberías quejarte de mi estupidez —digo, sintiendo una oleada de energía nueva—. Al fin y al cabo, tú has sido quien más se ha beneficiado de ella, ¿no?

Es apenas un movimiento, casi imperceptible, pero retrocede, con una expresión en la cara como si se preguntara quién demonios tiene delante.

—Admítelo. Disfrutabas moldeándome a tu gusto. —Acorto la distancia que nos separa—. Te encantaba tenerme bajo control.

Sí. Era eso. Y nunca lo he tenido tan claro como ahora.

— Touch av lyx nunca fue mi sueño —prosigo—. Yo siempre quise una sola cosa: que tú me quisieras. Hoy me doy cuenta de que nunca voy a tener eso mientras no seas capaz de quererme tal como soy.

—¿De qué estás hablando? —Papá pone los ojos en blanco hacia el techo y luego me examina—. ¿Estás tomando drogas otra vez?

Niego con la cabeza.

—No, Papá, estoy limpia. ¿Y sabes por qué?

—Por su expresión veo que no tiene ni idea—.

Porque entonces solo las necesitaba para escapar de la jaula en la que tú me encerraste, aunque fuera solo en mi cabeza.

—Su sonrisa afectada desaparece—. Y en los últimos meses he encontrado la única llave real de esa jaula.

Soy libre. Libre para ir adonde quiera. Libre para soñar con lo que quiera. Y libre para amar a quien quiera.

Abre y cierra la boca, pero no sale ni una palabra de sus labios.

La adrenalina me recorre hasta las puntas del pelo. Me siento más viva que nunca, mil veces más libre que en cualquier nebulosa provocada por las drogas.

—Ahora me tengo que ir, el desfile me espera —digo, dando un paso hacia un lado para pasar junto a él.

Cuando casi lo he rebasado, siento su mano aferrarse a la parte alta de mi brazo y detenerme. Está caliente, pero de su contacto me recorre un escalofrío helado.

—Te lo advierto por última vez. Vete adonde quieras, pero vete. Ahora mismo —susurra con dureza—. Si llevas tu diseño a la pasarela, te vas a arrepentir para siempre.

El frío se me extiende por todo el cuerpo. Giro la cabeza hacia él.

—¿Qué se supone que significa eso?

Lentamente, una sonrisa triunfante se le dibuja en los labios.

—Mis abogados te van a destruir —dice, y sé que es verdad.

Haría lo que fuera por limpiar a Touch av lyx y a sí mismo de cualquier escándalo. Y una hija que de pronto se vuelve contra su padre es un escándalo mayúsculo.

—No vas a recibir ni un solo centavo más de mí.

Y voy a recuperar todo lo que ya te he dejado —dice con la mirada más fría que la noche de invierno más helada—.

¿Eso es lo que quieres que pase? ¿Por algo de lo que te ha convencido un carroñero de la prensa sensacionalista que lo único que quiere es tu historia?

Se equivoca.

¿O no?

Siento que las fuerzas me abandonan. ¿Cómo consigue seguir controlando lo que pienso?

—Tú no significas nada para él. En cuanto consiga lo que quiere, te va a dejar tirada —añade con un resuello tenso—. Y entonces no te quedará nada. Ni dinero, ni apoyo en el que refugiarte. Ni vida.

La idea de ese futuro me marea. Pero ¿cuál es la alternativa? ¿Volver a ser su marioneta? ¿Esconderme, dejar ir a Kjell y vivir sus mentiras el resto de mis días?

No. Solo intenta manipularme otra vez. Como ha hecho siempre. Pero esta vez no lo va a conseguir. Ya no.

—Te equivocas, Papá. Yo no significo nada para ti —respondo con el último hilo de fuerza que me queda—. Eso es lo que acabas de demostrar.

Con esas palabras, me zafo de él. Un minuto más a su lado y su veneno podría conmigo. Me paralizaría, no me cabe duda.

Sin dedicarle un segundo más, paso junto a él hecha una furia y avanzo hacia el recoveco donde antes sospechaba que estaría Inga.

Ya no está.

¿Habrá encontrado ya nuestro camerino? En cualquier caso, es lo primero que tengo que comprobar.

Casi no soy capaz de mirar la hora, pero tengo que hacerlo. Así que saco el teléfono del bolsillo y enciendo la pantalla.

Me detengo en seco.

Hay un mensaje de Inga.

No voy a poder ir. Me he torcido el tobillo de camino al desfile. Lo siento.

Leo el mensaje una y otra vez. Pero mi mente solo va asimilando poco a poco lo que significa.

Inga no va a venir.

No puedo presentarme al desfile.

Papá pensará que ha ganado.

¿Y Kjell? Él seguirá viéndome como una egoísta.

Me muerdo el labio, intentando contener las lágrimas que pugnan por salir.

He perdido. Esta nueva vida que veía tan nítida delante de mí estalla como una burbuja de jabón. Al final, después de todo lo que ha pasado, voy a acabar donde empecé.

Salgo de la zona entre bastidores sin saber adónde ir. Tambaleándome, entro en el pasillo, que se ve extrañamente borroso ante mis ojos.

Alguien choca conmigo. Dice algo. Tal vez. Pero no lo oigo. Estoy envuelta en una niebla, avanzando pegada a la pared.

—Abrimos en diez minutos —brama la voz de un hombre—. Diez minutos.

Normalmente ahora habría un gran frenesí, pero, aunque solo percibo el mundo que me rodea de forma imprecisa, noto que no es así.

¿Por qué nadie camina por este pasillo? ¿Por qué no oigo el roce de las telas entre sí? ¿Por qué no hay una nube de laca llenando el aire y haciéndome cosquillas en la nariz?

Parpadeando, me apoyo en la pared y miro alrededor. Hay gente, mucha. Pero nadie se mueve.

Están leyendo.

Miro a la izquierda, donde un peluquero, a unos metros de distancia, parece completamente absorto en un artículo de periódico. Asiente distraído. Luego alza los párpados y se queda mirando a la nada durante minutos. Por fin cierra el periódico con un suspiro hondo.

Es Sanningens Ögonblick .

—Oye, tienes que leer esto —dice una mujer en algún lugar detrás de mí. Sonríe feliz y, un instante después, me tiende el periódico—. Toma.

Confundida, tomo el periódico.

—Página tres —dice.

Página tres. De acuerdo.

Sin poder evitarlo, contengo la respiración.

Luego abro el periódico.