Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 46
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Capítulo 46

Capítulo Cuarenta Y Seis

Kjell

Ayer envié el correo electrónico a la imprenta y todavía no he recibido la confirmación de que hayan hecho los cambios.

El Ryktesspegeln estará impreso dentro de tres horas.

Por lo que debe de ser la centésima vez, llamo a la imprenta. Una vez más, nadie contesta.

—¿Qué demonios pasa? —murmuro, aunque nadie puede oírme en el salón—. Tienen mi número; ya hemos coordinado cambios de última hora suficientes veces.

Tiro el teléfono al sofá.

—De acuerdo, lo haremos de otra manera.

Con los puños cerrados, me dirijo al pasillo, me pongo la chaqueta y los zapatos y salgo del piso.

Podrán ignorar mis correos y rechazar mis llamadas, pero no pueden fingir que no me ven cuando me tienen delante.

No tengo tiempo para ir en tranvía, así que llamo a un taxi que me lleva a la zona industrial a las afueras de la ciudad. Aun así, tardamos demasiado por culpa del denso tráfico hasta que por fin llegamos.

Aunque solo tengo que subir un tramo de escaleras, el corazón me late con fuerza cuando entro en la recepción desnuda de la imprenta.

El olor a tinta y papel llega hasta mí, y oigo las máquinas de impresión trabajando al fondo.

La mujer que está detrás del mostrador alza la vista y me saluda.

De sus gafas le caen hasta el cuello unas finas cadenas doradas que se balancean suavemente.

—Necesito hablar con el jefe de producción —digo después de saludarla—. Es urgente.

—Por desgracia, no está —responde, esbozando una sonrisa con sus labios rojo oscuro—. Está en su descanso para comer.

Me aferro a las mangas de mi chaqueta.

—Entonces, que venga su sustituto.

Ella se encoge de hombros y alza las cejas.

—Está enfermo.

¡Oh, venga ya! Me cuesta contenerme para no soltar un taco.

—¿Está Ragnar?

Di que sí. Por favor.

Asiente con la cabeza hacia la puerta de cristal que da al despacho del director general.

—Tiene una reunión importante dentro de cinco minutos.

Con eso me basta. Decidido, me dirijo a la puerta y llamo suavemente. Sin esperar respuesta, entro en la sala cargada, apenas iluminada por las persianas entreabiertas.

—¡Kjell! —La boca de Ragnar se curva en una sonrisa torcida—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Llevo intentando localizarte desde ayer —digo, y voy directo al grano.

Unos treinta minutos antes del turno de impresión, los datos del número tienen que estar preparados. Mi mirada salta al reloj de pulsera, una hora. Es factible si actuamos ahora.

Saca el labio inferior.

—Pero conmigo no, ¿verdad?

¿En serio?

—Unas cincuenta veces, Ragnar —respondo, frustrado.

Con un largo suspiro, se levanta de su sillón de cuero.

—Lo siento; estamos hasta arriba. No doy abasto.

—Es rápido, solo necesito saber una cosa —me planto delante de él—; ayer envié nuevos archivos de maquetación para Ryktesspegeln y Sanningens Ögonblick . Ambos tienen que imprimirse según la actualización. ¿Lo has hecho?

—No lo sé. Frön se encarga de la maquetación —mira alrededor de su escritorio abarrotado y luego recoge unos documentos—, tengo que irme.

Casi consigue pasar a mi lado, pero le sujeto del antebrazo.

—Y tú lo apruebas todo.

—Eh… —veo que de verdad intenta hacer memoria—. Mira, no consigo recordarlo, de verdad. Tuvimos muchísimos cambios de última hora y parte del personal está enfermo. He estado ocupado reorganizando los turnos de impresión para evitar el caos.

Siento una oleada de calor y frío al mismo tiempo.

—¿Reorganizando los turnos de impresión? —le agarro el brazo con ansiedad para que no se escape.

¿Y si también han cambiado nuestro turno? ¿Y si los periódicos ya están impresos?

—¿Nos han asignado un turno nuevo? —pregunto, presa del pánico.

—Es posible —responde, tenso—. El plan está en mi escritorio, puedes comprobarlo tú mismo. Ahora mismo me necesitan en otra parte. —Se zafa de mi agarre, se arregla la chaqueta y desaparece por la puerta.

Corro hacia su escritorio, donde el plan de producción está encima. Recorro a toda prisa con el dedo la lista de asignaciones de las máquinas.

El Ryktesspegeln aparece, pero Sanningens Ögonblick no. Enseguida entiendo lo que significa. No aplicaron los cambios.

—Maldita sea —murmuro.

Busco la línea del tiempo en el plan de producción y, segundos después, me quedo helado.

¡Nuestro turno empieza en cinco minutos!

Salgo disparado de la oficina de Ragnar y paso junto a la recepcionista, que me grita algo al verme correr.

—Ragnar no tenía tiempo —le respondo y me lanzo hacia la entrada de la oficina de producción—. Debo encargarme yo.

Puede que la recepcionista diga algo, incluso que explique que no se permite la entrada de visitas en la zona de producción, pero me da igual.

Abro la puerta de golpe e irrumpo en la nave, donde cinco rotativas traquetean con un estruendo ensordecedor. El olor a tinta y aceite de máquina lo invade todo, y el ambiente es sofocante.

Siento que la cabeza está a punto de estallarme de excitación y miedo, y me atormenta la pregunta de cómo voy a conseguir darle la vuelta a todo en tres minutos.

Recorro la nave con la mirada. Allí al fondo, junto a la máquina más pequeña, hay un operario. Empiezo a hacer aspavientos para que me vea mientras me acerco.

—¡Ragnar me manda! —le grito por encima del ruido cuando llego hasta él—. Tenemos que revisar otra vez los datos de impresión de Ryktesspegeln . Además, hay que dividir la tirada.

Él hace una mueca.

—Demasiado tarde. Ya está cargado.

Una oleada de náuseas me recorre. —Entonces tenemos que cambiarlo —respondo con firmeza.

—Puf —bufa el operario, poniendo los ojos en blanco—. Siempre lo mismo.

¿En serio se va a quejar ahora?

—¿Dónde está el archivo nuevo? —pregunta—. ¿Y qué quieres decir con dividir la tirada?

¡Va a hacerlo!

—Lo mandé por correo electrónico —respondo, secándome el sudor de la frente.

Solo ahora me doy cuenta de que he tenido la sensación de llevar horas sin respirar. Por fin, suelto el aire.

Listo.

Me baja el pulso. Noto los músculos pesados, igual que los párpados.

Me hace una seña para que lo siga y arrastra los pies hacia el fondo de la nave, donde una pequeña oficina está atestada de periódicos y revistas apilados en estanterías a lo largo de las paredes.

Sustituimos el artículo y cargamos los datos de Sanningens Ögonblick .

—Imprimiremos primero la edición especial —le digo al operario de producción.

Se encoge de hombros.

—Sin problema, es el mismo formato.

Por fin, algo sale sin tropiezos. Espero a que los primeros periódicos salgan de la rotativa. No consigo estarme quieto porque la adrenalina vuelve a recorrerme el cuerpo.

Esto no era más que la primera parte del plan. La parte fácil.

Lo que viene ahora es mucho más complicado. Sky tiene que leer Sanningens Ögonblick , y no puedo dejar eso al azar.

Al menos sé exactamente dónde encontrarla.

Estará en la gala en la que elegirán el vestido de los Oscar de Chloe Morrigan. Como fue idea suya presentarse al concurso, su presencia está asegurada.

Y yo también estaré allí, con una pila recién salida de imprenta de la mejor edición de Sanningens Ögonblick que se haya hecho nunca.