Capítulo 22
Capítulo Veintidós
Kjell
Han pasado dos semanas desde que Sky y yo llegamos a Öland.
Catorce días en los que me he sentido como un impostor.
Cada vez que finjo que voy a salir de ruta fotográfica, termino sentado en una cafetería con el portátil, escribiendo un artículo de cotilleos tras otro sobre celebridades al azar para Ryktesspegeln .
Cada vez que ella me revela otro detalle de su vida.
Cada vez que nos reímos juntos. Cada vez que me mira con esa franqueza, como si confiara en mí sin dudarlo ni por un momento.
Con cada día que pasa, se ha ido soltando más y su actitud distante es cada vez menos habitual. Hoy no es distinto.
—El Långe Erik es una pasada —exclama, señalando hacia delante.
Sus mejillas encendidas destacan sobre el paisaje invernal de la isla mientras caminamos por la playa.
Aparto la mirada de ella. Cada vez me despierta con más frecuencia una punzada de culpa.
Sea lo que sea este sentimiento, mi cabeza sabe que no es real. Pero cuando está cerca, a mi corazón parece importarle muy poco ese hecho.
Sky sigue sin enterarse de mi tormento interior mientras recuerda alegremente:
—Lil y yo solíamos fingir que hacíamos fotos de catálogo para nuestras colecciones caseras allí, todos los veranos.
Decidido a no dejar que mi confusión emocional me domine, fijo la vista en el faro que se alza unos cientos de metros más adelante, elevándose hacia el cielo.
Su fachada de piedra blanca apenas destaca en el paisaje, pero el aro azul oscuro a media altura y la luz giratoria bajo la cúpula roja hacen que sea imposible pasarla por alto.
—A veces nos colábamos en el armario de mamá y mezclábamos todo como locas —prosigue Sky, claramente perdida en sus recuerdos, esta vez con una sonrisa en los labios.
—La moda es tu vida —digo, y temo estar sonriendo. Pero verla con esa expresión soñadora, de algún modo, me alegra.
—Son las telas. Cómo se sienten, la forma en que caen y su olor. Cómo puedes combinarlas para crear algo único —explica.
—Suena increíble —respondo y juntos rodeamos el faro en busca de la entrada. Le sujeto la puerta con un gesto galante.
—Lo es de verdad —dice, con una sonrisa radiante—. Además, creo que la moda puede cambiar a las personas.
Nunca lo había visto así, pero algo de razón tiene.
—Porque te hace sentir distinto —añado mientras cruzamos la puerta.
En la sala distingo, apoyados contra el muro de piedra, objetos cuidadosamente dispuestos del pasado del faro. Una lámpara descomunal, una sencilla unidad de control, botellas metálicas.
—¿También diseñas tu propia ropa?
Sky niega con fuerza.
—Para eso hace falta muchísimo talento. —Un atisbo de nostalgia le cruza fugazmente el rostro, pero se desvanece enseguida—.
Mira, imagina a una mujer que cree que es fea.
Cuando se ve en el espejo con un vestido precioso, algo cambia en ella.
—Sky continúa con entusiasmo mientras subimos la empinada escalera de caracol, desgranando aún más su profunda pasión—.
Como diseñadora de moda puedes sacarles una sonrisa a las personas —dice cuando llegamos a lo alto del faro.
Salgo con ella a la plataforma. Un viento helado se me cuela por la nuca. El olor a algas y el bramido del Báltico embravecido, aquí en la punta de la península, me envuelven por completo.
Así que eso es lo que de verdad le importa. No el dinero ni la fama. Quiere hacer felices a las personas.
—Eres increíble —murmuro con suavidad, desde lo más hondo del corazón, como en tantas ocasiones en estas últimas semanas.
—¿Qué has dicho? —Sky me mira con gesto interrogante.
Debería contestar «que eres increíble», pero en su lugar digo:
—Esto es increíble. —Y vuelvo a sentirme como un idiota.
Esta mujer me deja la mente en blanco. Le basta una sonrisa. Unas cuantas palabras. Un roce. Es una locura.
Me giro y clavo la mirada en el mar, tan agitado como yo.
Ella me da un suave empujoncito.
—¿No quieres hacer unas fotos?
—¿Fotos? —pregunto, ausente.
El viento le empuja el pelo a Sky contra la cara, pero aun así distingo el ceño fruncido.
—Para tu trabajo.
Claro. Mi trabajo, ese que en realidad me he inventado para llegar hasta ella.
O quizá sí exista. Quién sabe, a lo mejor acabo preparando un volumen sobre la belleza salvaje de Öland en invierno.
En realidad, no mentí. ¿O sí?
—¿Te dan miedo las alturas? —pregunta Sky.
Rápido, agarro la cámara.
—Estoy bien —respondo en voz baja mientras capturo el paisaje sobrecogedor. Fotografío una bandada de gaviotas que planean en el aire, chillando, y los acantilados escarpados donde revienta la espuma.
En la tercera foto, el pelo de Sky se cruza ante mi objetivo. El tono rojizo crea un contraste llamativo con el paisaje blanco de nieve y el cielo gris pálido.
En lugar de pedirle que se aparte, disparo con una sonrisa.
—Supongo que la regla número uno ya no cuenta.
—¿Qué regla? —Sky se inclina sobre la barandilla y se deja acariciar la cara por el viento.
Bajo la cámara.
—Nada de fotos tuyas.
Ella se vuelve hacia mí a cámara lenta. Nuestras miradas se encuentran y, aunque el aire aquí, en la punta de la isla, es tan limpio como en cualquier otro sitio, siento que no me llega el oxígeno.
—¿Por qué? —La confusión se le nota claramente en la cara.
Con las piernas temblorosas, doy un paso hacia ella y le enseño la última foto en la pantalla de la cámara. La luz dispersa es tan intensa que tengo que resguardar la pantalla del resplandor y pegarme a Sky para que pueda ver algo.
—Bueno, me temo que voy a tener que confiscar esta foto —dice con una sonrisita divertida.
—¿La borro ahora mismo? —Mi dedo flota sobre el botón de «Borrar». Su respuesta no importa en absoluto, no tiene la menor relevancia. Aun así, se me acelera el pulso como si fuera alto trascendental.
De pronto, sus dedos se posan sobre los míos. Tiernos y cálidos. Casi imperceptibles, se deslizan por mi piel y dejan tras de sí un hormigueo intenso.
Alza la mirada y niega con la cabeza.
—Es tuya.
Eso es todo lo que dice. Solo esas pocas palabras. Y, sin embargo, la plataforma de observación bajo mis pies de pronto parece temblar.
Guardo la cámara.
—Está bien —digo con voz ronca.
—¿Sabes qué? —No deja de mirarme. Me arrastra hacia ella, no me permite escapar.
Me inclino un poco más hacia ella; su aliento roza mi mejilla.
—¿Qué?
La vena delicada de su cuello late con fuerza. Se muerde el labio inferior.
—Haz otra.
No puedo dejar de mirarle los labios. Ya no controlo mis movimientos y pierdo el control de mi mente.
—¿Otra qué?
—Otra foto. —Su rostro se acerca más—. De los dos —susurra su boca. De pronto, todas las preguntas que bullen en mi cabeza giran en torno a esos labios.
¿A qué saben? ¿Cómo se sienten? ¿Cómo reaccionarían si los besara?
—Deberíamos… —Sky dice algo más, quizá, pero no lo oigo. Solo escucho mi propio corazón, imponiéndose sobre todos los demás sonidos.
Como si estuviéramos hipnotizados, nos acercamos el uno al otro. Aspiro su delicado aroma, veo sus labios entreabiertos y el rubor rosado que le tiñe las mejillas.
Solo una fracción mínima más y nuestras narices se tocarán. Su pecho vibra.
Una sacudida me recorre el cuerpo y nos arranca a Sky y a mí el uno del otro.
—Disculpen —retumba una voz masculina.
Doy un giro brusco. ¿Quién ha sido?
Confundido, me encuentro con un rostro curtido por los años.
—Necesito pasar —dice el hombre.
Se abre paso a empujones junto a Sky, que enseguida se hace a un lado y se recoge el pelo detrás de la cara.
Los dos lo seguimos con la mirada. No tengo ni idea de qué está pasando por su mente, y apenas comprendo lo que casi acaba de suceder.
Consciente, observo que hay al menos un paso de distancia entre Sky y yo. Creo que es lo correcto.
—Deberíamos irnos —murmura—. Todavía tengo trabajo que hacer.
Asiento y luego señalo la puerta que lleva al interior del faro.
—Pasa tú primero.
Por un instante fugaz me deja ver el puro pánico en sus ojos. Luego se marcha con paso mecánico, y percibo con demasiada claridad que no soy el único que teme lo que estuvimos a punto de hacer.