Capítulo 6
Capítulo Seis
Kjell
La puerta del piso de abajo se abre. Oigo un chirrido, seguido del sonido de unos zapatos de tacón alto sobre el linóleo.
Es ella.
Agarro la bolsa de la cámara de fotos, me inclino sobre la barandilla de la escalera y distingo sus mechones rojos. Camina tambaleándose sobre sus tacones hacia el ascensor y aprieta el botón para llamarlo.
En cuanto las puertas del ascensor se cierran tras ella, aprieto la mandíbula y bajo cojeando hasta la planta baja. Cuando llego, alcanzo a ver a la mujer que abandona el hospital por la entrada principal.
La sigo hacia la oscuridad de la noche con la mayor discreción posible. Ya he seguido a otras personas antes, pero esta vez es distinto.
Quizá sea por lo exhausta que parece. Camina por la acera con la cabeza gacha.
Cada uno de sus innumerables suspiros pesados forma una pequeña nube de vaho frente a su boca.
Interpreta el papel de mujer indefensa con tanta perfección que me lo creería si la viera por primera vez hoy.
Pero, aunque no sé su nombre, conozco su carácter.
Sé quién es en realidad.
Dos manzanas más adelante, algo se ilumina en su mano. Un teléfono. Está haciendo una llamada, y eso podría ser importante. Necesito acercarme, así que acelero el paso.
— Hej —dice con cansancio—. Gracias por organizar la conversación con la doctora.
¿Habló con una doctora? Eso solo puede significar una cosa: la pelirroja sabe lo que pasa con este Blohm.
Sigo acortando la distancia, decidido a no perderme nada.
—No tiene buena pinta. Él... —Un autobús urbano ruge a mi lado.
«Mañana» es lo siguiente que alcanzo a oír, y eso que ahora solo nos separan unos pocos metros.
Si sus tacones no repiquetearan tanto, ya me habría oído. Si me acerco más, corro el riesgo de que me descubra. ¿Vale la pena? ¿Por un artículo de chismes que, en el fondo, ni siquiera quiero escribir?
Dios, detesto este encargo.
—Escucha, Lil, he estado pensando. —Carraspea—.
Déjame... Sí, ya lo sé... Aun así... —Se detiene en seco bajo la luz de una farola de hierro forjado.
La claridad es suficiente para que vea cómo cierra el puño—.
Basta —le espeta a esa tal Lil, la misma con la que hablaba por teléfono cuando chocamos en la entrada del hospital.
Ahí está otra vez. La mujer arrogante del pasado, convencida de que el mundo entero le pertenece. Lo de antes no fue más que una actuación, nada más. Y yo casi me la trago...
Al menos es algo a lo que agarrarme. Porque si se tratara de un artículo para hablar mal de otra persona, no sé si lo soportaría. El recuerdo de cómo solía tratarme lo hace un poco más llevadero, aunque sea solo un poco.
—No va a volver pronto. Y hasta que lo haga, yo me encargaré de su trabajo.
Su voz suena firme, casi amenazante. Alza la cabeza como si mirara al cielo y se gira a medias.
Un suspiro se le escapa de los labios. Yo salto deprisa detrás de uno de los arbustos junto a la acera.
A estas alturas, a comienzos del invierno, el arbusto no es más que ramas desnudas.
Si la pelirroja se vuelve un poco más, me verá.
Vuelve a moverse.
Maldita sea. Me agacho todo lo que puedo.
—Sabes que tengo que hacer esto —dice, fingiendo ceder—. Sí, he estado fuera mucho tiempo, demasiado tiempo. Pero, por favor, Lil, entiéndelo. Sigue siendo mi padre.
¿Cómo? ¿La pelirroja es la hija de Blohm?
Vaya.
¿Por qué no encontré nada sobre una hija en mi investigación? ¿Será una hija ilegítima?
Dios. ¡Menuda bomba!
«La hija desaparecida toma el control del imperio de la moda Touch av lyx »
La historia es probablemente justo lo que Jakob quiere de mí. Pero está incompleta, porque quedan mil preguntas sin respuesta. ¿Por qué estuvo fuera tanto tiempo? ¿Cuánto tiempo exactamente? ¿Y dónde ha estado?
—Le quiero —dice.
Menuda sarta de mentiras. Si de verdad quisiera a su padre, no habría desaparecido durante tanto tiempo. Eso seguro. Aun así, mis emociones vuelven a descontrolarse cuando esta mujer, demasiado atractiva, empieza a llorar con desgarro a solo unos metros de mí.
Una parte de mí, completamente loca, quiere consolarla.
¡No!
Es un espejismo. Una mentirosa.
Y, aun así, corro el riesgo de caer otra vez en su trampa. Maldita sea, ¿qué me pasa?
Se aclara la garganta.
—Él quería ir a Milán, así que volaré mañana… ¿Vienes? —pregunta con voz ronca—. De acuerdo, lo entiendo. —Suena triste, pero echa los hombros hacia atrás—. ¿El jet sigue disponible? —Se muerde el labio.
Mi mejor pista está a punto de marcharse de Estocolmo. Tengo que hacer algo al respecto. Pero no puedo obligarla a quedarse. Tal vez sería más fácil seguirla. Pero ¿cómo?
—¿Por qué el fotógrafo no está ahí? —Asiente, con el ceño fruncido—. ¿De la agencia de siempre? De acuerdo, que venga también. Entonces a las diez. ¿Söderberg se llama? —pregunta la pelirroja.
Bingo.
—Por cierto, enseguida estaré allí. ¿Podrías acercarte para darme la llave? —Con nerviosismo se ajusta la chaqueta—. Genial, te lo agradezco.
Tengo que contenerme para no soltar un bufido burlón.
Como si ella fuera capaz de apreciar nada. Es casi un milagro que siquiera conozca la palabra «gracias». En Polarnatt jamás se la oí decir ni una sola vez. En vez de eso, me ladraba cada vez que le servía las copas. Daba igual lo lleno que estuviera el club, nunca era lo bastante rápido para ella.
—Demonios, ¿qué pasa, por qué tardas tanto?
—grita por encima del estruendo del bajo que retumba en los altavoces de mi memoria—.
Dame, me lo bebo de la botella directamente.
Para cuando termines de servir, ya me habré muerto de sed.
—Pone los ojos en blanco, se lleva la botella de vodka a los labios y succiona como si se hubiera pasado el día entero en el desierto.
Sus movimientos, bajo la luz blanca y cegadora, parecen espasmódicos.
—¿Y tú por qué estás ahí plantado como un idiota? —salta el tipo del pelo embadurnado de gel, abriendo los brazos de par en par desde el sofá—. Date prisa y trae más. Mi nena necesita más, ¿es que no lo ves?
En realidad, veo que hace rato que «su nena» ya ha tenido suficiente.
—Ahora mismo —respondo ante la surrealista situación.
Recojo los vasos vacíos, negando con la cabeza. Luego agarro el paño de microfibra, cuyo extremo cuelga del bolsillo. Lo hago silbar en el aire y lo uso para secar la mesa por enésima vez esa noche.
En cuanto termino de limpiar, la mujer insufrible deja caer la botella de vodka sobre la mesa con tal desgana que esta se vuelca.
—Vaya —balbucea y se deja caer en los brazos de su amante. A pesar de la oscuridad, le veo en la cara que no siente la menor vergüenza por su comportamiento. Al contrario, se cree lo más.
Mr. Pelo-tieso la besa con pasión.
—¿Has visto eso, nena? El camarero ha tirado tu vodka. Menudo patoso.
Los dos estallan en carcajadas.
—Muy gracioso —comento con sequedad y me giro sobre mí mismo.
Necesito irme de aquí cuanto antes; al fin y al cabo, sé por experiencia cómo termina esto si no lo hago.
—Eh, vuelve. Todavía tienes que recoger —me grita alguien.
Lo ignoro. Más vale que mire bien por dónde piso para que no tengan otra excusa para reírse de mí.
Estoy tan absorto en mi recuerdo que solo me doy cuenta en el último momento de que la pelirroja vuelve a moverse. Para entonces, ya ha guardado el teléfono.
Enseguida salgo de detrás del arbusto desnudo y empiezo a seguirla.
Cada vez que entra de lleno en el círculo de luz de una farola, parece que el cuerpo se le tensa un poco más.
Al cabo de unos veinte minutos está tan rígida que las piernas parecen palos de madera.
Aun así, sus pasos se vuelven cada vez más rápidos.
¿Ha reparado en mí?
Por si acaso, me quedo lo bastante atrás como para verla detenerse ante un viejo edificio señorial. Allí la espera otra mujer, que le entrega algo.
Esa tiene que ser Lil.
Saco la cámara del bolso y observo a las dos a través del teleobjetivo.
Su saludo no parece muy caluroso. Apenas se hablan. La tal Lil niega con la cabeza una y otra vez. Amplío al máximo y disparo varias fotos. Lil parece tener la misma edad que la pelirroja. Lleva la cara casi por completo oculta tras una bufanda, y sus ojos parecen vacíos.
En cuanto termina el intercambio, Lil se aleja a toda prisa, como si huyera de una manada de leones. La hija de Blohm se escurre por la verja de hierro forjado y entra en la propiedad.
En cuanto el portón se cierra con un chasquido, empieza a mecerse despacio, adelante y atrás. Es como si buscara calma en ese vaivén, girando primero hacia un lado y luego hacia el otro. Está demasiado oscuro para distinguirle la cara, pero veo cómo la tensión va abandonando poco a poco su cuerpo.
Sus movimientos se vuelven más gráciles, fluidos y elegantes.
Me sorprendo dejándome llevar por lo que estoy viendo. Hasta la voz dentro de mí que debería tacharla de loca guarda silencio ante el efecto que produce en mí.
Es hermosa.
Y por un instante incluso imagino que percibo en ella algo hondamente vulnerable, algo que seguramente no es real.