Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Con un gesto nervioso, tomo el periódico con el reportaje sobre el accidente del magnate de la moda y lo hojeo. Apenas aporta información reveladora sobre el propio Gustav Blohm, el accidente o su estado actual.

—Se supone que está en el Hospital Universitario Karolinska. Averigua qué es lo que tiene en realidad. Dale un toque de drama, buenas fotos, un titular que enganche. Que sea de los que hacen llorar. —Su voz suena abatida—. Eso es lo que más se vende.

Esto va a ser muy desagradable.

—A ver qué puedo hacer —respondo aun así, por Jakob, reprimiendo la repulsión que empieza a subirme por dentro.

—Gracias, Kjell.

Los ojos de Jakob se humedecen de pronto, cubiertos por un velo acuoso.

Con una sonrisa forzada, me despido y salgo con la cámara al hombro.

Al cruzar la puerta del viejo edificio donde se encuentra nuestra diminuta redacción, el aire frío de finales de otoño me envuelve.

Tiritando, subo la cremallera de mi chaqueta de cuero.

El forro roza mi barbilla sin afeitar y me da al menos algo de calor.

Los últimos rayos de sol bañan las fachadas de Estocolmo.

El cielo arde en una mezcla intensa de naranja y rosa, como solo lo hace cuando se acerca el invierno.

Camino a paso ligero hacia la estación de metro y, mientras espero, saco el teléfono del bolsillo. ¿Por dónde empiezo a investigar?

Cuando abro el navegador, me llama mi madre.

Se me revuelve el estómago. Después de tantos años, sigue sin rendirse. ¿Lo hará alguna vez?

Con los labios apretados, rechazo la llamada y vuelvo a concentrarme en mi misión.

El Hospital Universitario Karolinska tiene dos sedes. A las víctimas de accidentes suelen ingresarlas en Solna. Quizá ya lo hayan trasladado a otro hospital. Aun así, las primeras huellas solo las voy a encontrar allí.

Una ráfaga de viento tira de mis vaqueros y el traqueteo del metro se vuelve cada vez más intenso, hasta que por fin se detiene frente a mí. Sin levantar la vista del teléfono, subo al vagón.

Podría informarme en urgencias. O en el cuerpo de bomberos. Me hundo más en mis pensamientos. Imagino distintos escenarios e intento encajar las piezas a partir de los escasos datos que encuentro en internet.

Solo cuando anuncian mi parada levanto la vista y guardo el teléfono en el bolsillo. La información sigue en mi cabeza, como un ovillo enredado que necesito deshacer.

Salgo al exterior, hundo las manos en los bolsillos y echo a andar.

Hay infinidad de reportajes sobre el imperio de la moda de Blohm, Touch av lyx . Pero sobre él como persona privada… casi nada.

Eso sí que es raro.

El complejo hospitalario se alza ante mí. ¿Por qué se aísla así? ¿Tiene familia? ¿Algún amante, quizá? ¿O será miembro de una de esas sectas que se esconden de la opinión pública?

Absorto en mis cavilaciones, me acerco a la entrada principal y alargo la mano hacia el tirador de la puerta.

De pronto, alguien me aparta a empujones. Un pelo rojo me envuelve la cara.

—Sí, ya sé lo que dijiste esta mañana. Y al mediodía. Y hace una hora —dice una voz femenina, desesperada—. Por favor, Lil, no me hagas esto.

Me libero de aquel pelo e intento hacerme a un lado, pero en ese instante algo atraviesa mi zapatilla derecha. Un dolor punzante me recorre el cuerpo.

Demonios. ¿Qué es eso?

Bajo la mirada de golpe. La pelirroja está plantada sobre mi pie con el tacón de aguja de su zapato.

—Oye —protesto, con un tono de reproche, pero ella ni siquiera parece darse cuenta de mí presencia.

—He venido hasta aquí para esto —suspira hondo y empuja con fuerza la puerta de entrada del hospital.

La pesada puerta de cristal se me viene encima. Pienso rápido y me giro para esquivarla, porque no puedo dar un paso atrás con el tacón de la pelirroja todavía clavado en mi pie.

—Oye, ¿qué te pasa? —le grito, retorcido de dolor.

Gira la cabeza hacia mí, con el teléfono apretado contra la oreja, y me mira con los ojos muy abiertos.

Y yo le sostengo la mirada. ¡Ya he visto antes a esta mujer!

Entonces llevaba el pelo rubio, pero recuerdo su nariz estrecha con pecas pálidas, los pómulos marcados y la frente alta. Y también recuerdo al monstruo egocéntrico que se escondía tras su bonita fachada, igual que ahora.

Jamás olvidaré cómo ella y sus amigas me trataron casi todas las noches en Polarnatt aquel verano, como si fuera un felpudo. Como si fuera su maldito criado.

—¿Qué? —me pregunta ahora, visiblemente tensa.

¿ Qué ?

Con un gesto frenético se aparta el pelo de la cara.

—Un momento, por favor, Lil —dice al teléfono. Luego fija en mí la mirada con expresión interrogante. Veo claramente en sus ojos que no tiene ni idea de quién soy ni de qué quiero de ella—. ¿Puedo ayudarte en algo?

No me sorprende que no se acuerde de mí. A fin de cuentas, entonces llevaba la nariz tan alta que solo alcanzaba a ver los efectos de luces del club. Y el hecho de que no se haya dado cuenta de que su tacón parezca estar clavado un centímetro en el arco de mi pie demuestra que sigue igual.

Sin decir una palabra, señalo hacia abajo. Su mirada me sigue, pero enseguida vuelve a mí con una expresión aún más desconcertada. Solo ahora me doy cuenta de que ya no está pisándome el pie.

¿Cuándo ocurrió?

Con el ceño fruncido, se vuelve hacia otro lado.

—Si se enfada, asumiré la culpa —le dice a su interlocutora. Me lanza una mirada de reproche y se escurre por la puerta—. Gracias, Lil. —Suspira, agotada, antes de desaparecer en el vestíbulo del hospital sin volver a prestarme la más mínima atención.