Capítulo 2
Capítulo Dos
Kjell
Como si no acabara de soltar una bomba en este despacho, Jakob alarga la mano hacia sus tijeras en miniatura, imperturbable.
—No sé —dice, girándose hacia el bonsái de alerce que tiene en el escritorio—. Suena bastante rebuscado.
¿Qué? ¿Rebuscado? Llevo semanas investigando la historia del Priority Center. Y lo que he encontrado son hechos. Hechos que cuestan vidas.
Me levanto de un salto de la silla, que se estrella contra el suelo detrás de mí.
—No, tengo entre manos algo jodidamente grande. Si mi informante dice la verdad, podríamos cambiar las cosas para muchos pacientes de cáncer que, injustamente, han bajado puestos en la lista de espera.
Él levanta la vista de su planta y hace girar las tijeras entre los dedos.
—¿Y si no dice la verdad? Si publicamos esta historia y luego resulta ser falsa, será nuestro final.
—Mierda, eso ya lo sé. —Me paso las manos por el pelo y entrelazo los dedos en la nuca. Mi mirada se pierde en la fotografía panorámica enorme del lago Vänern, el lago más grande de Suecia, que fotografié el año pasado—. Entonces, ¿qué hacemos? —pregunto, tenso.
El chasquido metálico de las tijeras vuelve a llenar el despacho.
—No podemos permitirnos una batalla legal con el Priority Center —dice Jakob, agotado.
Yo también lo sé. Sanningens Ögonblick sigue siendo un periódico pequeño. Exhalo despacio, luego me acerco a Jakob y le quito las tijeras de la mano.
—A veces pienso que se te ha olvidado por qué empezamos este periódico.
Su expresión se ensombrece de tristeza. Niega con la cabeza.
—No queríamos nada más que la verdad —le recuerdo con vehemencia—. Sacar a la luz los abusos. Destapar fraudes. Injusticia social, impunidad, corrupción.
Con cada palabra que pronuncio, los hombros de Jakob se hunden un poco más.
Doy unos golpecitos con el índice en mi artículo impreso.
—Esta es una de esas historias.
Con los labios apretados, baja la mirada. Aquí pasa algo. ¿Desde cuándo duda tanto?
—Mi informante trabaja en el Priority Center. Es de fiar. Lo he comprobado, y sabes lo que eso significa —digo. Nadie me miente. Conozco todas las señales, por mínimas que sean—. ¿No lo ves? —pregunto suplicante, porque Jakob no reacciona—. ¿No ves el peligro que entraña nuestro silencio?
De pronto se da la vuelta y empieza a caminar de un lado a otro junto a la pared revestida de madera.
—Corrupción en el Priority Center. Sobornos.
Jugar con la vida de la gente —murmura para sí, como buscando un titular adecuado.
Llega al fondo del despacho, se gira y sigue mascullando—: Pacientes de cáncer que reciben el tratamiento más tarde porque otros casos, mucho menos urgentes, escalan puestos en la lista gracias a sobornos.
Y a veces demasiado tarde —añado con pasión—.
Tenemos que publicarlo. Es la única forma de cambiar algo en este país.
Por la gente. —Siento una oleada de calor por dentro.
Nada en la vida significa tanto para mí como esto.
Es mi misión—. Hacemos de este mundo un lugar mejor —le recuerdo, porque lo creo hasta con la última fibra de mi ser.
Se detiene y su mirada se cruza con la mía. Nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Alzo las cejas y asiento con decisión. Él frunce el ceño y se muerde el labio inferior.
—¿Por qué crees que recibí esas llamadas amenazantes? ¿Por qué me siguió ese tipo? ¿Y por qué entraron en mi casa y no se llevaron nada?
Mi minúsculo apartamento de una sola habitación quedó completamente patas arriba, pero no faltaba nada. El recuerdo me hace tragar saliva con dificultad. Nunca pensé que algo así pudiera pasarme. Pero este asunto es importante. Más importante que yo.
—¿Y qué crees que harán cuando se publique el artículo? —pregunta Jakob con voz débil. Su mirada vaga inquieta por el despacho y su cuerpo se tensa. Sus dedos juguetean nerviosos entre sí—. ¿Y si te hacen daño? ¿O van a por mí? ¡Y Merle!
—Entiendo perfectamente tu miedo. Pero una vez que la historia se publique, no tendrá sentido intimidarte a ti ni a tu esposa.
Eso no va a pasar. Estoy seguro, pero su expresión sigue siendo escéptica.
—Sabes que lo admitiría sin rodeos si pensara otra cosa.
Suspira hondo.
—Sí, lo sé. —Alza la vista al techo y cierra los puños—. Aun así, tengo que proteger a Merle. Si le pasa algo, no podría perdonármelo nunca. Si hubiera alguien en tu vida...
—No empieces con eso ahora —lo interrumpo enseguida. Porque mi preferencia por estar solo, antes que acabar, tarde o temprano, inevitablemente decepcionado, no tiene nada que ver con esto.
—Está bien —dice, alzando las manos en señal de disculpa. Hay algo que me llama la atención. Una mirada intranquila, dedos inquietos. ¿Por qué está tan nervioso?
—¿Qué es lo que pasa en realidad? —pregunto.
Con un largo suspiro, Jakob vuelve a buscar sus tijeras.
—Nada.
—Tonterías. —Me planto delante del bonsái para que no pueda alcanzarlo—. Dímelo, quizá pueda ayudarte.
—Uf, Kjell, es que... —oigo la desesperación en su tono y, al instante, se me contagia—. Será mejor que te sientes —dice abatido, señalando la silla frente a su escritorio.
Con un nudo en el estómago, rodeo la mesa y me dejo caer en la silla de madera. De pronto, Jakob parece tan abatido en su sillón de cuero como un niño de seis años que acaba de descubrir que no es Julgubbe, sino sus padres, quienes traen los regalos de Navidad.
—Estamos en bancarrota —suelta de repente.
Me inclino hacia adelante.
—¿Hasta qué punto estamos en bancarrota?
—Si no hacemos algo, a finales de año tendremos que despedir a Ebba.
—No podemos hacer eso —respondo sombrío—. ¿Quién se encargará de las tareas de la asistente?
Ya prescindimos del diseñador gráfico y la mayoría de las fotos las hago yo. Si Jakob y yo también tenemos que ocuparnos de las correcciones y de la gestión de la oficina, no nos quedará mucho tiempo para artículos bien investigados.
—El banco exigirá que devolvamos el préstamo, como muy tarde, en marzo. Los dos nos quedaremos sin trabajo —se encoge de hombros, agotado—. Solo nos quedan cuatro meses para conseguir que el periódico dé beneficios.
Podemos lograrlo. De algún modo.
—Buscaré más pruebas para mi reportaje, lo dejaré blindado. Solo necesito cuatro semanas. Se venderá bien, estoy seguro. —Es algo demasiado importante—. Y al mismo tiempo, me pondré con algo nuevo —propongo.
—Aunque la historia sea cierta y no nos cueste nuestro patrimonio personal, no nos va a salvar.
—Una sonrisa apenas perceptible se dibuja en sus labios—.
Tengo que pensar en Merle. En la familia que queremos ser dentro de poco.
Y tú también te juegas demasiado. Tu nombre va en el artículo; podrías convertirte en un blanco.
Es verdad, pero tenemos que publicar la historia.
—El reportaje tiene sentido y es primordial. No podemos callarnos.
—Puede ser, pero el riesgo es demasiado grande.
Y si encima no se vende bien, nos dará más problemas que beneficios.
Además, ya no podemos seguir esperando. —Hay algo en su expresión que me dice que se ha rendido—.
Tenemos que cambiar de enfoque. Darles a los lectores más de lo que quieren. Cotilleos de famosos y cosas así.
¡Dios, no! Ahora soy yo quien se retuerce por dentro.
—¿Hablas en serio? —Apenas logro articular la pregunta; me parece inconcebible.
Coge un diario de uno de los compartimentos a su lado y lo deja delante de mí, sobre la mesa. Con el índice, da unos golpecitos en la foto de un desgraciado diseñador de moda.
—Esto es lo que quieren los lectores. Tragedias personales, un poco de vergüenza ajena, un poco de brillo.
¿Un poco de brillo? Lo miro sin dar crédito.
—¿Quieres que nos convirtamos en reporteros de la prensa amarilla, que difundamos rumores sin fundamento sobre cuatro famosillos de tercera? —Mi pregunta sale con un hilo de voz.
—Solo hasta que salgamos de los números rojos —responde, sin atreverse a mirarme a los ojos.
A él también le da vergüenza. Pero parece convencido de que no hay otra salida—.
Será un periódico aparte, independiente de Sanningens Ögonblick .
Su reputación seguirá intacta, pero tendremos que espaciar las fechas de publicación para volcar toda nuestra energía en el tabloide.
No.
No puedo hacer esto. No quiero hacer esto. No me hice periodista para esto, y él tampoco. Busco desesperadamente otra solución. Por un momento, incluso intento imaginar que renunciamos a nuestro sueño común, pero no puedo.
—Vamos —la desesperación anega los ojos de Jakob—. No tenemos alternativa.
Lo miro.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Por las cifras de ventas actuales —responde y vuelve a soltar una maldición.
Me queda claro hasta qué punto va la cosa en serio.
Tengo que ayudarlo. ¿Qué clase de amigo sería si no estuviera a su lado ahora?
—¿Solo hasta que salgamos de los números rojos? —pregunto.
Asiente.
—Te lo juro.
Es la pura verdad; lo veo en sus ojos. Así que hago acopio de valor y busco la manera de cumplir su deseo sin destrozarme por dentro en el intento.
—Mis artículos tienen que publicarse con seudónimo —digo—. Nadie debe asociarme jamás con esta basura. Ya será bastante difícil mirarme al espejo—. Y la primera historia que voy a investigar y publicar después de todo esto será la del Centro Priority.
El pánico se apodera del rostro de Jakob. Asiente, pero con demasiada vacilación.
—Promételo —añado con firmeza.
Haré lo que haga falta. Pero solo puedo hacerlo si tengo algo a lo que aferrarme, una meta que me ayude a sobrellevar los próximos meses como reportero de chismes y luego olvidarme rápido de todo.
Tiende la mano y yo la estrecho.
—Si aportas pruebas irrebatibles, el artículo se publicará. —Esta vez, asiente con rotundidad y su mirada es franca.
Nada de temblores. Respiración tranquila. Músculos relajados.
Jakob dice la verdad y, aunque mi mente lo reconoce, no basta. Nunca bastará. No con nadie. Y menos aún con quienes tengo cerca. No es así como quiero ser, pero no puedo evitarlo.