Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 1
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Capítulo 1

Capítulo Uno

Hoy

Sky

Cada vez que el otoño cubre París con sus colores vivos, las noches se vuelven frescas y las mañanas se envuelven en niebla, me encanta venir aquí, a Montmartre.

Hoy paseo por el callejón empedrado de casitas pintorescas, en compañía de Aurora.

Desabrocho el primer botón de mi abrigo corto y amplio y doy un sorbo a mi chocolate caliente para llevar, que humea entre mis dedos.

Sabe a consuelo, a chimenea encendida y a noches largas y estrelladas. Sabe a invierno. Y un poquito a hogar. Suelto el aire con nostalgia, intentando aliviar la opresión que, inevitablemente, toma control de mi pecho.

—Oye, ¿Cuándo es el gran día? —pregunto, intentando distraerme.

Aurora sonríe y se le tiñen de rosa las mejillas.

—Nos casamos a mediados de mayo, en mi casa, en la Toscana. ¿Vas a venir?

Me vuelvo hacia ella y veo el brillo en sus ojos y la sonrisa en sus labios. Sin poder evitarlo, acabo sonriendo también.

—¡Por supuesto!

De inmediato imagino el vestido de novia de Aurora, sencillo, con un encaje delicado. Podría dibujar siluetas de flores, quizá con una perla en el centro de cada una.

—Vamos a invitar a todo el pueblo —dice, enlazando su brazo con el mío y apoyando la cabeza en mi hombro—. Quién sabe, quizá conozcas a alguien.

Eso no debe pasar jamás.

—Ya veremos —respondo con evasivas, dejando que mi mirada se pierda mientras seguimos paseando por el callejón.

La hiedra salvaje que cae en cascada por la fachada de piedra del viejo edificio al otro lado de la calle brilla en un rojo intenso.

El cielo tiene ese azul marino oscuro, y la forma en que las ramas de los árboles se mecen con el viento está llena de dulzura.

El mundo fluye, y los movimientos se funden en un cuadro cuya belleza despeja mis pensamientos.

El viento me lanza los rizos pelirrojos a la cara, que centellean bajo la suave luz otoñal. Suspiro hondo.

—En algún lugar, ahí fuera, también hay alguien esperándote a ti —la voz de Aurora suena suave, casi precavida.

No es la primera vez que intenta convencerme de eso. Porque no sabe que es imposible.

¿Cómo voy a dejar entrar a alguien en mi vida cuando tengo que ocultar tanto de mí? Además, gracias a mis gafas de color de rosa ya no sabría distinguir entre lo que es correcto y lo que no.

Es simplemente así, y está bien. No me falta nada. Al contrario, mi vida rebosa abundancia. Mi apartamento en el primer Arrondissement es tan amplio que nunca podré respirar todo el aire que hay allí. Hago voluntariado como profesora de baile en el centro juvenil y llevo una vida libre.

Padre ha mantenido su palabra y yo cumplo con mi parte del trato: nadie sabe quién soy en realidad. Ni siquiera Aurora.

—¿Sky? —mi mejor amiga me da un suave codazo—. ¿Todo bien?

Alzo rápido las comisuras de los labios.

—Estoy disfrutando de este precioso día de otoño —respondo. Recorro el entorno con la mirada, tan embelesada que casi me resulta imposible resistirme al encanto del barrio de los artistas.

—Bueno, ahora sí que me tengo que ir —murmura, mordiéndose el labio inferior—. Seguramente, Maxime me está esperando ya en el mercado de flores.

—Y el amor no debería esperar. —Abrazo a mi amiga para despedirme.

La sigo con la mirada, sonriendo, mientras baja a saltitos por el callejón empedrado camino del metro. Su larga melena oscura, aclarada en las puntas, se balancea con un ritmo propio. De pronto, se vuelve y me saluda con una sonrisa radiante.

Verla tan feliz también me llena de alegría. Apuro el último sorbo de mi chocolate, ya tibio, y me pregunto cómo voy a ocupar el resto de la mañana.

La semana pasada me topé con un artículo sobre un nuevo estudio. La artista crea esculturas a partir de telas.

¿Dónde estaba? Frunzo el ceño mientras saco el teléfono del bolso. ¿Acaso no lo marqué en el navegador?

Abro la aplicación y un mensaje en la pantalla de inicio llama mi atención.

Desgracia trágica misteriosa: Gustav Blohm, el padre de la moda, ¿al borde de la muerte?

De pronto, me siento como si fuera de hielo.

Inmóvil. Helada hasta los huesos. Frágil.

Casi paralizada, me quedo mirando el titular. Lo leo una vez, otra, y otra más. «Gustav Blohm. Al borde de la muerte.»

Las palabras resuenan en mi cabeza, pero su sentido verdadero no termina de calarme. Todavía no.

Toco el titular para leer el artículo completo.

Aparece una foto de papá y, al instante, se me encoge el estómago.

Mira directamente a la cámara con una expresión cautivadora, la barbilla apenas alzada.

Las cejas pobladas enmarcan sus ojos luminosos.

Las primeras canas se abren paso en su espesa barba.

Y aunque no veo de él más de lo que ve el resto del mundo, estoy segura de que sigue siendo el mismo.

Decidido. Triunfador. De gran corazón.

Trago saliva contra el nudo que se forma en mi garganta y me obligo a concentrarme en el texto. No es más que una breve nota de prensa. De camino a la Semana de la Moda de Milán, papá sufrió un accidente automovilístico.

No hay ninguna imagen del accidente, así que debe de estar consciente. O al menos lo estuvo el tiempo suficiente para impedir que la prensa difundiera detalles.

Eso es bueno.

Sigo leyendo a toda prisa.

«Desde el fatídico accidente de hace apenas dos días, un silencio absoluto rodea al icono de la moda. Circulan rumores de que está hospitalizado con heridas de gravedad en el prestigioso Hospital Universitario Karolinska de Estocolmo.

El mutismo en torno a su estado de salud mantiene en vilo a sus seguidores más fervientes. ¿Está Gustav Blohm al borde de la muerte?»

El texto termina con esa macabra pregunta.

El mundo colorido de Montmartre se desdibuja a mi alrededor y se vuelve de un gris oscuro.

¿Y si mi padre está de verdad en su lecho de muerte?

Necesito estar con él.

¿O no?

¿Puedo hacerlo? ¿Él aprobaría que regresara a Estocolmo? ¿O su decisión ni siquiera aplica a una situación como esta?

Con los labios apretados, intento poner en orden mis pensamientos.

¿Qué es lo peor que podría pasar? , me pregunto.

Que papá muera sin que lo vea una última vez. Sin que nos reconciliemos. Tal vez todavía esté decepcionado de mí, pero ¿eso siquiera importa?

Desde que tengo memoria, ha estado ahí para mí, incluso cuando me sacó del pozo en mi peor momento. Primero me devolvió la salud y luego me dio esta nueva vida en París, que llevo viviendo desde hace cinco años.

Él tenía cabeza cuando yo era una insensata.

Ahora está completamente solo, de eso estoy segura. Al fin y al cabo, a mamá solo le importa una persona: ella misma. Ya era así antes de su divorcio, y ahora, desde luego, no es distinto.

Papá me necesita. Quiero estar ahí para él.

Han pasado muchos años y no he cometido ni un solo error.

Quizá este sea el momento adecuado para acercarme. Tal vez todavía pueda encontrar la manera de perdonarme.

Podríamos volver a acercarnos, volver a ser quienes éramos antes de aquel verano. Padre e hija. Una unidad que nada pueda romper.

Solo necesito un billete de avión y saber exactamente dónde encontrar a papá para darle una oportunidad a mi corazonada.

Con los dedos temblorosos, entro en la web de Scandinavian Airlines y reservo el primer vuelo que encuentro.

Luego busco un número de teléfono que, en teoría, ya no debería tener.