Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5)
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Prólogo
Hace seis años
Sky
¿Qué tengo en la cabeza?
Aturdida, intento tocar de dónde viene esta sensación abrasadora.
Está mojado.
Tengo los párpados pesados, pero los obligo a abrirse porque quiero ver qué se me queda pegado en los dedos.
Nada.
—¿En qué estabas pensando? —pregunta alguien.
¿Quién es?
—Estoy hablando contigo. Por favor, contesta. —En esa voz flota una decepción lejana y amortiguada—. Skady Blohm. ¿Qué te pasa?
¿Skady? Nadie me llama por mi nombre de pila, solo Papá cuando...
Oh.
Es grave. Fuerzo los párpados hasta abrirlos y reconozco el rostro perplejo de Papá.
Está de pie frente al espejo de cuerpo entero de la suite, sosteniendo en la mano los restos chamuscados de un velo.
Y ahí está Mamá, recostada en el escritorio junto a él, con los brazos cruzados y la mirada lo más lejos posible de mí.
—¿Qué te pasa? —inquiere Papá, agitando la gasa delante de mis ojos como si intentara hipnotizarme. El susurro de la seda suena como mil agujas que me atraviesan los tímpanos al mismo tiempo.
Desesperada, le arrebato el velo de la mano.
—Nada —grito, sin estar siquiera segura de por qué—. ¡Dejadme en paz!
¿Se me están llenando los ojos de lágrimas? ¿Por qué de pronto se ven borrosas las cortinas color vino tinto de la habitación del hotel?
Ahora Mamá da un paso al frente y, con una voz finísima, dice:
—Deja de fingir, Skady. Ya lo sabemos.
Maldita sea. ¿Saben lo de Levi? ¿Cómo?
—Hasta un ciego vería lo que te pasa —dice, negando con la cabeza—. Tú eres...
—Déjame encargarme de esto, Ida —la interrumpe Papá, y ella se queda callada. Él fija la vista en mí con expresión resignada—. ¿Tienes idea del daño que has causado hoy? —Su tono me revuelve el estómago.
Está profundamente decepcionado. Y con razón.
Me muerdo el labio, siento el dolor, pero no consigo borrar el recuerdo, aunque esté distorsionado. Recuerdo cada detalle.
—Lo has echado todo a perder. Podemos despedirnos de la colección.
Ojalá me gritara, pero está tan decepcionado que preferiría desaparecer de pura vergüenza.
—Lo siento —murmuro—. Nunca fue...
Papá alza la mano. Aunque ahora mismo mis pensamientos son una montaña rusa entre la niebla, sé que es mejor que me quede callada.
Frunce los labios hasta dejarlos en una fina línea y aspira hondo por la nariz.
—Esto es lo que va a pasar.
Intento quedarme quieta, pero temo que me esté tambaleando. O quizá sea la alfombra con su dibujo psicodélico. O las paredes. No tengo ni idea.
—Nuestro chofer te llevará hoy a Inglaterra. Allí podrás volver a encontrarte contigo misma —continúa con un tono vacilante.
¿Qué? ¿Me van a mandar al extranjero? ¿Hoy?
—Pero...
—Te vas. Punto. —Se da la vuelta, incapaz al parecer de seguir mirándome—. No puedes quedarte aquí. No tolero escándalos en Touch av lyx, y tú —me clava una mirada llena de desilusión— eres una fuente de escándalos.
Debería defenderme, pero no puedo. Porque es verdad. Hoy lo he destrozado todo. Cada segundo que pasa lo deja más claro. ¿Qué podría decir en mi defensa?
¿Que estoy enamorada? ¡No! Que estaba enamorada. ¿Tanto como para olvidar, al parecer, lo más importante de mi vida?
Maldita sea, ¿cómo pude ser tan imbécil?
—Nos va a costar una fortuna, pero podremos arreglarlo. Para los empleados y para la prensa. La verdad de lo que pasó hoy nunca saldrá a la luz —su voz tiembla.
Asiento y bajo la mirada. La niebla en mi cabeza aún no se ha despejado del todo, pero entiendo el sacrificio que está haciendo por mí.
—Gracias —prometo—. Cuando vuelva de Inglaterra, trabajaré más duro que nunca.
El suspiro cansado de Mamá me llega a los oídos. La miro en busca de ayuda, pero aparta la vista de inmediato.
La atención de Papá, en cambio, está por completo puesta en mí. Niega con la cabeza, con tristeza. «Cielo, ¿por qué me haces esto?» pregunta en silencio.
—Debería echarte y dejar que te las arregles sola.
Sí, debería. Veo en su rostro cuánto le duele decirlo. Cómo intenta afrontar la situación con la misma entereza que muestra en el mundo de los negocios.
—Eres mayor de edad. Capaz de valerte por ti misma.
¡Por favor, no! Me cubro la boca con las manos y le suplico con la mirada que no lo haga.
Se vuelve y camina hacia la ventana, donde se recorta un horizonte extrañamente distorsionado. Solo alcanzo a ver su espalda ancha y sus hombros temblorosos. El silencio en esta habitación es casi insoportable.
—Irás a Inglaterra. Y luego a otro sitio. Nadie debe saber jamás quién eres. Todo lo demás que hagas me resulta por completo irrelevante. —Hace una pausa y traga saliva con dificultad.
Sus palabras se me clavan en pleno corazón.
Sí, cometí un error, un error terrible. Pero tenemos un plan común que debemos seguir cueste lo que cueste. No, es más que un plan, muchísimo más.
¡Es mi gran sueño!
—¿Y Touch av lyx ? ¿Quién te sucederá cuando te jubiles? —me atrevo a preguntar, aunque siento que voy a venirme abajo en cualquier momento.
Apenas soporto la situación, sobre todo ahora que estoy cada vez más sobria y esta oscuridad se apodera de mí. Es como si me arrastrara hacia el fondo, a lo más hondo, donde todo es negro y helado.
—Ya veré cómo lo resuelvo sin ti —zanja—. El conductor estará aquí en diez minutos.
Mamá se vuelve como si nada de esto tuviera que ver con ella. Ni siquiera se plantea ayudarme ni prestarme atención.
Claro que no. ¿Por qué iba a empezar hoy, precisamente hoy?
Papá avanza a grandes zancadas hasta el escritorio frente a la pared color crema. Allí se sienta en la butaca de cuero verde oscuro y abre el portátil.
—Nos encargaremos de que tu cuenta esté siempre llena. A cambio, solo espero una cosa de ti: que desaparezcas para siempre. Nadie debe saber jamás quién eres ni lo que has hecho hoy.
Una profunda vergüenza me recorre entera.
—Gracias —susurro, sin tono alguno.
—Vete ya.
Un leve asentimiento y una mirada preocupada, eso es todo lo que recibo de él.
Dudo, cambiando el peso de un pie al otro. Ninguno de los dos parece querer un abrazo mío como despedida. Así que alzo brevemente la mano, parpadeo para contener las lágrimas y salgo de la habitación. Antes de cerrar la puerta a mi espalda, papá deja escapar un suspiro cansado.
—Todo esto es culpa tuya, Ida —le reprocha a mamá—. La has malcriado.
—¿Qué? —la voz de mamá suena ronca—. Yo nunca...
No. Esto no por favor.
Los hombros me pesan, igual que los párpados. Aun así, huyo a toda prisa a mi habitación de hotel. En las últimas semanas los he oído lanzarse estas acusaciones incontables veces.
Me duele. Todo el cuerpo. Pero no tengo alternativa. Mi gran sueño yace hecho añicos. Mis padres están profundamente decepcionados de mí, igual que yo lo estoy de mí misma.
Tengo que irme. Es todo culpa mía, porque fui yo quien se metió sola en este desastre.
¿Cómo pude permitir que mis sentimientos me volvieran tan ciega y me hicieran tan necia?