✦CAPÍTULO 19✦ #2
Antes de que pudiera procesar la orden, la fuerza bruta de sus manos me envolvió.
Kir me jaló por la cintura con una urgencia violenta, arrojándome contra el piso de mármol y lanzándose de inmediato sobre mí.
El impacto contra el suelo me dejó sin aire, pero el peso de su cuerpo y la tela pesada de su capa oscura me cubrieron por completo, creando un escudo humano infranqueable contra la lluvia de vidrio, piedra y esquirlas de metal que caían del techo.
Durante algunos segundos, mis oídos zumbaron con el eco de la detonación.
El silencio sofocante que siguió fue roto apenas por el sonido del polvo espeso asentándose, por el tintineo cortante de los restos de vidrio cayendo y por los primeros gemidos de dolor y pánico que comenzaban a resonar a nuestro alrededor.
Atrapada bajo su peso, el tiempo pareció desacelerarse de forma extraña, reduciendo el universo entero a ese espacio confinado bajo su capa.
Mis manos estaban abiertas contra el pecho rígido de Kir, sintiendo el compás acelerado y violento de su corazón, mientras su respiración, rápida, cálida y controlada, golpeaba directo contra mi rostro.
Sus ojos dorados, ahora completamente enfocados, alerta y desprovistos de cualquier máscara de ironía, se clavaron en los míos con una fuerza que casi me hizo olvidar el estruendo del ataque.
—Míreme, Alla —exigió, con la voz grave y áspera por el humo. Sus manos se posaron a los lados de mi rostro—. ¿Está bien? Dígame que está entera.
—Kir, estoy… —respondí en un susurro tembloroso, sosteniendo el peso de aquella mirada que parecía ver hasta mi alma.
El sonido de su propio nombre pareció haber actuado como un chasquido.
Kir se incorporó en un único movimiento ágil y letal, y el metal de su espada resonó con un sonido cortante al ser desenvainada. Sin romper el contacto visual ni por un segundo, me ofreció la otra mano, jalándome con firmeza para ponerme de pie.
A nuestro alrededor, el infierno se había instalado. Los guardias de la corte ya empezaban a moverse por el caos del salón, gritando órdenes e intentando contener la histeria.
Afuera, la magnitud del ataque era visible a través de las inmensas aberturas que dejaron los vitrales destruidos.
El blanco había sido quirúrgico y militar: el gran Puente de Piedra, la única vía estructural que unía la Academia Eldravik directamente con el Castillo Vorgard sobre el abismo congelado, había sido partido exactamente por la mitad.
El impacto geográfico cambiaba todo el escenario.
Con el puente colapsado y reducido a escombros sobre el precipicio, la realeza, los altos oficiales del consejo, el Rey y ambos príncipes quedaron completamente aislados y confinados dentro del perímetro de la Academia, justo ahí, en plena tarde.
Nadie entraba y nadie salía rumbo al castillo principal.
Estábamos todos encerrados en el mismo espacio, forzando el contacto entre Leon, Kir y yo durante las próximas horas o días.
El polvo gris flotaba bajo la luz de la tarde que entraba por las rendijas de los vitrales destrozados, dándole al Gran Salón un aspecto fantasmagórico.
El sonido de los pasos firmes de Valerius resonaba contra el piso cubierto de vidrio mientras repartía órdenes expresas para que la Guardia Real cerrara con llave todas las salidas secundarias de la Academia y aislara las alas de los dormitorios.
Debajo del estrado, la barrera de escudos mantenía protegido al Rey Yegor, pero sus murmullos paranoicos todavía podían oírse para quien estuviera lo bastante cerca.
Leon se acercó a pasos rápidos adonde Kir y yo estábamos.
Sus ojos claros alternaban entre su hermano y mi persona, llenos de una preocupación genuina que intentaba camuflar bajo su compostura.
Tocó el hombro de Kir, intercambiando una mirada silenciosa de pura seriedad que deshizo cualquier resto de la rivalidad que habían mostrado minutos antes durante el sorteo.
—El puente cayó entero al abismo —dijo Leon, con voz baja, dirigida a nosotros—. Estamos completamente aislados aquí hasta que los ingenieros del castillo consigan una estructura provisional. Eso llevará días.
—Quienquiera que haya hecho esto sabía exactamente lo que hacía —respondió Kir, limpiando el hollín de la hoja de su espada antes de guardarla en la vaina con un chasquido seco—. No querían solo destruir el puente. Querían encerrarnos aquí dentro con ellos.
Un escalofrío me recorrió la columna al oír las palabras de Kir.
Instintivamente, apreté los dedos contra la tela verde oscuro de mi vestido, sintiendo el contorno de la nota misteriosa escondida entre las faldas.
“No confíes en el oro que brilla en el salón hoy… Protege lo que llevas contigo.” Y lo más perturbador de todo: el pedazo de metal retorcido en las manos del mensajero probaba que la traición venía de dentro de la alta corte.
—Alla —la voz suave de Leon me devolvió a la realidad. Dio un paso hacia mí, analizando mi rostro con atención—. ¿Estás herida? Vi cuando el techo comenzó a ceder de este lado.
—Estoy bien, gracias a tu hermano —respondí, forzando la voz a salir firme, aunque mi corazón seguía acelerado.
Kir soltó una risa corta, con una seriedad perspicaz.
—Se lo dije… estar conmigo era un privilegio de seguridad, señorita Alla. Y no suelo romper mis promesas.
Antes de que pudiera replicar, Valerius alzó la voz desde lo alto del estrado, su figura imponente dominando el salón en ruinas.
—¡Atención, todos! —la voz del Duque resonó cortante, silenciando los murmullos desesperados de los nobles—.
Por orden del consejo y para la seguridad de Su Majestad, la Academia Eldravik queda bajo estado de sitio y cuarentena militar inmediata.
Ningún estudiante, empleado ni miembro de la nobleza saldrá de este pabellón hasta que se realice un rastreo completo.
Quienes sean encontrados fuera de sus áreas designadas serán tratados como cómplices del atentado.
Miré de reojo hacia la fila donde estaba Rada.
Mantenía los ojos fijos en mí, pálida, junto al joven Reeve.
La situación se había salido por completo de control.
Con los príncipes atrapados en el mismo perímetro que yo, el palacio bajo investigación interna y los rebeldes actuando en las sombras, la Academia Eldravik se había convertido en una olla a presión.
Necesitaba encontrar la manera de leer esa nota con más atención y descubrir quién la había enviado antes de que la Guardia Real empezara a registrar los dormitorios, porque si encontraban el broche sospechoso bajo mi colchón ahora, con el puente destruido y el Rey en pleno delirio, no sería solo una descalificación. Sería mi sentencia de muerte.