EPÍLOGO #3
Lo encontré en el claustro, paseando bajo los arcos, estudiando los capiteles románicos.
Iba vestido con sencillez para ser obispo: sotana negra, bonete rojo, cruz pectoral de plata.
Joven para el cargo. Cuarenta años quizás.
Rostro afilado, ojos grises, manos finas de quien nunca trabajó la tierra.
—Sor Teresa —dijo volviéndose hacia mí.
—Excelencia. —Incliné la cabeza lo mínimo necesario. A mi edad, no debo reverencias a nadie salvo a Dios.
—Habéis vivido aquí mucho tiempo.
—Sesenta y nueve años.
—Extraordinario. —Siguió caminando. Yo lo seguí, despacio, mi bastón golpeando rítmicamente las losas—. Debéis haber visto muchos cambios.
—He visto cuatro obispos antes que vos, excelencia. Todos prometieron paz. Todos trajeron conflicto.
Se rio. Fue una risa incómoda.
—Soy diplomático, sor Teresa. No vengo a guerrear con monjas viejas.
—Los de vuestra clase siempre decís eso. Y luego encontráis excusas para la guerra.
Se detuvo junto a la fuente del centro del claustro. El agua caía perezosa en el calor.
—He leído los archivos del obispado —dijo—. Hay expedientes sobre este convento. Del año 1279.
—Archivos. Qué palabra más civilizada para llamar a las acusaciones.
—¿Eran acusaciones falsas?
—Eran acusaciones útiles. Para Don Suero. Para su campaña contra los dominicos.
—Pero había algo de verdad, ¿no? —Se volvió hacia mí—. Una monja embarazada. Un fraile que confesó bajo tormento. Diecinueve mujeres expulsadas.
—Todo eso está en los archivos. ¿Por qué preguntarme a mí?
—Porque los archivos cuentan la historia que Don Suero quería contar. Vos podéis contarme la verdad.
Lo miré largo rato. Sus ojos grises me devolvían la mirada, curiosos, calculadores.
—¿La verdad? La verdad es complicada, excelencia. ¿Hubo amor entre monjas y frailes? Sí. ¿Hubo bebés concebidos en pecado? Sí. ¿Fue todo depravación diabólica como dicen los documentos? No. Fue humano. Solo humano.
—¿Y vos? ¿Participasteis?
—Yo observé. Era virgen cuando entré. Soy virgen ahora. Certificada por matronas del concejo entonces. Pueden certificarme las del concejo ahora si lo deseáis, aunque a mi edad sería grotesco.
Se sonrojó levemente. Bien. Que sienta vergüenza.
—No es necesario. Pero decidme: ¿por qué no participasteis? ¿No sentíais... deseos?
Era una pregunta extraña. Demasiado personal. Casi obscena.
—Sentía deseos de sobrevivir, excelencia. Y la virginidad era mi escudo. Sin ella, hubiera ardido con las demás.
—¿Así que fue cobardía?
La palabra me dolió. Porque era verdad.
—Llamadlo como queráis. Yo lo llamo testimonio. Alguien tenía que quedarse para contar la historia. Fui yo.
—¿Y la contasteis?
—A quien quiso escuchar.
—¿Lo escribisteis?
Ahí estaba. La pregunta real. Por eso había venido.
—Don Suero me arrebató mi cuaderno, estará ahí, en el archivo, junto al resto de las pruebas.
Mentí con el rostro más inocente que pude. A mi edad, mentir es fácil. La gente asume que las viejas dicen la verdad porque están cerca de la muerte. Qué ingenuidad.
Me estudió. Vi la duda en sus ojos.
—¿Y no intentasteis reconstruirlo?
—No, me impidieron volver a hacerlo, me vigilaban constantemente.
—¿De verdad?
—¿Dudáis de una anciana que va a morir pronto?
—No dudo de la anciana. Dudo de la joven que fuisteis.
Inteligente. Más inteligente que Don Suero.
—La joven que fui murió hace mucho, excelencia. Solo queda esta cáscara. Y esta cáscara solo quiere paz.
Asintió lentamente.
—Está bien, sor Teresa. No la molestaré más. —Dio un paso para irse, luego se detuvo—. Pero si encontrara... documentos. Escritos no oficiales. Testimonios privados. ¿Sabéis qué tendría que hacer?
—Quemarlos, supongo. Como siempre se ha hecho con verdades inconvenientes.
—Exactamente. —Me miró a los ojos—. Así que espero que tales documentos, si existieran, estén muy bien escondidos.
Y se fue.
Era una advertencia. O un permiso. Quizás ambos.
Volví a mi celda temblando. No de miedo. De rabia. Sesenta y nueve años después, siguen viniendo. Siguen buscando controlar, silenciar, borrar.
Pero no encontrarán nada. Porque soy vieja pero no tonta.
Y porque la verdad, una vez escrita, es imposible de matar del todo.
*
He movido los cuadernos doce veces en sesenta y seis años.
Primero estuvieron bajo la piedra suelta de mi celda original. Cuando esa celda fue reasignada en 1285, los trasladé al huerto, enterrados en una caja de metal bajo el manzano del este.
Luego, cuando empezaron a construir la nueva ala en 1290, los moví a la biblioteca, escondidos dentro de un códice viejo de Agustín que nadie leía.
En 1295, cuando vino el obispo don Rodrigo a inspeccionar, los saqué del convento completamente. Los enterré en el cementerio, en una tumba marcada como «Sor María, 1294». Allí estuvieron tres años.
Luego volvieron a mi celda. Luego al granero. Luego detrás de una piedra suelta en la cripta. Luego en el refectorio, dentro de un banco hueco que construí yo misma.
Ahora están de vuelta bajo la piedra suelta de mi celda. La misma piedra. He vivido en esta celda cuarenta años. Nadie la quiere porque es fría y húmeda. Perfecta para una vieja. Y para sus secretos.
He sido la guardiana nómada de mi propia verdad.
Y nadie sospechó nunca. Porque ¿quién vigila a una virgen vieja?
La invisibilidad que fue mi condena se convirtió en mi escudo.
*
Anoche, sor Juana vino a mi celda después de completas.
Tiene dieciséis años. Los mismos ojos verdes que tenía Gimena. El mismo fuego contenido. La misma imprudencia necesaria.
—Enséñame —dijo sin preámbulos.
—¿Enseñarte qué?
—A escribir en código. A esconder pergaminos. A observar sin ser vista. Todo lo que hiciste.
—¿Por qué?