Las dueñas de Zamora EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Mencía se prostituyó en Salamanca. Lo sé porque un estudiante que vino a Zamora la reconoció y me lo contó, avergonzado.

« La vi en una taberna cerca de las Escuelas.

Se hace llamar María ahora. Cobra dos maravedís.

» Quise preguntarle si era feliz, pero no me atreví.

Algunas preguntas no tienen buenas respuestas.

Beatriz —no la vieja sino la joven, de veintitrés años cuando la expulsaron— entró a servir en casa de una noble en Burgos.

Diez años después, esa noble le dejó en herencia una pequeña propiedad y dinero suficiente para vivir.

Rumores decían que eran amantes. Nunca lo confirmó.

Murió en 1320, en su propia cama, con su propia tierra.

Libre. Quizás la única que realmente lo logró.

Constanza la joven —no la herborista, otra— se hizo curandera itinerante.

Recorría aldeas curando con hierbas, sacando muelas, ayudando en partos.

Algunos la llamaban bruja. Otros, santa.

La quemaron en 1292 en una aldea cerca de Ávila, acusada de matar con sus pócimas a un niño que probablemente murió de enfermedad natural. Tenía treinta y ocho años.

De las demás, solo llegaron fragmentos. Una que murió en un asalto de bandidos en el camino a Palencia.

Otra que entró en un convento de clarisas en Galicia bajo nombre falso y vivió allí veinte años antes de que la descubrieran.

Otra que simplemente desapareció, y años después alguien juró haberla visto en un mercado de esclavos en Sevilla, vendida a los moros.

*

No sé cuánto de esto es verdad y cuánto es leyenda. En sesenta y nueve años, la verdad y la ficción se mezclan como vino con agua.

Pero todas esas mujeres existieron. Todas tuvieron nombres, historias, sueños. Todas fueron castigadas por atreverse a elegir. Y la mayoría murieron jóvenes, rotas, olvidadas.

Salvo aquí. En estas páginas. Donde aún respiran.

Gimena nunca volvió. Durante años llegaron rumores contradictorios.

Algunos decían que había llegado a París, que había entrado en la Universidad disfrazada de hombre bajo el nombre de « Guillermo de Zamora » , que había enseñado filosofía.

Otros juraban haberla visto en Lisboa regentando una casa de mujeres libres, un refugio para prostitutas y viudas.

Ambas historias me parecen igualmente probables. Ambas serían típicas de Gimena.

Murió —o eso dicen— en 1295. Dieciséis años de libertad. Más de lo que tuvo dentro de estos muros.

*

Catalina y su hija Esperanza siguen bajo los manzanos del huerto viejo.

Fui allí esta mañana. Necesitaba caminar, aunque mis piernas protestan cada paso. Necesitaba ver los manzanos una última vez antes de morir.

Conté los lugares que recuerdo. Trece antes de 1300. Y doce más desde entonces. Veinticinco bebés en sesenta y nueve años. Casi uno cada tres años. Uno cada vez que una monja no pudo usar las hierbas de Constanza a tiempo. Uno cada vez que el amor venció al miedo.

Están bajo el manzano del medio. Lo sé porque planté yo misma la rosa silvestre que marca el lugar. Creció bien. Ahora es un rosal grande, espinoso, que florece blanco cada mayo. Las espinas me parecen apropiadas. El amor de Catalina y Pedro fue hermoso y doloroso a la vez.

A la izquierda está el bebé de Elvira. Niño. Nació azul, nunca respiró. Fray Martín nunca lo supo. Lo habían expulsado una semana antes.

A la derecha, el bebé de Sancha. Niña. Vivió tres días. La bautizamos en secreto, vertiendo agua bendita robada de la pila. Le pusimos un nombre que he olvidado. Lo siento. He olvidado tantos nombres.

Más allá, bajo el manzano más viejo, están los gemelos de sor Mencía.

Nacieron en 1285, seis años después del escándalo.

Pensábamos que habíamos aprendido. Que seríamos más cuidadosas.

Pero el amor no aprende. Los gemelos vivieron dos horas.

Los enterramos juntos en una caja de madera que hice yo misma con tablas del granero.

Y hay otros. Bebés de monjas cuyos nombres no diré. Algunas aún viven en el convento. Algunas murieron viejas, respetadas, santas. Sus secretos están enterrados aquí con sus hijos nunca reconocidos.

Los manzanos florecen espléndidos cada primavera. Blancos como nubes, fragantes como promesas. La gente del convento come las manzanas en otoño. Son las más dulces de toda Zamora, dicen. Dulces porque se alimentan de amor y tragedia.

Me arrodillé —casi me caí, pero me sostuve de una rama— y recé. No el Padre Nuestro ni el Ave María. Recé mis propias palabras:

« Pequeños sin nombre, sin bautismo, sin tumba propia.

La Iglesia dice que estáis en el limbo, ni en el cielo ni en el infierno, flotando en la nada eterna.

Yo no creo eso. Creo que estáis donde deberían estar todos los inocentes: en los brazos de Dios, que es más misericordioso que todos sus obispos juntos.

Vuestras madres os amaron. Por eso exististeis. Por eso fuisteis concebidos en pecado, sí, pero también en pasión, en deseo, en todo lo que hace humana esta vida imposible.

Descansad. Yo os recuerdo. Y cuando muera pronto, le diré a Juana dónde estáis. Y ella se lo dirá a otra. Y así, aunque el mundo os olvide, alguien siempre sabrá que bajo estos manzanos duermen las Esperanzas del convento de las Dueñas.

Todas las esperanzas que nunca llegaron a ser. »

Una manzana cayó mientras rezaba. Rodó hasta mis pies. La recogí. Estaba madura, perfecta.

La mordí. Dulce. Dulcísima.

Como todos los sacrificios.

El último fue hace apenas un mes. Una novicia de quince años, también llamada Elvira —cuántos nombres se repiten en este convento—. El padre, un canónigo de sesenta, don Sancho, que viene a confesar y se va con el alma más manchada que cuando llegó.

Algunas cosas nunca cambian.

*

La priora ahora es doña Mencía de Castro. Tiene cincuenta años, es viuda de un caballero que murió en la guerra contra los moros. Es buena mujer. Estricta pero justa. Sabe leer y escribir, lo cual es raro.

No hay orgías en la cripta. No hay frailes entrando de noche por el muro del huerto. Las puertas se cierran al anochecer y no se abren hasta el alba. El horario se cumple: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas. El silencio se respeta.

Pero tampoco hay risas. No hay conversaciones apasionadas. No hay vida verdadera.

Es un convento de muertas en vida. Que es, al fin y al cabo, lo que siempre quisieron que fuéramos.

A veces las novicias nuevas me preguntan sobre los viejos tiempos. Sobre los rumores que aún circulan en las tabernas de Zamora, en el mercado, en las lavanderías del río. Las monjas fornicarias. La rebelión de las putas de Dios. El convento del escándalo.

Les digo que son calumnias. Mentiras de viejas borrachas. Que nunca pasó nada. Que siempre fuimos puras y obedientes como corresponde a las esposas de Cristo.

Pero luego, cuando confío en ellas, les enseño mi cuaderno. Este cuaderno. los trece cuadernos que he escrito en sesenta y seis años —doce, en realidad, porque el obispo confiscó el primero aquel día de mayo.

«Leed», les digo. «Y decidid qué verdad preferís. La oficial o la real.»

Algunas lloran al leer. Algunas se escandalizan y me devuelven los cuadernos como si quemaran.

Sor Inés, cincuenta años, viuda que entró aquí después de que su marido muriera, leyó la escena del granero.

La de Catalina y Pedro haciendo el amor sobre el heno.

Vi cómo su respiración se aceleraba. Cómo sus mejillas se enrojecían.

Cómo sus manos apretaban el pergamino con demasiada fuerza.

Me devolvió el cuaderno sin mirarme a los ojos.

—Es obsceno —dijo.

Pero esa noche la escuché en su celda. Los gemidos ahogados. El crujir del jergón. Soy vieja pero no sorda. Sor Inés se tocaba pensando en Catalina y Pedro. Mi escritura le había dado permiso para recordar su propia carne.

Sor Beatriz, treinta y cinco años, virgen como yo, leyó el capítulo de la tortura de Pedro. Lloró. Lágrimas silenciosas cayendo sobre el pergamino. Cuando terminó, me abrazó.

—Gracias —susurró—. Por no dejarnos olvidar lo que nos hacen.

Sor Ana, la más joven después de Juana, apenas veinte años, leyó todo de una sentada. Le llevó tres noches. Cuando terminó, vino a mi celda con los ojos rojos.

—¿Es verdad todo esto?

—Cada palabra.

—Entonces... ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué seguimos obedeciendo a hombres que torturan, que mienten, que destruyen?

—Porque no tenemos a dónde ir. Porque el mundo de afuera es peor. Porque sobrevivir es su propia forma de rebelión.

No le satisfizo la respuesta. Bien. Las respuestas fáciles son mentiras.

Sor Mencía, cuarenta y dos años, leyó y se enfureció.

—¿Por qué no luchasteis más? ¿Por qué os dejasteis expulsar? ¡Debisteis quemar la catedral!

Joven en espíritu. Hermosa en su rabia.

—Nos expulsaron porque luchamos, sor Mencía. El problema no fue luchar demasiado poco. Fue que ellos tenían guardias y nosotras solo teníamos palabras.

—Las palabras pueden matar.

—A veces. Pero usualmente son las espadas las que ganan.

Pero todas leen.

Y al leer, Catalina vive. Pedro vive. Gimena vive. Todas las que fueron borradas de la historia oficial, de los archivos episcopales, de las crónicas de la ciudad, vuelven a respirar en esas páginas.

*

Ayer vino el nuevo obispo.

Llegó al mediodía. Agosto en Zamora es un horno, y este agosto de 1345 es especialmente cruel.

Escuché su llegada desde mi celda. El repicar de las herraduras en las losas del patio. Las voces de los guardias. El tono de mando de alguien acostumbrado a ser obedecido.

La priora vino a buscarme.

—El obispo quiere verte, Teresa.

—¿A mí? Soy una vieja. ¿Qué puede querer de mí?

—Dice que quiere conocer a la monja más anciana del convento.

Mentira. Pero me levanté, me apoyé en mi bastón, y fui.