Las dueñas de Zamora EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Sesenta y seis años después

Tengo ochenta y tres años. Mis manos tiemblan mientras escribo estas últimas líneas. La artritis ha retorcido mis dedos como las raíces de los manzanos del huerto viejo.

El Duero sigue corriendo bajo mi ventana, indiferente. Han pasado sesenta y seis años desde el juicio. Sesenta y seis años desde que Catalina murió en mis brazos.

El convento ha cambiado mucho y nada a la vez.

Las piedras del claustro están más desgastadas.

Las arcadas románicas muestran grietas. El techo de la iglesia gotea cuando llueve.

Pero seguimos aquí, treinta y siete monjas, como siempre.

Diferentes rostros, mismos destinos. Hijas no deseadas, viudas incómodas, bastardas nobles.

Todas encerradas aquí por decisiones que no tomaron.

Afuera, el mundo ha cambiado tanto que apenas lo reconozco cuando miro por la ventana.

Cuando llegué aquí, en 1276, Alfonso X el Sabio reinaba en Castilla.

Un rey que prefería los astrolabios a las espadas, que escribía en castellano cuando todos escribían en latín, que soñaba con ser emperador del Sacro Imperio.

Murió abandonado por su hijo, traicionado por su nobleza, roto de corazón.

Los reyes que sueñan siempre terminan así.

Luego vino Sancho IV, el que traicionó a su padre. Murió joven, a los treinta y seis, de tuberculosis. O de culpa. Quién sabe.

Después Fernando IV, que murió más joven aún. Veintiséis años. Lo llamaron el Emplazado porque dicen que los hermanos Carvajal, a quienes mandó ejecutar injustamente, lo emplazaron a comparecer ante Dios en treinta días. Murió exactamente treinta días después.

Ahora reina su hijo, Alfonso, undécimo de ese nombre.

Heredó la corona en la cuna y creció entre regentes que se destrozaban por el poder mientras Castilla sangraba.

Hoy es un hombre de hierro. Hace cinco años venció al moro junto al río Salado; el año pasado tomó Algeciras.

Por una vez, Castilla sangra hacia fuera.

Las campanas de la catedral repicaron tres días con la noticia.

Yo no bajé a oírlas. He oído demasiadas campanas.

El hambre, en cambio, sí entró en el convento.

Hace una docena de años vino el mal año: se perdieron las cosechas dos veranos seguidos y los pobres comían hierba a las puertas de la ciudad.

El barrio de San Frontis, donde está el convento, se vació de gente que marchó a buscar pan.

Enterramos a tres hermanas, viejas y consumidas, y aprendimos a hacer sopa de casi nada.

Sobrevivimos. Siempre sobrevivimos. Los conventos son como las cucarachas: imposibles de matar.

Pero aquí dentro el tiempo se mueve despacio como la miel. Ahora somos dominicas de verdad, formalmente.

Zamora misma ha cambiado. La catedral ha sido renovada tres veces.

El puente de piedra que crucé con mi padre hace sesenta y nueve años perdió dos arcos en la riada de 1310 y los reconstruyeron con piedra más clara que no combina con el resto.

El barrio judío se ha expandido hasta casi tocar nuestros muros.

Escucho sus cantos los viernes al atardecer, voces que suben y bajan en una lengua que no entiendo pero que me conmueve de todas formas.

La plaza del mercado ahora tiene un edificio de dos pisos para el gremio de mercaderes. Antes era solo tierra apisonada y toldos.

He visto nacer y morir a tres generaciones de zamoranos desde esta ventana. He visto niños convertirse en abuelos. He visto la ciudad crecer, contraerse, sangrar, sanar. He sido testigo de sesenta y nueve años de historia humana en un radio de dos leguas.

Y, aun así, lo que más recuerdo no son los reyes ni las pestes ni las guerras.

Es una tarde de mayo de 1279, cuando diecinueve mujeres caminaron desnudas por esas calles que ahora miro.

Eso es lo que queda. Lo pequeño. Lo personal. Lo que nos hicieron a nosotras.

La historia habla de reyes y batallas. La memoria habla de mujeres y vergüenzas.

Yo soy memoria.

El obispo Suero murió en marzo de 1286, siete años después del juicio.

Las crónicas lo cuentan victorioso, apagándose en su cama, llorado por Zamora.

No fue así. Murió en Fermoselle, la villa que más quiso en este mundo, desterrado de la ciudad que había gobernado veinticinco años.

Solo. Lo habían dejado solo hasta los suyos: el cabildo de la catedral que comía de sus rentas, los canónigos a los que tanto dio.

Dicen que ni un notario le quedaba ya al lado para validar sus últimas voluntades.

Aquella mañana del juicio nos había dicho que Roma estaba muy lejos y que él estaba muy cerca. Roma tardó, pero llegó. Él, para entonces, ya no estaba en ninguna parte.

Llegó al convento copia de su testamento, o de lo que pretendía serlo: un borrador sin fecha, escrito con prisa y con letra temblona.

No hablaba allí como un obispo. Se quejaba.

Enumeraba sus obras una vez y otra, como quien cuenta unas monedas que ya nadie le reconoce.

«Feci, feci, feci», repetía en latín. Hice esto, e hice aquello, e hice lo de más allá.

Treinta años de pleitos y fundaciones, y al final solo le quedaba el verbo hacer, conjugado en pasado, plantado como un dique contra el olvido.

Pedía ser enterrado en su capilla de la catedral, la de San Juan Evangelista, que él mismo había mandado levantar.

«Y si muriera desterrado por las cosas que hice, que se me entierre en Fermoselle.

» Las cosas que hice. Cuatro palabras. He pensado en ellas toda mi vida.

Nunca sabré si alguna era por nosotras; me temo que ninguna.

Su rencor no nos nombraba apenas. Lo guardaba entero para el cabildo que lo dejó morir solo y para el rey que le arrebató lo que el padre del rey le había dado.

Nosotras fuimos una guerra pequeña en su larga cuenta de agravios.

Nos deshizo la vida casi de pasada, y ni siquiera nos recordaba al final.

Fundó aniversarios para que rezaran por su alma cada año, a perpetuidad.

Pagó las misas por adelantado, dotó las velas, dejó escrito el día.

El otoño pasado pregunté a un canónigo joven que vino al convento si en la catedral aún se decían las misas del obispo don Suero.

Me miró sin entender. No sabía quién era.

El hombre que lo escribió todo para que no lo olvidaran había sido olvidado por aquellos mismos a quienes pagó para recordarlo.

Esa es la historia real. La que los archivos no cuentan.

Gimena me dijo una vez que cuando muere un hombre queda su nombre en un pergamino, en un archivo, en una piedra, y que cuando muere una mujer no queda nada, se la lleva el viento.

Se equivocó en una cosa. Don Suero lo escribió todo, en piedra y en pergamino, y el viento se lo llevó igual.

Estas mujeres, que no debían dejar rastro, todavía respiran en mis cuadernos.

Él, que llenó archivos, no respira en ninguno.

Su sucesor, don Pedro Benítez, el antiguo magister scolarum , más pragmático que fanático, confirmó nuestra jurisdicción dominica en 1288. No por bondad. Por cansancio. La guerra había sido demasiado costosa para el obispado. Los pleitos con Roma habían vaciado las arcas episcopales.

De María Martínez apenas hay nada que contar, y acaso sea esa su historia entera.

Se quedó sin obispo en 1286 y sin cargo en 1288, cuando elegimos por fin priora según nuestras constituciones y la suya dejó de valer.

Don Suero la había pronunciado como se pronuncia una palabra que hace falta, y la soltó sin volver la vista en cuanto dejó de servirle.

Vivió aún muchos años entre nosotras, una monja más, vieja y callada, rezando en el coro junto a las que había vigilado.

En el juicio, una de las expulsadas le había gritado que era hija de hereje, de madre conversa; lo tomaron por calumnia de despechada.

Yo sabía que era cierto, porque había copiado los papeles del obispo, y nunca lo dije.

Dejé que fuera calumnia. Fue lo único que pude darle.

*

De las diecinueve excomulgadas y expulsadas aquel día terrible de mayo de 1279, solo tres regresaron.

Las otras dieciséis se dispersaron como ceniza en el viento. Algunas dejaron rastro. Otras desaparecieron completamente, como si nunca hubieran existido.

Mercedes de Toro se casó con un carnicero de Benavente.

Tuvieron cinco hijos. Murió en el sexto parto, a los treinta y dos años.

El bebé también murió. Su marido se volvió a casar tres meses después.

Me llegó la noticia por un mercader que conocía a la familia.

« Era buena esposa » , dijo. « Obediente.

Nunca mencionaba el convento. » Como si esos años hubieran sido un sueño del que despertó.

Urraca la vieja —tenía sesenta cuando la expulsaron— mendigó en las puertas de la catedral durante dos años.

La encontraron muerta una mañana de invierno, congelada en un portal.

Nadie reclamó el cuerpo. La enterraron en la fosa común con los pobres, los borrachos, las prostitutas.

Las compañías adecuadas para una monja excomulgada.

Teresa Fernández —había tres Teresas, yo era la más joven— se fue con los cátaros.

Al menos eso dijeron los rumores. Que cruzó los Pirineos, que predicaba la herejía en Languedoc.

La Inquisición francesa la quemó en 1285 junto con otros diecisiete herejes.

O quizás era otra Teresa. Nunca lo supe con certeza.

Pero me gusta pensar que era ella. Que murió por lo que creía, no solo por lo que la acusaron de creer.

Sancha, la que cantaba tan hermoso en el coro, perdió la voz.

No por enfermedad. Por silencio elegido.

Se fue a vivir con una hermana en León y nunca volvió a hablar.

Ni una palabra en treinta años. Murió muda y virgen de nuevo, como si esos años de amor con fray Domingo nunca hubieran existido. El silencio como penitencia eterna.