Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Habían construido un patíbulo en el centro de la plaza. Una plataforma de madera con el garrote vil en el centro: un poste con un tornillo de hierro y una argolla.

La multitud rugió cuando lo vieron.

—¡Hereje!

—¡Fornicario!

—¡Que arda en el infierno!

Lo subieron a rastras. Lo ataron al poste. La argolla de hierro alrededor de su cuello.

El verdugo era un hombre gordo llamado Sancho. Había ejecutado herejes antes. Sabía su oficio.

El obispo Suero Pérez estaba allí, en un estrado especial, con los canónigos de la catedral. Testigo oficial de la justicia de Dios.

—¿Tenéis algo que decir antes de morir? —preguntó el pregonero.

Pedro levantó la cabeza. Con los ojos hinchados, apenas podía ver. Pero su voz salió clara:

—Catalina. —Tosió sangre—. Catalina de Zamora. La amé. La amaré por toda la eternidad. —Miró hacia donde sabía que estaba el obispo—. Vos podéis matar mi cuerpo. Pero no podéis matar el amor. El amor sobrevive. Siempre.

La multitud rugió de nuevo. Pero algunas voces ya no gritaban insultos.

Algunas lloraban.

—¿Os arrepentís de vuestros pecados? —preguntó el obispo—. ¿Pedís perdón a Dios?

—Me arrepiento de no haber huido con ella. —Pedro cerró los ojos—. Me arrepiento de no haberla salvado. De eso sí me arrepiento.

—Última oportunidad. Arrepentíos y vuestra alma podrá ser salvada.

—Mi alma ya está salvada. Por el amor. —Pedro sonrió. Una sonrisa rota, ensangrentada, pero genuina—. Catalina me espera. Ya voy, amor mío. Ya voy.

El obispo hizo una señal.

El verdugo empezó a girar el tornillo

*.

Desde mi ventana, no podía ver los detalles. No podía ver su rostro. Pero sentí cuando el cuerpo se arqueó contra el poste, cuando sus piernas patearon el aire, cuando la multitud enmudeció.

Y escuché el grito.

Un grito que atravesó toda la ciudad como un cuchillo.

—¡CATALINA!

El nombre resonó en las calles, rebotó en las murallas, llegó hasta el convento donde yo estaba, encaramada a los jergones, las manos apretadas contra la boca para no gritar también.

El verdugo siguió girando el tornillo.

Pedro peleó. Todos pelean. El cuerpo no quiere morir incluso cuando la mente ha aceptado el fin.

Las piernas pateando cada vez más débil. Las manos atadas intentando alcanzar la argolla. La boca abierta buscando aire que ya no llegaba.

Dicen que tardó cinco minutos en morir.

Cinco minutos con el hierro apretando su garganta. Cinco minutos sin aire. Cinco minutos de agonía.

Cuando finalmente dejó de moverse, el verdugo esperó otros cinco minutos más. Para asegurarse.

Luego aflojó el tornillo.

El cuerpo de Pedro se desplomó contra el poste, sostenido solo por las cuerdas que ataban sus muñecas.

El obispo se levantó de su estrado.

—Que su cuerpo sea quemado. Que sus cenizas sean esparcidas en el río. Que su nombre sea maldito. Y que todos vean lo que les pasa a los que desafían a Dios y a su Santa Iglesia.

*

Construyeron la pira allí mismo.

Madera seca apilada alrededor del patíbulo. El cuerpo todavía atado al poste.

Le echaron aceite. Prendieron fuego.

Las llamas subieron rápido. En minutos, el patíbulo entero ardía.

El olor llegó hasta el convento. Carne quemada mezclada con madera y aceite.

Me cubrí la nariz con la manga pero no sirvió de nada.

Ese olor se me metió en la piel. En la garganta. En el alma.

Todavía lo huelo a veces. Sesenta y seis años después, cuando cierro los ojos, todavía lo huelo.

*

La pira ardió durante horas.

Al mediodía, solo quedaban cenizas y huesos ennegrecidos.

Los soldados del obispo recogieron los restos en sacos de arpillera y los llevaron al puente.

Allí, frente a la multitud que aún seguía, los arrojaron al Duero.

Las cenizas se dispersaron en el agua. Los huesos se hundieron.

Para el atardecer, no quedaba nada.

Ni cuerpo, ni tumba, ni marca.

Como si Pedro Pérez nunca hubiera existido.

*

Cuando me dejaron abandonar el dormitorio, el claustro olía a humo.

Todo Zamora olía a humo.

Fui de nuevo al huerto. A la tumba de Catalina bajo los manzanos.

Me arrodillé en la tierra removida.

—Ya está —susurré—. Pedro ha muerto. El obispo ganó. Pero yo sigo aquí. Y mientras yo esté aquí, mientras pueda escribir, no habréis muerto del todo.

Saqué un papel doblado que había escondido en mi manga. Un trozo robado de la sacristía. Y un pedazo de carbón del brasero. Y allí mismo, arrodillada sobre la tumba de Catalina con el olor a carne quemada todavía en el aire, empecé a escribir.

Otra vez.

Escribí toda la noche.

Y la noche siguiente.

Y la siguiente.

Escribí durante sesenta y seis años más.

Hasta hoy.

Hasta este último día de mi vida cuando tengo ochenta y tres años y la mano me tiembla tanto que apenas puedo sostener la pluma.

Pero aún escribo. Aún dibujo.

Porque prometí que contaría la verdad.

Y una promesa hecha a los muertos es la más sagrada de todas.

[De los cuadernos de Teresa Álvarez]

Las desnudas

Tinta sobre pergamino.

«Las obligaron a caminar desnudas por las calles. Por pecados que tal vez cometieron o tal vez no. Gimena no bajó la cabeza. Caminó como reina. Y yo no estaba. Cobarde. Siempre cobarde. Este dibujo es mi penitencia.»

Fecha: quince de octubre, año de Nuestro Señor de 1279.